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Federico Mendoza

Poner su plato favorito, elegir una fotografía, servir un vaso de agua. El altar de muertos comienza con gestos que conocemos bien: los de preparar la casa para alguien querido. En la ofrenda, ese cuidado adquiere un sentido ritual y convierte el recuerdo en algo que puede tocarse, olerse y compartirse.

Sus elementos acompañan simbólicamente el regreso de las ánimas. Las velas iluminan el camino; el cempasúchil señala la ruta hacia la ofrenda; el agua alivia la sed del viaje, y los alimentos reciben a los difuntos con los sabores que disfrutaron en vida. Aunque su composición cambia entre regiones y comunidades, la bienvenida sostiene el sentido de esta práctica.

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También cada familia escribe su propia versión: una taza de café, una fruta, el guiso cuya receta alguien todavía prepara. En esas elecciones, el altar cuenta quién fue una persona y cómo permanece entre los suyos. Armarlo permite transmitir esas historias a quienes apenas empiezan a escucharlas.

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Durante unos días, la casa vuelve a hacerles sitio. Y quienes colocan la ofrenda encuentran una manera de seguir cuidando ese vínculo.


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