
Karla Álvarez
Antes de los grandes paisajes estuvieron los árboles de Chapultepec, las mariposas, las ardillas, la luz que alcanzaba una rama a determinada hora. Pepe Soho salía con su perro y una cámara de bolsillo a fotografiar aquello que, poco a poco, comenzaba a despertar su curiosidad. En esos recorridos encontró una razón para salir al día siguiente: volver a mirar.
El relato que acompaña su obra permite acercarse a ese comienzo. Después de un accidente a caballo en la India y de un largo periodo de cirugías, complicaciones y dolor, el fotógrafo mexicano atravesó una etapa de profundo sufrimiento. Retomar una afición que había descubierto en la adolescencia abrió un espacio dentro de esa experiencia. La atención empezó a desplazarse hacia las pequeñas preguntas de una imagen: cuándo llegaría la luz, cómo capturar el movimiento de un colibrí, qué lente permitiría acercarse a una flor.


«Mi cámara era la herramienta principal de mi transformación», escribió.
Leer estas palabras a un año de su partida da otra profundidad a sus fotografías. En ellas puede reconocerse la paciencia de alguien que recuperó el deseo de observar; también, la gratitud por un mundo al que todavía quería acercarse.
El pasado 9 de octubre, Mystika Inmersivo, en Ciudad de México, dedicó una jornada a recordar a su fundador. Según los organizadores, más de seiscientas personas acudieron al espacio, que abrió sus puertas gratuitamente. El encuentro reunió su trayectoria artística con fragmentos de la vida que la hizo posible.

La instalación «Pepe Soho: la luz permanece», integrada por seis pantallas LED, presentó imágenes de su archivo personal. A través de ellas, el homenaje permitió acercarse al viajero y al hombre detrás de la cámara. En otro punto del recinto, los visitantes depositaron flores en una estructura con la forma del símbolo de Mystika. A lo largo del día, la pieza se convirtió en un altar colectivo: cada aportación sumó una presencia, un afecto, una manera de recordar.


Ese gesto ofrecía una escala íntima frente a la amplitud de los paisajes. Una flor llevada por alguien podía convivir con la imagen de un glaciar; el cariño de una comunidad, con las distancias recorridas por un fotógrafo.

En su testimonio, Soho recuerda un amanecer en la Antártida como un momento decisivo. Después de años difíciles, contemplar aquel paisaje le produjo una gratitud que orientaría su trabajo: fotografiar sería una forma de rendir homenaje a la naturaleza.
Su historia conserva toda su complejidad en ese tránsito. La fotografía le dio una práctica, una pasión y una dirección para continuar, incluso mientras persistían las dificultades. De allí nace parte de la fuerza emocional de su obra: de la relación entre un cuerpo vulnerable y una mirada dispuesta a seguir descubriendo.
El homenaje en Mystika reunió a las personas alrededor de esa búsqueda. Entre flores, fotografías y recuerdos, quedó una invitación profundamente humana, se trata de prestar atención a lo que nos rodea y reconocer las cosas que todavía despiertan nuestras ganas de estar aquí.