
Redacción T México
En la arquitectura de Diego Villaseñor, el paisaje siempre llega primero. Antes del trazo aparecen la orientación del sol, la dirección del viento, las piedras del terreno y los árboles que han ocupado el sitio durante años. La casa comienza entonces como un ejercicio de observación: una manera de comprender aquello que ya existe.
Nacido en Tlaquepaque, Jalisco, y formado en la Universidad Nacional Autónoma de México, Villaseñor fundó su despacho en 1973. Desde entonces ha realizado más de un centenar de proyectos en México y otros territorios de América, Europa, el Caribe y Medio Oriente. Su nombre está especialmente ligado a las costas mexicanas, donde desarrolló una arquitectura abierta, horizontal y profundamente atenta al clima.

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En obras como Casa Careyes, Rocas Rojas, Casa Los Cabos, Casa Papelillos y La Lagartija, los límites entre interior y exterior pierden rigidez. Los corredores conducen hacia patios; las albercas prolongan el horizonte; las cubiertas de palma producen sombra y movimiento. Cada material conserva una relación visible con su procedencia: piedra local, tierra, madera, fibras vegetales y trabajo artesanal.

La cercanía de Villaseñor con Luis Barragán y Chucho Reyes forma parte de una educación estética donde el color, la proporción y el silencio poseen una dimensión emocional. También aparecen otras genealogías: las viviendas tradicionales de las costas mexicanas, los jardines japoneses, el land art y una arquitectura vernácula construida a partir de conocimientos transmitidos entre generaciones.

Esa mirada alcanza una expresión íntima en Casa Ayehualco, su residencia familiar en Amatlán de Quetzalcóatl, Morelos. La casa ha crecido durante cerca de cuatro décadas entre las montañas del Tepozteco. Sus muros incorporan piedras del lugar y sus espacios responden al recorrido del sol, como si el paso de las horas también participara en el diseño.
Villaseñor suele definirse como un “enmarcador del paisaje”. La frase permite comprender una obra donde la arquitectura establece las condiciones para mirar: una abertura dirige la vista hacia el mar, un muro protege del calor, una terraza se suspende entre los árboles. El edificio adquiere sentido mediante aquello que permite sentir.

Su legado propone una pregunta especialmente vigente: cómo habitar un territorio sin borrar su memoria. En tiempos de construcciones intercambiables y paisajes sometidos a una transformación acelerada, la obra de Diego Villaseñor recuerda que cada lugar contiene sus propias respuestas. La tarea del arquitecto comienza al aprender a escucharlas.