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Carolina Chávez

Probablemente uno de los libros que más veces han vuelto en mi vida sea Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Además, es un libro que me recuerda mucho a mi papá. Hay lecturas que llegan hasta nosotros de esa manera: asociadas para siempre a una persona, a una voz, a una casa o a una edad determinada. Después crecemos, volvemos a abrirlas y descubrimos que el libro sigue siendo el mismo, pero nosotros ya somos otros.

Neruda tenía apenas 19 años cuando escribió buena parte de estos poemas y 20 cuando el libro apareció, en 1924. Siempre me ha impresionado ese dato. Hay una juventud evidente en sus páginas, una manera casi desbordada de mirar el deseo, la belleza y la pérdida; pero también intuiciones emocionales que continúan resultando extrañamente familiares más de un siglo después.

Quizá por eso he regresado tantas veces a él. Primero se leen sus poemas como quien intenta comprender el amor; después, como quien empieza a reconocer sus consecuencias. Con los años aparecen otras preguntas: qué permanece de las personas que amamos, cuánto de ellas se queda en los lugares, por qué ciertos recuerdos sobreviven incluso cuando creemos haberlos dejado atrás.

El libro reúne veinte poemas, identificados originalmente por número, y una pieza final, La canción desesperada. De todos ellos elegí cinco. No necesariamente porque sean los únicos imprescindibles, sino porque cada uno parece guardar una edad distinta del amor.

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1. Poema 20

Para cuando un amor termina, pero todavía permanece.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.”

Es probablemente uno de los comienzos más reconocibles de la poesía en español. Sin embargo, cada vez que regreso al Poema 20 encuentro algo que va mucho más allá de su celebridad.

Neruda escribe desde ese territorio desconcertante que existe entre haber perdido a alguien y conseguir aceptar su ausencia. El amor ya pertenece al pasado, pero el cuerpo y la memoria parecen haberse enterado más tarde. La noche, las estrellas, la distancia: todo participa de esa contradicción.

Una idea: hay amores que terminan mucho antes de que terminemos de recordarlos.

2. Poema 15

Para pensar en la intimidad del silencio.

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente.”

Es un verso que hoy merece también una lectura distinta a la que pudo hacerse hace un siglo. Volver a los clásicos implica permitir que el tiempo dialogue —y a veces discuta— con ellos. La mujer que aparece en buena parte del poemario está observada desde una mirada masculina que la contempla, la imagina y, en ocasiones, la convierte en paisaje.

Precisamente por eso me interesa regresar al Poema 15 desde la distancia que nos concede el presente. Más allá de su verso célebre, el poema contiene una experiencia reconocible, esa extraña lejanía que puede existir incluso entre dos personas profundamente cercanas.

Una idea: incluso en el amor permanecen territorios del otro a los que nunca terminamos de entrar.

3. Poema 14

Para recordar la luminosidad del enamoramiento.

“Juegas todos los días con la luz del universo.”

Me gusta pensar en este poema como uno de los momentos más luminosos del libro. Aquí la persona amada parece modificar el paisaje entero: aparecen flores, viento, agua, luz. Enamorarse tiene algo de esa alteración de la mirada. Una calle conocida cambia porque alguien camina por ella; una canción adquiere otro significado; una hora determinada del día comienza a pertenecernos. Durante un tiempo, el mundo parece reorganizarse alrededor de una presencia.

Una idea: enamorarse también consiste en descubrir otra vez aquello que creíamos conocer.

4. Poema 12

Para la sensación de haber encontrado un lugar en alguien.

“Para mi corazón basta tu pecho.”

Frente a la ausencia que atraviesa otros momentos del libro, el Poema 12 habla desde una cercanía casi elemental. El cuerpo, el horizonte, el viento y la compañía construyen un espacio compartido.

Al releerlo pienso menos en la pertenencia que en el refugio. En ese momento de una relación en el que la presencia del otro parece ordenar, aunque sea brevemente, el mundo. Quizá amar también tenga algo de reconocer un lugar donde podemos descansar de nosotros mismos.

Hay una sencillez conmovedora en esa aspiración, precisamente porque sabemos que ningún refugio humano es permanente.

Una idea: algunas personas se convierten, durante un tiempo, en una forma de hogar.

5. Poema 10

Para los lugares que conservan nuestros recuerdos.

“Hemos perdido aun este crepúsculo.”

Siempre me ha interesado la capacidad de ciertos lugares para guardar a las personas. Una habitación, una ciudad, una mesa, una determinada luz de la tarde pueden permanecer intactas y, sin embargo, volverse completamente distintas después de una ausencia.

El Poema 10 habita ese fenómeno. El crepúsculo continúa sucediendo, pero ya no pertenece a quienes alguna vez lo contemplaron juntos.

Una idea: cuando extrañamos a alguien, a veces extrañamos también la versión del mundo que existía a su lado.

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Un libro que cambia mientras nosotros cambiamos

He pensado muchas veces que los libros heredados sentimentalmente tienen dos autores. Está quien los escribió y está también la persona que nos enseñó a quererlos. En mi caso, volver a Veinte poemas de amor y una canción desesperada significa inevitablemente volver también a mi papá, y quizá por eso nunca consigo leerlo como un objeto estrictamente literario.

Lo leo desde las distintas mujeres que he sido.

Esa es, para mí, una de las posibilidades más hermosas de regresar a un libro después de muchos años: comprobar que algunas frases permanecen mientras su significado cambia. A los veinte podemos leer a Neruda buscando el amor; después quizá volvamos buscando una pérdida, una persona, una casa, una versión anterior de nosotros mismos.

Más de un siglo ha pasado desde la publicación de estos poemas. También ha cambiado nuestra manera de leerlos: algunas imágenes conservan intacta su belleza y otras nos obligan a interrogarlas desde el presente. Esa conversación forma parte de mantener viva una obra.


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