
Antonio Fernández
Una sombra se desplaza sobre el metal. Su recorrido depende de la luz, de la posición del objeto, del lugar que ocupa en el mundo. Seguirla exige una disposición cada vez más escasa, permanecer atentos a algo que cambia lentamente. En esa experiencia comienza The Creation of Time, la serie de relojes de sol del diseñador uruguayo Rodrigo García, creador de AMEN.
Presentadas en Milán dentro de Salone Raritas, con Galeria Mercado Moderno, las piezas reúnen bronce, aluminio y madera alrededor de una pregunta: ¿qué sucede cuando la organización de las horas termina por gobernar nuestra experiencia? En una entrevista con Marek Bartek para Numéro Netherlands, García vincula el proyecto con su percepción de los distintos ritmos de vida, la calma de su lugar de origen en Uruguay y la intensidad que experimenta en ciudades como Nueva York.

El reloj de sol vuelve tangible esa inquietud. Para leerlo hace falta situarse, observar la luz y comprender la relación entre una superficie y el cielo. Su funcionamiento incorpora el entorno a un gesto cotidiano que las pantallas han vuelto casi automático. Consultar la hora puede convertirse, entonces, en una manera de mirar alrededor.


García llama «Estudios» a estas obras, una elección que conserva abierta la investigación. Según cuenta a Bartek, ha trabajado con astrónomos vinculados con observatorios de Montevideo para comprender los ajustes que requiere cada pieza. La precisión depende de condiciones concretas; el objeto establece una relación con el sitio donde se instala. Esa atención a lo particular resulta sugerente en una cultura acostumbrada a exigir disponibilidad simultánea desde cualquier lugar.
México ocupa un lugar importante en el desarrollo de la serie; el diseñador relata que sus planes iniciales de trabajar con cerámica en Japón dieron paso a una exploración del metal en talleres mexicanos. El aprendizaje de la fundición acompañó sus lecturas sobre astronomía maya. Conviene distinguir ambos procesos: la colaboración material y la investigación personal confluyen en las piezas, cada una con sus conocimientos y alcances.


Una obra que cuestiona la productividad participa de un mercado atento a la novedad, la exclusividad y los calendarios de feria. Esa circunstancia abre una discusión sobre la capacidad del diseño para transformar hábitos, adquirir un objeto dedicado a la contemplación apenas inicia la relación; dedicarle atención le da sentido.
Una vez instalado, el reloj queda expuesto a las variaciones del día. La sombra avanza y altera lo que vemos. Quizá su aportación más íntima sea esa pequeña exigencia: conceder unos minutos a observar cómo transcurren.