
Javier Fernández de Angulo
Fotografía por Richi Esquivel
Ilustración por Nico The Dog
Juan Villoro se mueve como una estrella discreta por los pasillos de Seix Barral, su casa editorial, decorados para la ocasión con varios balones de fútbol. También hay periódicos sobre una mesa, y Villoro, siempre apegado a la actualidad (y la realidad) no puede evitar comentar las portadas. Habla de que Irán, recientemente bombardeada, tendrá que disputar sus partidos de la inminente Copa del Mundo en suelo estadounidense, y de cómo los latinos, que durante décadas han sustentado la pasión futbolística en Estados Unidos, han sido perseguidos en las calles en los últimos tiempos.
Porque Villoro —dramaturgo, novelista y ensayista— es, sobre todas las cosas, futbolero. Así lo demuestran sus numerosas publicaciones sobre el tema —Los once de la tribu (1995), Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014), entre otros títulos—, obras a las que ahora se suma Los héroes numerados, recientemente publicada. En ella, el mexicano compara a las grandes figuras de la historia del fútbol con los clásicos de la literatura.
“La frase de Quevedo «lo fugitivo permanece y dura» es una definición de la pelota”, dice Villoro a T México, expectante ante la llegada al país, por tercera vez, de un Mundial que se disputará en pleno conflicto. “El mundo está roto, y el Mundial se va a celebrar en condiciones inapropiadas. En las guerras clásicas había una tregua sagrada que acompañaba a los Juegos Olímpicos, todos los conflictos se suprimían, pero los griegos eran más sabios que nosotros”, reflexiona el escritor.
Nacido en la Ciudad de México en 1956, el acercamiento de Villoro al fútbol se produjo, como casi siempre ocurre, en la infancia. Fue su padre, el filósofo Luis Villoro, uno de los intelectuales mexicanos más influyentes de su generación, quien ejerció de guía en ese camino hacia la pelota. Recuerda el escritor que fue él quien le regaló un llavero y que a partir de ahí, sin saber muy bien por qué motivo, se hizo del Barça a pesar de la dificultad que había entonces para poder ver sus partidos por televisión.
“En aquella época no existía la televisión satelital. Sabía que había por ahí un equipo que de alguna manera nos pertenecía, pero no lo había visto nunca”, recuerda Villoro sobre aquel “equipo fantasmagórico”, como él mismo define, al que su padre, como buen exiliado, animaba más de lo que lo hacían los que sí lo podían ver en directo. Comenzó entonces una relación entre padre e hijo que, durante esos años y como consecuencia de un temprano divorcio de sus progenitores, acabaría desarrollándose en las gradas.

“El lugar donde más vi a mi padre fue en un estadio de fútbol. Eso me acercó anímicamente al juego y explica mi emoción por ver los partidos”, dice.
Desde entonces, Villoro se ha convertido en el gran pensador del fútbol mexicano. Si en Argentina existió Dante Panzeri, en España Manuel Vázquez Montalbán o en Italia Gianni Brera, en México, la responsabilidad de pensar el fútbol recae desde varias décadas en las espaldas de Villoro, en su capacidad para unir el deporte más popular del planeta con conceptos más trascendentales como la religión, la espiritualidad, la política e incluso la literatura.
Le preguntamos, pues, por su once inicial de la historia de las letras. “De portero pondría a Ramón Gómez de la Serna por su agilidad. En defensa jugaría con dos robustos defensores rusos, León Tolstói y Fiódor Dostoyevski. En los laterales utilizaría dos carrileros ágiles: Italo Calvino en la derecha, quien siempre pensó que la levedad era una virtud de la literatura, y en la izquierda me aprovecharía de la inventiva para la ofensiva de Julio Cortázar. Como recuperador de balones pondría a Balzac y junto a él un número 8 más táctico y refinado con vocación excéntrica; esto es, Vladimir Nabokov”, relata Villoro.
“Claro que nos hace falta un rematador, autor de textos breves y contundentes como Franz Kafka. El diez, el encargado de articular la magia, sería Jorge Luis Borges. Los extremos serían Gabriel García Márquez y su realismo mágico y Juan Rulfo”, agrega.
¿Y Marcel Proust?, preguntamos. “Sería el cronista que buscara el tiempo perdido en el partido”, dice Villoro, quien ha incorporado el fútbol a su prosa de la misma manera que Cortázar introdujo el jazz o Haruki Murakami los maratones.
Para el escritor, el fútbol, transversal, horizontal y popular a partes iguales, tiene, sin embargo, ciertas cuentas pendientes con la sociedad. El grito homofóbico, habitual en algunos partidos disputados en suelo mexicano, es uno de esos ejemplos. Para Villoro, la responsabilidad es compartida. Por un lado, las autoridades, señala, no se han preocupado de educar al aficionado; por otro, los futbolistas, protagonistas del espectáculo, no se han involucrado como deberían.
