
Samantha Villanueva
En la piel de un higo, el verde convive con el violeta; al abrirlo, aparece una pulpa rosada, casi roja. Una flor puede reunir el borgoña y el amarillo pálido; una hoja, atravesar varios verdes antes de volverse ocre. Basta detenerse ante estas pequeñas composiciones para descubrir cuánto del placer del color sucede en el encuentro.


La idea de un maridaje cromático empieza en lo que un tono despierta junto a otro. El rosa adquiere una intensidad distinta cerca del marrón de una corteza; un verde claro parece encenderse sobre un fondo rojizo. La naturaleza ofrece estas relaciones con toda su complejidad: intervienen la humedad, la luz, las superficies, el momento del día. Sus combinaciones están vivas, sujetas a transformaciones que vuelven cada hallazgo ligeramente irrepetible.

Quizá por eso resultan tan sugerentes al trasladarlas a lo cotidiano. Una tela, una mesa o una habitación pueden recoger algo de esa afinidad descubierta en un pétalo o una piedra. El goce estético tiene también esa dimensión íntima: reconocer una relación que nos conmueve y querer tenerla cerca.



Mirar así permite ensanchar nuestras preferencias. Junto a las parejas que elegimos por costumbre, aparecen otras, todavía difíciles de nombrar: el azul grisáceo de una hoja junto al naranja de un fruto, el rosa de una concha sobre la arena húmeda. Combinaciones que invitan a seguir observando, con la curiosidad de quien sospecha que su próxima favorita está por aparecer.