Foto: Cookie Maestri

El henequén parece hecho para Yucatán. Agave fourcroydes crece sobre suelos calcáreos, soporta largos periodos de sequía y concentra dentro de sus pencas una fibra resistente que durante siglos se convirtió en cuerdas, sacos, redes, hamacas y tejidos. Para los mayas era ki; su fibra, soskil. Antes de adquirir valor industrial ya constituía una tecnología cotidiana ligada al conocimiento del territorio.

El siglo XIX cambió su escala. La mecanización del desfibrado y la creciente demanda internacional de cuerdas llevaron al henequén de los cultivos locales a una economía de exportación. La superficie sembrada en Yucatán pasó de unas 2,600 hectáreas en 1860 a cerca de 170,000 en 1910, una expansión que transformó radicalmente el paisaje peninsular.

Así nació el llamado “oro verde”. Alrededor de la fibra crecieron haciendas, vías ferroviarias, casas de máquinas y grandes fortunas. El puerto de Sisal se convirtió en una de sus principales puertas hacia el exterior; de hecho, su nombre terminó utilizándose internacionalmente para identificar fibras de agave semejantes.

Ese esplendor también guarda una historia social más compleja. La prosperidad henequenera descansó sobre sistemas laborales profundamente desiguales, con trabajadores sujetos a deudas, tiendas de raya y mecanismos de control dentro de las haciendas. La arquitectura monumental que permanece en Yucatán es también vestigio de esa contradicción entre riqueza, modernización y explotación.

La aparición de fibras sintéticas y la competencia de otros países redujeron drásticamente la industria durante el siglo XX. Sin embargo, el henequén permaneció. Su fibra continúa utilizándose en cuerdas, textiles, tapetes, bolsas y artesanías, mientras sus características —resistencia, origen vegetal y adaptación a condiciones de poca agua— adquieren una nueva pertinencia frente a la búsqueda contemporánea de materiales naturales y biodegradables.

Mirar el henequén hoy significa leer varias capas de la historia mexicana en una sola planta: conocimiento maya, transformación del paisaje, comercio global, desigualdad social y una relación con las fibras vegetales que vuelve a cobrar sentido en el presente.


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