Pero valora ciertos gestos que siguen viéndose en las canchas. Recuerda una jugada en la que Telmo Zarra, estrella española de la década de los años cuarenta y cincuenta, prefirió ayudar a un compañero rival antes que anotar un gol.
“Hay jugadores que entienden éticamente el fútbol, pero son excepciones. Muchos de los problemas del fútbol se podrían combatir mejor si los jugadores tuvieran conciencia social, pero desgraciadamente prefieren evadir impuestos y ganar más dinero que tener una conciencia clara”, reflexiona el escritor, tan atraído por la vertiente social del deporte, como por su conexión con la superstición y la cábala.
Villoro está convencido de que el fútbol funciona como un sistema de creencias y coincide con Vázquez Montalbán en la idea de que el fútbol es una religión en busca de un dios.
“Los jugadores son religiosos y tienen cábalas, mantienen amuletos, me interesa mucho la parte mental del fútbol”, dice Villoro sobre un deporte en el que, a lo largo de los tiempos, se ha recurrido “al vudú, a la santería y a diferentes formas de magia” en busca del resultado ideal.
Esa lógica simbólica, explica, no es ajena a su propio oficio:
“Las supersticiones sirven para tener confianza, yo como escritor las utilizo mucho. Escribí una novela que se titula El testigo sobre el poeta Ramón López Velarde, quien vivió 33 años. Me dije: si la novela tiene 33 capítulos, serán los 33 años del poeta y se convirtió en un número mágico”.
La numerología es también el hilo conductor de Los héroes numerados, su última publicación. En ella, Villoro habla de cifras como un profesor de matemáticas mientras repasa algunos lugares comunes relacionados con diferentes guarismos: el jugador número 12 como metáfora del público que acude al estadio a animar a su club o selección, el 14 que utilizó Johan Cruyff en un momento en el que los futbolistas jugaban vestidos del 1 al 11, el 7 que eligió Cristiano Ronaldo en el Real Madrid.
Pero también habla Villoro de los casos de sobornos más recordados, de la influencia de la mujer en el fútbol del siglo XXI o del papel que representa la tecnología en el presente del deporte, contaminaciones deportivas que, por el contrario, no le impedirán acudir al estadio Azteca para ver en directo todos los partidos que acogerá el coloso de Coapa, el único estadio de la historia con tres mundiales en su currículum.
“UN PARTIDO QUE VALE LA PENA GENERA ANTICUERPOS CONTRA LA REALIDAD. EL MUNDO QUE RODEA AL ESTADIO, QUE ESTÁ MAL HECHO, PASA A UN SEGUNDO PLANO”.
“Un partido que vale la pena genera anticuerpos contra la realidad. El mundo que rodea al estadio, que está mal hecho, pasa a un segundo plano. Ves entonces la belleza del juego, los lances de los futbolistas… Ellos mismos vuelven a ser los niños que decidieron dedicar su vida a patear o detener un balón con calidad. Esa magia no deja de suceder”, relata.
Sin embargo, el escritor ha detectado un hartazgo entre los aficionados como consecuencia de la manipulación y comercialización del fútbol; a saber, el precio de los boletos, la colonización de las camisetas por las casas de apuestas o las faltas de respeto desde los principales clubes de la liga a los equipos de formación, que han limitado la aparición de jóvenes jugadores.
Este descontento, dice el escritor, podría generar “una catarsis”. En el partido inaugural de la Copa del Mundo de 1986, recuerda, hubo una rechifla contra el presidente Miguel de la Madrid por su mala gestión durante el terremoto de 1985.
“Ese día, los congregados en el estadio convirtieron la inauguración en el partido del temblor. El estadio Azteca es tan importante como un referéndum”, dice el escritor sobre un Mundial que, asegura, le genera nostalgia.
“En el campo hay que saber que las soluciones están en el césped y los problemas están en los palcos de los directivos. Desgraciadamente, la FIFA ha privilegiado los intereses económicos por encima de cualquier otra cosa”, señala sobre un problema que considera global, con ejemplos como la ruidosa entrada de Arabia Saudí en la industria futbolística, la proliferación de palcos VIP en los estadios o la demolición de recintos históricos como San Siro, en Milán, para adaptarse a las nuevas necesidades comerciales del deporte más popular del planeta.
Aficionado del Necaxa además del Barcelona, Villoro se reconoce como un aficionado adaptado a la derrota. La selección mexicana —“somos el país que más veces ha participado en un Mundial, pero con peores resultados”, señala— tampoco ha sido un antídoto frente al fracaso, algo que, ni mucho menos, parece un problema para él.
“Sigo sin cambiar de equipo. Sería como querer cambiar de infancia y eso me parece inaceptable”, sostiene.