
Kira Álvarez
Fotografía por Javier Mantrana
MAQUILLAJE: THOMAS MIKEL NICOLÁS.
En el panorama periodístico mexicano, Lydia Cacho evoca una valentía inquebrantable en la defensa de los derechos humanos. Durante más de 35 años, su pluma ha denunciado las redes de trata y la corrupción institucionalizada. Ahora, su más reciente entrega literaria, Un halcón bajo mi ventana, editada por Penguin Random House, nos revela su faceta como una autora que acude a la ficción para habitar los rincones donde el periodismo duro no puede llegar.
Ambientada a finales de los sesenta y principios de los setenta, la novela se despliega a través de Julieta, una adolescente de 14 años que atraviesa su despertar emocional mientras atestigua la represión estatal, desde la matanza de Tlatelolco de 1968 hasta el Halconazo de 1971. Al profundizar en la génesis del proyecto, Cacho comparte que la obra comenzó hace 12 años, tras su miniserie Somos valientes. Entonces, impulsada por una fuerte inquietud personal, empezó a estructurar un documental sobre las mujeres activistas de los movimientos sociales entre 1968 y 1975.
“Yo conozco a algunas, como las amigas de mis tíos, que eran de esa generación y que fueron activistas y que estuvieron en el movimiento, y luego otras que fueron desapareciendo. Yo decía, ¿dónde están? ¿Por qué siempre son los hombres los que hablan del 68 como si no hubieran estado ellas?”. Ante la imposibilidad de reconstruir estas colectividades por la vía documental, guardó el material en sus cuadernos y sumó el rescate de las memorias de su bisabuela, cuya familia paterna era de tradición militar, dotando al relato de dos miradas generacionales opuestas.
Tras desechar un primer borrador que no funcionó, el verdadero catalizador llegó una mañana de forma orgánica. “Me desperté, tomé mi libreta y salió la primera frase de soy Julieta y de ahí el nombre del libro. Lo releí y dije, aquí está. Es la niña que va a contar la historia”, relata. Un núcleo potente de la novela es la exploración de la adolescencia como un territorio de formación política. En la entrevista, Cacho denuncia la “adultocracia”, un sistema donde “la narrativa de la niñez y de la adolescencia está siempre constreñida a una mirada adulta que silencia y que llena de prejuicios”, dice.
Al inicio, Julieta no posee las herramientas intelectuales para etiquetar sus vivencias como actos políticos; ella experimenta el entorno con un asombro colmado de curiosidad, ira, emoción y miedo. Cacho explica que el despertar político ocurre al intentar encontrarle sentido a la vida adolescente a través del caos circundante, una realidad que conecta con las infancias contemporáneas en México.

“Los niños de Sinaloa lo están viviendo desde hace décadas. ¿Cómo traducen el que alguien les pueda ofrecer un arma antes de ofrecerles educación gratuita en su país? ¿Cómo traduce una niña de Chiapas que su destino sea pedir limosna o estar con las redes de trata? Entonces esas niñas y niños empiezan a interpretar la realidad política de su país y a interpretar la manera en que su país les recibe, los ve o los niega”, se pregunta la autora.
El contrapunto fundamental de Julieta es su madre, Clara, una carismática activista que encarna a una generación de intelectuales rebeldes que desafiaron simultáneamente al autoritarismo del Estado y al machismo en sus propias trincheras. Cacho lanza una crítica severa hacia las figuras masculinas del movimiento estudiantil, señalando que hombres muy famosos se convirtieron en los protagonistas absolutos de la crónica oficial cuando, en realidad, las mujeres sostuvieron la lucha desde la invisibilidad.
“Ellos se convirtieron en las figuras centrales de todo. Y en realidad, más del 60 por ciento del trabajo de base, de la labor de calles, del activismo de convicción para la gente que estaba en la vida cotidiana lo hicieron las mujeres. Lo hicieron en las provincias, en las montañas, en la ciudad y en sus alrededores. Y ellos no contaron las historias de las mujeres, les eran muy incómodas”, recuerda Cacho.
