Hiep Nguyen

Eleonor Cioffi

Durante mucho tiempo, las culturas migrantes fueron observadas desde la distancia, reducidas a una colección de objetos, recetas o tradiciones destinadas a preservar un pasado idealizado. Hoy ocurre algo distinto. Las nuevas generaciones ya no buscan únicamente conservar una herencia cultural; buscan intervenirla, discutirla y transformarla. La memoria ha empezado a convertirse en un territorio creativo.

Ese cambio atraviesa Weaving Stones, Sewing Ground, la residencia cultural que el colectivo vietnamita Saigon Kiss desarrollará del 2 al 6 de septiembre en la Union de la Jeunesse Internationale, en París, Berlín y Países Bajos. El proyecto plantea un ejercicio de imaginación cultural donde arte contemporáneo, diseño, publicaciones, cocina y performance funcionan como distintos lenguajes para responder una misma pregunta: ¿qué significa pertenecer cuando la identidad también se construye lejos del lugar de origen?

Tracy Dong

Existe una diferencia importante entre representar una cultura y permitir que esa cultura se represente a sí misma. Esa tensión recorre buena parte del arte contemporáneo y resulta especialmente relevante en un momento en que las diásporas ocupan un lugar cada vez más visible dentro de la conversación global.

Frente a las narrativas homogéneas que durante décadas definieron qué debía entenderse por “lo vietnamita”, Saigon Kiss propone una identidad deliberadamente inacabada, donde las experiencias migrantes, los afectos, los desplazamientos y las mezclas dejan de verse como excepciones para convertirse en el centro del relato.

Por eso resulta significativo que la residencia no esté organizada alrededor de una gran exposición monumental. El proyecto entiende que la cultura también ocurre alrededor de una mesa compartida, dentro de una biblioteca temporal, en un taller culinario o durante una conversación entre artistas. Incluso la boutique que forma parte del programa evita la lógica del consumo inmediato para plantearse como un espacio curatorial donde los objetos funcionan como portadores de historias y memorias materiales.

Hiep Nguyen

Ese gesto merece atención. Durante años, el concepto de pop-up cultural terminó absorbido por la economía de la experiencia: eventos efímeros diseñados para producir imágenes atractivas y circulación inmediata en redes sociales. Saigon Kiss parece tomar distancia de esa lógica. Su propuesta recupera la temporalidad lenta del encuentro y entiende que la hospitalidad también puede ser una práctica curatorial.

No es casual que la gastronomía ocupe un lugar tan importante dentro del programa. La cocina aparece como un archivo vivo, capaz de transmitir historias familiares, migraciones, pérdidas y formas de pertenencia que muchas veces sobreviven con mayor fuerza que los discursos oficiales. En un momento en que numerosos proyectos culturales utilizan la comida únicamente como elemento decorativo, la residencia la reconoce como una herramienta narrativa con el mismo peso que una instalación artística o una publicación independiente.

Yến-Nhi Lê y Tessa Yến Nguyễn. Foto: Véronique Benoy

La apuesta editorial del colectivo confirma esa misma dirección. Paralelamente a la residencia, Saigon Kiss impulsa mãi mãi, una publicación anual de más de 200 páginas dedicada a documentar las voces de una nueva generación de creadores vietnamitas dentro y fuera del país. Más que producir otro objeto de colección, la revista busca construir un archivo afectivo donde entrevistas, fotografía, ensayos y relatos personales complejizan la manera en que suele representarse la identidad vietnamita contemporánea.

Foto: Lisa Suki

Quizá ahí reside la mayor virtud del proyecto. En lugar de presentar la tradición como un patrimonio intocable, la entiende como una materia flexible, capaz de cambiar sin desaparecer. La memoria deja de ser una obligación para convertirse en un acto creativo. Y en tiempos donde las identidades nacionales parecen debatirse entre el esencialismo y la disolución absoluta.


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