
Alonso de la Serna
En la arquitectura de Junya Ishigami, la relación con la naturaleza transforma la manera de concebir un edificio: su peso, sus límites y la experiencia de quienes lo recorren.

El arquitecto japonés es el primer ganador de The Barragán Prize, un nuevo reconocimiento internacional de carácter anual presentado por La Cuadra en colaboración con Bottega Veneta. La ceremonia se celebró en octubre en La Cuadra San Cristóbal, obra de Luis Barragán, y estuvo acompañada por un almuerzo convocado por la firma italiana y Fernando Romero.


La elección de Ishigami permite una lectura del legado de Barragán desde preocupaciones contemporáneas. Entre ambos puede trazarse una afinidad: la atención a lo que un espacio hace sentir. En Barragán, el color, el agua y los muros conducen la mirada y construyen intimidad. Ishigami explora esa dimensión sensible mediante estructuras que alteran nuestra percepción de la escala y la gravedad.

Su pabellón para la Serpentine de Londres, realizado en 2019, condensó esa búsqueda. Una cubierta de pizarra parecía emerger del parque; debajo, el visitante encontraba un refugio semejante a una cueva. La piedra adquiría una ligereza aparente y el edificio se acercaba a una formación del paisaje.

Esa imagen también exige una lectura cuidadosa: la apariencia natural de una obra y su desempeño ambiental son asuntos distintos. El interés de aquella propuesta reside en cómo modifica nuestra relación perceptiva con el entorno, en la posibilidad de experimentar el cobijo, la materia y el suelo de otra manera.
El premio sitúa esa exploración en diálogo con una figura central de la arquitectura mexicana. Su recorrido futuro permitirá valorar qué espacio abre para la experimentación. Por ahora, reconocer a Ishigami propone una forma fértil de acercarse a Barragán, estudiar las sensaciones que su arquitectura sigue provocando y las preguntas que todavía permite formular.