Escalera interior de la sede de La Fabrique du Temps en Meyrin, en las afueras de Ginebra.

Javier Fernández de Angulo

Fotografía César Durione

En el universo preciso y minucioso de la alta relojería también hay espacio para la intuición, la imaginación y los encuentros que cambian una vida. La trayectoria de Michel Navas está construida sobre esas casualidades. Relojero, inventor y cofundador de La Fabrique du Temps junto a Enrico Barbasini, Navas ha participado en algunos de los desarrollos más importantes de la relojería contemporánea, con su nombre apareciendo detrás de importantes colaboraciones para firmas como Patek Philippe (participó en el diseño del Nautilus), Audemars Piguet (creó sus primeros tourbillons) o Franck Muller (elaboró piezas originales como el Crazy Hours). Hoy, bajo el paraguas de Louis Vuitton, Navas se enfrenta a la misión de recuperar el legado del maestro Gérald Genta.

Navas recibe a T México en la joyería Kogan de Polanco, en la Ciudad de México, durante su primera visita al país. Acaba de presentar las nuevas colecciones de Gérald Genta, una marca en la que trabajó junto al propio Genta, uno de los grandes nombres del siglo XX. “Le pregunté por qué había situado las fases lunares en el puesto de las doce, en la parte superior de la esfera y me respondió: ‘Miré al cielo’”, recuerda Navas, para quien aquella manera de pensar definió una época. “Me atrevo a decir que hoy la relojería está donde está gracias a Gérald. Le echaron de un salón de alta relojería por poner al Pato Donald y Mickey Mouse en relojes. Era atrevido en materiales, diseños y complicaciones”, explica Navas.

Su admiración por el maestro, sin embargo, no es únicamente sentimental. Durante los años ochenta vivió junto a él una etapa de innovación permanente en la que, mientras la mayoría de las manufacturas apenas producían unas pocas grandes complicaciones al año, el taller de Genta desarrollaba repetidores de minutos, calendarios perpetuos y relojes de sonería con una libertad poco habitual. “El más grande diseñador relojero. Gracias a él tenemos la relojería a la altura que está”, señala Navas.

Genta fue un innovador incansable. Experimentó con materiales poco habituales para la época, como el bronce, introdujo las brújulas y llevó a las esferas piedras como el ónix o la malaquita en una época en la que muy pocos se atrevían a hacerlo. Dandi y visionario a partes iguales, su espíritu sigue marcando la nueva etapa de la firma con novedades como el Gentissima Oursin 36 & 41, una colección con cajas de titanio recubiertas por cientos de pequeñas esteras de oro blanco inspiradas en la textura de un erizo de mar, o el Geneva Minute Repeater, una pieza de alta complicación en oro amarillo que recupera las clásicas cajas cojín y las icónicas esteras animadas con personajes de Disney.

En opinión de Carlos Alonso, fundador del Salón Internacional de Alta Relojería de la Ciudad de México, (SIAR) buena parte de este renacimiento lleva la firma de Navas. “Es uno de los mejores relojeros de los últimos 40 años. Ha estado envuelto en múltiples proyectos con marcas muy prestigiosas, pero siempre a la sombra. No es tan conocido porque siempre lo ha hecho de forma anónima”, relata Alonso con una definición que resume bien a un creador cuya influencia ha sido enorme y cuya fama siempre ha quedado por detrás de sus relojes.

 El relojero Michel Navas fotografiado el pasado 15 de mayo en la joyería Kogan, en la Ciudad de México.

La historia de Navas comenzó lejos de Suiza, concretamente en Salamanca, España, donde nació en 1962 en el seno de una familia de relojeros. A los 8 años ya arreglaba relojes y más tarde ingresó en la escuela de relojería de Besançon, en Francia, donde terminó el primero de su promoción. Con el diploma recién obtenido participó en un viaje para visitar varias manufacturas suizas y durante el recorrido por Audemars Piguet surgió una oportunidad inesperada. El director de la fábrica buscaba sustituto para Daniel Roth, el especialista en ajustes, volantes y espirales de la casa que acababa de marcharse a Breguet.

