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Antes de ganar una partida de mahjong hay que aprender a reconocer lo que circula sobre la mesa, recordar las fichas descartadas y anticipar una jugada que todavía no existe. En ese ejercicio intervienen la estrategia y el cálculo, pero también el azar. Ninguno garantiza por sí solo la victoria.

Desarrollado en China durante la segunda mitad del siglo XIX, probablemente en la región del delta del Yangtsé, el mahjong procede de juegos de naipes anteriores. Su antigüedad suele exagerarse, es decir que no es una práctica milenaria, aunque sus fichas incorporan un sistema gráfico vinculado con la cultura china. Bambúes, círculos, caracteres, vientos, dragones y flores forman un repertorio que debe interpretarse mientras cambia con cada turno.

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Una partida tradicional reúne a cuatro personas alrededor de un conjunto que, según la variante, suele tener entre 136 y 144 fichas. Cada jugador roba y descarta piezas con el propósito de construir combinaciones. La estructura básica puede recordar al rummy, pero las reglas, el puntaje y ciertos rituales difieren entre China continental, Hong Kong, Taiwán, Japón, el sudeste asiático y las comunidades que adaptaron el juego fuera de Asia.

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Su llegada a Estados Unidos durante la década de 1920 estuvo acompañada por una intensa campaña comercial que lo presentó como una novedad exótica. Esa difusión simplificó reglas y convirtió numerosos conjuntos en objetos decorativos, al tiempo que reproducía estereotipos sobre China. Sin embargo, el mahjong adquirió otros significados en manos de quienes lo jugaron, fue un punto de encuentro para comunidades chino-estadounidenses y, desde la década de 1930, una práctica central entre grupos de mujeres judías estadounidenses. La historiadora Annelise Heinz ha estudiado esta trayectoria como una muestra de la manera en que un objeto cultural cambia al atravesar lenguas, países y generaciones.

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Hoy el juego vive una nueva expansión mediante clubes, clases y reuniones organizadas por jugadores jóvenes. Su atractivo visual ha impulsado también la aparición de conjuntos rediseñados y versiones de lujo. Ese renovado interés exige una distinción importante: el solitario digital que consiste en emparejar fichas utiliza su iconografía, pero elimina la estructura colectiva del juego original.

En el mahjong, cada movimiento depende de los demás. Las fichas chocan, se ordenan, desaparecen de una mano y modifican las posibilidades de las otras tres. Allí reside buena parte de su permanencia: la partida obliga a compartir una mesa, atender los gestos ajenos y decidir bajo condiciones que nadie controla por completo.


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