
Carolina Chávez
Supongo que la primera vez que vieron su nombre en una pantalla sintieron una emoción parecida a la mía cuando vi mi firma al pie de un texto de mi autoría. Escribir esta nota toca algo de aquella conmoción: la mirada cinematográfica ha guiado mi mano desde el inicio. Hablar de las directoras mexicanas me mueve una fibra profunda, especialmente ahora, cuando pienso en el acervo de películas que acompañará a mi hija, que llegará pronto. Me ilusiona imaginar que tendrá referencias amplias para descubrir y volver a mirar el México de antes y el de ahora a través de los ojos agudos de mujeres que tomaron la cámara y dieron forma y autoría a historias que reconocemos, en las que también se escuchan nuestras voces.
Una trabajadora de hotel acomoda las pertenencias de personas cuya vida apenas alcanza a entrever. Una madre recorre caminos buscando a su hijo. Una niña observa los preparativos de una celebración familiar mientras intenta comprender la enfermedad de su padre. En La camarista, de Lila Avilés; Sin señas particulares, de Fernanda Valadez, y Tótem, también de Avilés, México se vuelve visible a través de gestos, conversaciones y silencios que sostienen una existencia.

Las cineastas mexicanas han contribuido a transformar quién ocupa el centro de nuestras historias y desde qué distancia lo miramos. Hablar de su relevancia exige reconocer la diversidad de sus propuestas: cada directora construye una relación particular con el encuadre, el tiempo, los cuerpos y la palabra. Reunirlas permite observar una historia de autoría y participación en una industria atravesada por desigualdades.


Décadas antes, Matilde Landeta defendió su lugar detrás de la cámara en un medio que reservaba la dirección principalmente a los hombres. Su trayectoria abrió posibilidades para otras realizadoras. Más adelante, María Novaro encontró en Danzón una manera de acompañar el deseo y la autonomía de una mujer trabajadora. El baile, la amistad y el viaje adquirieron la importancia de los acontecimientos que cambian una vida.


En Nudo mixteco, Ángeles Cruz entrelaza tres historias de regreso a una comunidad de la Mixteca oaxaqueña. La migración, el deseo y la violencia atraviesan los vínculos de sus personajes y abren preguntas sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y su vida. Como cineasta mixteca, Cruz aporta una mirada arraigada en la experiencia de su comunidad, capaz de expresar tanto sus afectos como sus conflictos. Sus personajes tienen contradicciones, intimidad y voz propia: en sus decisiones se juega también la posibilidad de transformar la vida compartida.
Esa atención a la experiencia adquiere otras formas en el cine de Tatiana Huezo. En Tempestad, los testimonios de dos mujeres y las imágenes del país construyen una experiencia de desamparo ante la violencia. Valadez sigue una búsqueda materna en Sin señas particulares hasta confrontarnos con la desaparición y la incertidumbre. Avilés observa el trabajo en La camarista y los cuidados familiares en Tótem: quién limpia, quién acompaña, quién sostiene emocionalmente a los demás.


Con Li cham, Ana Ts’uyeb se suma a esta pluralidad de autoras cuya obra invita a ampliar nuestra comprensión del cine mexicano y a prestar atención a las voces que están construyendo sus próximos caminos. Su trabajo abre también una conversación sobre la autoría: quién cuenta las historias, desde qué experiencia y para quién. Próximamente tendremos una entrevista con ella para conocer su proceso creativo y profundizar en las preguntas que atraviesan su cine.


En estas películas, lo íntimo permite leer las estructuras sociales. Una habitación revela diferencias de clase; una ausencia altera una familia entera; un regreso pone en tensión las reglas de una comunidad.
Su relevancia también está en esa capacidad de modificar nuestra atención. Al salir de sus películas, ciertos trabajos, ciertas voces y ciertas vidas adquieren otro peso. El país que contemplamos se vuelve más complejo, y nuestra responsabilidad como espectadores, más cercana.