La novela recupera esa incomodidad histórica en los diálogos de sus personajes, reflejando cómo a los líderes varones les molestaban las demandas de igualdad de sus compañeras, relegándolas a ser accesorios, una dinámica de marginación que la autora equipara con la exclusión padecida por las guerrilleras de la Sierra Maestra bajo el mando de Fidel Castro.
Es imposible leer esta obra sin trazar paralelismos con el México actual, un aspecto en el que Cacho ahonda con franqueza durante la conversación. Confiesa que el proceso de escritura fue una experiencia dolorosa, marcada por jornadas de hasta 12 horas de redacción que la dejaban en un estado de conmoción al confrontar el espejo del presente. “Me quedaba en shock porque decía: ‘Claro, yo estoy traduciendo toda la experiencia vital que tengo como periodista y lo que está sucediendo.’ Y de repente releía y decía: ‘Tenemos otra vez un México militarizado’”, explica Cacho.

Para la autora, la ironía más dolorosa “es que ahora es la izquierda. Esa izquierda que escribió el 68, la que se autodefine como la libertaria, la que expulsó al PRI, es esa izquierda la que está militarizando al país de nuevo…”, apunta. La novela se convierte en un recordatorio de que las estructuras de opresión no pertenecen al pasado; simplemente han cambiado de manos, provocando un hondo asombro ante el desencanto de ver a antiguos compañeros de causas justificar el autoritarismo.
Frente a la brutalidad de la violencia, la novela erige un monumento a la ternura y a los vínculos afectivos como formas legítimas de resistencia política. En un contexto actual en el que sectores del feminismo joven priorizan la rabia, Cacho propone una reflexión madurada a través de su propia experiencia en terapia tras haber sobrevivido a la tortura, advirtiendo que “la rabia te come por dentro”.
Para la autora, el acto del perdón debe ser entendido como una purga personal. “El perdón es para mí. Es para que yo sane y me lo quite de dentro del cuerpo, de la piel, del recuerdo, del olor. Quiero que se vaya de mi vida. Para eso es el perdón. Pero eso no quiere decir que lo disculpe. Porque yo no quiero estar llena de enojo ni de rabia ni resentimiento, porque no quiero que me destruya su presencia. Y creo que eso me acerca a la ternura”, señala la escritora.
Esta ternura se traduce en un mapa de afectos heredados de una línea de mujeres sabias, y se expande hacia la autonomía del cuerpo femenino. Al recrear las protestas reales de los colectivos de mujeres de los setenta, la autora recuerda que México fue punta de lanza en derechos reproductivos gracias a un feminismo comunitario y de a pie, una vertiente popular que utilizaba los recursos locales y la herbolaria, y que posteriormente quedó invisibilizada ante la hegemonía del feminismo occidental y académico.
Un halcón bajo mi ventana tiende un puente histórico para comprender las crisis del presente. Cacho defiende que el admirable fenómeno contemporáneo de las madres buscadoras en México no surgió de la nada, sino que es heredero de las luchas de los años setenta. “Ellas son gracias a las mujeres que en 1974 empezaron a buscar a sus hijos y a sus hijas, salieron a las calles y empezaron a enfrentar a los militares, se metieron a Lecumberri, se metieron a los archivos, empezaron a robar documentación para poder entenderlo. Todas esas mujeres son las que lograron que estas buscadoras existan”, defiende.
La novela desmonta el mito de la madre sumisa oculta tras un rebozo, reemplazándolo por la figura de la madre que levanta el puño y exige dignidad. “Las mujeres sabemos que los derechos ganados no son permanentes. Tenemos que sostenerlos continuamente”, apunta Cacho, para quien escribir este texto fue una manera sanadora de volver a colocar en su cuerpo la certeza de que sigue viva gracias a la solidaridad de las redes de mujeres y periodistas mexicanas que nunca la dejaron sola en el exilio.
Cacho ha entregado una obra indispensable que celebra la amistad, el acompañamiento genuino y la convicción de que las batallas del pasado siguen construyendo el suelo sobre el cual caminan quienes vienen delante. Un halcón bajo mi ventana demuestra que la memoria es el arma más poderosa contra el olvido y que la ternura, cuando es revolucionaria, es capaz de resquebrajar las ventanas del poder más absoluto.