En la relojera suiza Navas se ocupó primero del reglaje de movimientos y poco después participó en el desarrollo del primer tourbillon automático de pulsera, presentado en 1986. Tras siete años en la manufactura decidió incorporarse al taller de Genta, donde conoció a Barbasini. “Aprendimos mucho a su lado, fue mi segunda escuela”, relata Navas sobre su decisión de emprender una nueva etapa profesional en Patek Philippe que le permitió comprender una forma distinta de entender la relojería. “Aprendí mucho en cuestión de excelencia y rigor. Con criterios muy estrictos y buenos”, recuerda Navas, quien volvió a reunirse con Barbasini en Franck Muller, un entorno completamente diferente.

Juntos participaron en proyectos como el Revolution 1, que incorporaba un tourbillon que subía y bajaba, y más tarde en el Crazy Hours, una de las creaciones más reconocibles de la relojería contemporánea. “Durante la noche me desperté y con un lápiz empecé a dibujar las horas locas”, explica Navas. “Me gustó el nombre Crazy Hours porque las horas no están en su puesto y el nombre se parecía al de un cabaret, el Crazy Horse”.

Con el tiempo, Navas y Barbasini, con el beneplácito de Muller, decidieron independizarse. Fue así como en 2007 nació La Fabrique du Temps, proyecto con el que empezaron a colaborar con marcas como Hermès, Van Cleef & Arpels, Laurent Ferrier, Girard-Perregaux y Louis Vuitton. “Ideamos un nuevo reloj, el Spin Time, que incluía un desarrollo en tres dimensiones. Cuando acabamos el prototipo pensamos en Louis Vuitton y su modelo Tambour. Y la firma lo aceptó”, dice Navas sobre el comienzo de una relación que acabaría materializándose durante un viaje de la pareja a la histórica manufactura de Louis Vuitton en Asnières-sur-Seine, a las afueras de París.

“En 2011 nos ofrecieron adquirir la compañía”, rememora Navas. Solo pusieron tres condiciones: seguir trabajando en Ginebra, mantener el espíritu artesanal de La Fabrique du Temps y mantener la clientela histórica, y Louis Vuitton aceptó.

Discos nacarados con el monograma de la maison.

Navas se siente como en casa en los talleres de La Fabrique du Temps, donde trabaja rodeado de relojeros, ingenieros, maestros del grabado guilloché, esmaltadores y artesanos de oficios que, en muchos casos, corren el peligro de desaparecer para siempre, técnicas que forman parte del patrimonio de la alta relojería y que Louis Vuitton ha apostado por preservar. “Soy un anciano, pero me he encontrado con jóvenes entusiastas”, reconoce Navas sobre una aventura que transita junto a Jean Arnault, hijo de Bernard Arnault, responsable de la división de alta relojería de Louis Vuitton y apasionado por los relojes desde joven.

“El atelier de alta relojería que es La Fabrique du Temps tiene la capacidad de desarrollar cualquier objeto al más alto nivel. Fue la base para que Louis Vuitton se adentrara en el universo relojero. El joven Arnault ha elegido la relojería entre todas las posibilidades de empresas y sectores que tiene dentro del grupo LVMH”, señala Alonso.

Fue precisamente Navas quien le propuso a Arnault, quien se había incorporado a La Fabrique du Temps en 2021, rescatar a Gérald Genta y Daniel Roth, dos marcas históricas. “Vino para un curso de una semana, le gustó tanto que se quedó y mostró una sabiduría de relojero asombrosa. Es un placer trabajar con ese chico y tiene una estética muy detallista. Le gustan las cosas bonitas bien hechas, además de tener conocimiento y afición”, relata Navas, quien sugirió visitar a la viuda de Genta en Londres para explicarle el proyecto.

Poco después llegó otro reencuentro especial. Barbasini y Navas viajaron a las montañas suizas para visitar a Roth, ya octogenario y prácticamente retirado después de haber perdido el control de su marca apenas unos años después de fundarla, una herida que nunca terminó de cerrar deltodo. Cuando terminó el primer tourbillon de la nueva etapa de Daniel Roth decidió llevárselo personalmente. “Se lo quise enseñar, era su estilo” recuerda. Desde entonces mantiene una tradición. “Cada vez que acabo un reloj subo a las montañas a verlo y se lo enseño” Roth lo toma entre sus manos, lo examina con atención y siempre termina susurrándole la misma frase al oído: “Es más bonito que el mío”.


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