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Redacción T México

Antes de convertirse en una figura reconocible, el artista necesita imaginar cómo será visto. Manuel Cuevas comprendió muy pronto que el vestuario podía participar en esa construcción: una silueta, un bordado o una elección cromática eran capaces de condensar una personalidad y hacerla visible incluso antes de que comenzara la música.

Nacido en 1933 en Coalcomán, Michoacán, Cuevas aprendió a coser durante la infancia y comenzó a confeccionar vestidos para graduaciones y celebraciones de su comunidad. A los 14 años ya era conocido por sus diseños. Aquella precocidad anticipaba una relación con el oficio fundada en la observación, la destreza manual y una intuición particular para comprender a quien llevaría cada prenda.

A comienzos de la década de 1950 se trasladó a California. En Los Ángeles trabajó alrededor de la sastrería de Hollywood, hizo ajustes para figuras vinculadas con el Rat Pack y aprendió el arte del bordado junto a Viola Grae. Más tarde se integró al taller de Nudie Cohn, donde llegó a ser sastre principal y diseñador en una época decisiva para la construcción visual del western estadounidense.

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Cuevas llevó aquella estética hacia un territorio propio. Pedrería, rosas, águilas, esqueletos, llamas y motivos vegetales aparecieron sobre chaquetas y trajes de líneas precisas. El brillo dejó de funcionar como adorno y comenzó a contar algo sobre quien lo vestía. Sus piezas conjugaban la sastrería del espectáculo con una sensibilidad profundamente cercana a la tradición ornamental mexicana; el gusto por el color, el bordado minucioso y la capacidad de transformar la ropa en presencia.

Cada diseño debía ser irrepetible. Cuevas estudiaba el cuerpo, el carácter y la trayectoria de sus clientes para crear prendas a la medida de su identidad. Su trabajo se alejaba de las tendencias y de la producción seriada; concebía el vestuario como una forma de retrato.

Esa mirada intervino en algunas de las imágenes más perdurables de la cultura popular. Participó en la creación de los trajes de Elvis Presley, contribuyó a consolidar el negro como parte inseparable de la figura de Johnny Cash y diseñó para Dolly Parton, Loretta Lynn, Bob Dylan, Gram Parsons, Linda Ronstadt, The Rolling Stones, The Beatles, entre muchos otros. Su clientela da cuenta de una obra situada en la intersección del country, el rock, el cine y el espectáculo.

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En México, su relación con figuras como Juan Gabriel prolongó esa misma conversación entre indumentaria y escenario. Ambos comprendían que la exuberancia podía ser un lenguaje de libertad: el color, las aplicaciones y el movimiento de una prenda amplificaban una presencia artística que rechazaba pasar inadvertida.

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Tras abrir Manuel Couture en North Hollywood en 1975, Cuevas trasladó su taller a Nashville a finales de los años ochenta. Desde ahí continuó confeccionando piezas únicas y consolidó una influencia que todavía aparece en la moda western contemporánea. Sus prendas han ingresado a exposiciones y colecciones museísticas, y en 2018 recibió la National Heritage Fellowship, el máximo reconocimiento estadounidense dedicado a las artes populares y tradicionales.

El legado de Manuel Cuevas excede la lista extraordinaria de personas que vistió. Su trabajo demostró que un diseñador también puede intervenir en la memoria colectiva: Johnny Cash permanece ligado al negro; Elvis, al traje que multiplica la luz; el country, a las chaquetas bordadas que transformaron al vaquero en una figura escénica.

Desde Michoacán, Cuevas llevó consigo una manera de entender el oficio hecho a mano y la convirtió en parte del imaginario mundial.


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