
T Magazine México
La historia de Juan O’Gorman puede leerse como la historia de una inconformidad. Cada etapa de su obra parece discutir con la anterior, someterla a prueba y buscar una manera distinta de responder una pregunta que lo acompañó durante toda su vida: ¿cómo debía construirse en México?
Nacido en Coyoacán en 1905, O’Gorman creció entre dos herencias culturales. Su padre, Cecil Crawford O’Gorman, era un ingeniero y pintor irlandés; su madre, Encarnación O’Gorman, pertenecía a una familia mexicana. Esa dualidad reaparecería en una obra atravesada por el pensamiento moderno europeo y por una búsqueda cada vez más profunda de la historia, los materiales y las formas del país.

Durante sus primeros años como arquitecto encontró en las ideas de Le Corbusier una herramienta para apartarse de la ornamentación y pensar los edificios desde su utilidad. En 1929 construyó para su padre una casa en San Ángel considerada una de las primeras expresiones plenamente funcionalistas de América Latina. Sus volúmenes geométricos, instalaciones visibles y espacios determinados por el uso planteaban una ruptura radical frente a la vivienda tradicional.
La arquitectura, en aquella etapa, debía ser eficiente, económica y reproducible. O’Gorman trasladó esos principios a uno de sus proyectos de mayor alcance social: las escuelas públicas que diseñó durante la década de 1930 desde la Secretaría de Educación Pública. Estandarizar los procesos constructivos y reducir los costos permitía levantar más aulas con los mismos recursos. La modernidad adquiría entonces una dimensión concreta: crear espacios dignos para enseñar y aprender.

Las casas-estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo, construidas entre 1931 y 1932, condensaron esa primera convicción. Dos edificios independientes, unidos por un puente, alojaban vidas y prácticas artísticas relacionadas sin borrar sus diferencias. Los ventanales amplios, las cubiertas dentadas, las escaleras exteriores y la estructura expuesta convirtieron el conjunto en una declaración sobre otras maneras de trabajar, amar y habitar.
Con los años, O’Gorman comenzó a desconfiar de la uniformidad del funcionalismo. Una arquitectura concebida para repetirse en cualquier territorio podía ignorar aquello que volvía irrepetible a un sitio: su clima, su memoria, su geología y sus formas de vida. Bajo la influencia de Frank Lloyd Wright, el arquitecto dirigió su mirada hacia una relación más estrecha entre construcción y naturaleza.

Esa transformación alcanzó su expresión más personal en la casa-cueva que construyó en el Pedregal de San Ángel durante la década de 1940. El edificio se incorporaba a una cavidad formada por la lava, mientras sus superficies se cubrían con piedras, mosaicos y figuras relacionadas con el imaginario prehispánico. La casa parecía surgir del suelo, como si habitar implicara internarse en la historia mineral del territorio. Su posterior demolición convirtió la obra en una de las grandes pérdidas de la arquitectura mexicana del siglo XX.
La misma voluntad de reunir espacio, relato e identidad aparece a escala monumental en la Biblioteca Central de la UNAM. O’Gorman recubrió sus fachadas con piedras de colores procedentes de distintas regiones del país y organizó una narración visual sobre el pasado prehispánico, la época colonial, el México moderno y la universidad. Con alrededor de cuatro mil metros cuadrados de mosaico, el edificio se convirtió en una imagen reconocible de Ciudad Universitaria y en una de las obras centrales del muralismo integrado a la arquitectura.

En O’Gorman, los muros podían enseñar, discutir y conservar memoria. Su trabajo como muralista prolongó el compromiso educativo de sus escuelas: el arte debía establecer una comunicación directa con la sociedad. La historia mexicana aparece en sus composiciones como un territorio de conflicto, conocimiento y disputa ideológica.
Su trayectoria rehúye la comodidad de una sola definición. Fue pionero de la arquitectura funcionalista y uno de sus críticos; diseñó edificios económicos para la educación pública y construyó una casa fantástica dentro de la lava; trabajó con la precisión del ingeniero y con la densidad simbólica del muralista. Cada contradicción revela una búsqueda sostenida por la misma exigencia ética.
Juan O’Gorman murió en 1982. Su legado permanece en los edificios, murales y fragmentos de una ciudad que continúa debatiéndose entre la eficiencia y la memoria. Volver a su obra permite recordar que toda arquitectura expresa una posición frente al mundo: decide qué historias protege, qué necesidades atiende y qué relación establece con la tierra que ocupa.