En una charla exclusiva, Daniela Soto-Innes comparte el corazón detrás de su cocina. Entre ingredientes que evocan el Pacífico y rituales que conectan con sus raíces, la chef mexicana revela cómo cada plato en Rubra refleja su sensibilidad, su historia y una pasión que trasciende el gusto.
Más que un ritual gastronómico, la comida del Día de Muertos es una forma de recordar a través del gusto. Entre el pan de muerto, el mole y el atole, cada platillo es una conversación entre los vivos y quienes solo regresan por una noche.
Entre lluvias, tradiciones y saberes antiguos, los hongos siguen siendo uno de los tesoros más profundos de nuestra cocina. De los champiñones al huitlacoche, su historia revela la relación entre la naturaleza, el alimento y la memoria.
El limoncello se bebe, como queriendo que el verano sea eterno. Estas son las reglas napolitanas que sobreviven al turismo y a la moda de la coctelería.
De aquel 9 de marzo de 2012 al presente con dos estrellas Michelin y un tercer puesto en la lista de los 50 Mejores del Mundo, Jorge Vallejo repasa la evolución de un proyecto que comenzó con prisa juvenil y hoy se asume en su madurez.
Rubra es la declaración vital de la chef mexicana Daniela Soto-Innes en la costa de Nayarit. Un santuario con un manifiesto vivo —germinar con el mar y florecer en comunidad—, donde cada plato es memoria y oficio.
Cinco paradas de helado con oficio y mirada: del gelato de temporada al soft-serve interactivo. Sabor sí, pero también origen, método y obviamente, sabor.