
Carlos Alonso
En las dos primeras décadas del siglo XXI, si exceptuamos las abundantes propuestas de Rolex y Omega, la palabra cronómetro prácticamente desapareció del vocabulario de moda en el sector de la relojería. La industria estaba ocupada en diseños audaces, materiales de alta tecnología, esqueletos imposibles y campañas con pilotos de Fórmula 1, y la precisión —esa obsesión con que el reloj dé la hora exacta— parecía un asunto anticuado, resuelto y archivado.
Pero era solo un espejismo. Entre 2021 y 2025, las principales casas de subastas del mundo (Phillips, Christie’s y Sotheby’s) han visto como los relojes más cotizados han sido los cronómetros. Dos ejemplos: en 2024, tres relojes de Rexhep Rexhepi alcanzaron 4.3 millones de dólares en un solo fin de semana, mientras que en 2025, el FP Journe Chronomètre à Résonance Sincere Fine Watches fue subastado en Phillips por 3.6 millones de dólares. La precisión ha regresado y lo ha hecho con la determinación de quien nunca debió irse.
Un reto histórico
Para comprender la actualidad, hay que retroceder tres siglos atrás. La cronometría —el arte de medir el tiempo con exactitud— no nació en un atelier suizo, sino en el mar. Durante siglos, determinar la longitud geográfica en alta mar era imposible sin un instrumento capaz de mantener la hora exacta a bordo de un barco en movimiento. Los marinos morían por esa imprecisión. En 1714, el Parlamento Británico ofreció el Premio de Longitud —20,000 libras esterlinas— al inventor que resolviera el problema. John Harrison lo ganó con su H4, un cronómetro marino de bolsillo que en 1761 completó un viaje a Jamaica desviándose apenas cinco segundos.

Desde entonces, la precisión cronométrica se convirtió en el criterio último de los grandes relojeros. En 1801, Abraham-Louis Breguet, el gran maestro de los siglos XVIII y XIX, inventó el tourbillon para combatir los efectos de la gravedad sobre el escape, mejorando así la isocronía y la exactitud del reloj. Los observatorios astronómicos de Ginebra y Neuchâtel (Suiza) y Besançon (Francia) establecieron concursos de cronometría en los que las casas relojeras no competían por el aspecto de sus piezas, sino por su desempeño medido en segundos de desviación por día. El reloj era, ante todo, un instrumento de medición. El lujo era una consecuencia, no el fin.
El siglo XX cambió esa jerarquía. La crisis del cuarzo en los años setenta redefinió la precisión como un asunto electrónico. Un quartz barato de 10 dólares ganaba a cualquier mecánica suiza en exactitud bruta. Si el reloj mecánico iba a sobrevivir, necesitaba encontrar otra razón de ser. Y la industria respondió, brillantemente, desplazando el valor hacia la complicación, el diseño, el patrimonio cultural y la historia. La precisión se daba por sentada. Nadie compraba un Patek Philippe para saber la hora exacta.
George Daniels y el hilo que nunca se rompió
Pero hubo quienes nunca abandonaron esa obsesión original. El primero y más importante fue George Daniels, un relojero británico que trabajaba en la isla de Man como si el cuarzo jamás hubiera existido. En 1980 patentó el escape Co-Axial, un mecanismo que eliminaba casi por completo la fricción de deslizamiento presente en el escape de paletas convencional, el mismo que toda la industria suiza utilizaba y sigue utilizando. El escape suizo funcionaba, pero Daniels demostró que podía funcionar mejor, con menos lubricación y con mayor estabilidad de marcha en el tiempo. La industria lo ignoró durante dos décadas. Fue Omega la marca que en 1999 finalmente lo adoptó.

Además del Co-Axial en serie, Daniels también dejó como legado a Roger W. Smith, su único aprendiz, quien ha limitado la producción de su taller en la isla de Man a no más de 15 relojes por año, cada uno construido completamente a mano según el método de Daniels. Los tiempos de espera para un Roger Smith se miden en años. El precio de reventa, en múltiplos. Los coleccionistas compran una hipótesis física probada.
La precisión como firma
François-Paul Journe aprendió de Daniels a través de sus libros, y sobre esa base construyó uno de los cuerpos de obra más coherentes de la relojería contemporánea. El sello Invenit et Fecit (inventado y fabricado, en latín) que aparece en sus movimientos es una declaración técnica. Sus dos grandes obsesiones son el remontoir d’égalité, un mecanismo de fuerza constante que aísla el escape de las variaciones de tensión del muelle real; y el chronomètre à résonance, donde dos balances colocados en proximidad se sincronizan por resonancia física, corrigiéndose mutuamente en tiempo real. Ambas soluciones atacan el mismo problema que obsesionaba a Harrison: cómo entregar energía uniforme al corazón del reloj.
El Chronomètre Bleu, uno de sus modelos más reconocibles, tiene un precio de fábrica de unos 37,000 dólares, pero alcanza el doble en el mercado secundario. El Tourbillon Souverain à Remontoire d’Egalité de 1993, el segundo reloj que Journe fabricó en su vida, alcanzó en noviembre de 2024 la cifra de 10,5 millones de dólares en Phillips Ginebra, convirtiéndose en el reloj más caro jamás vendido hasta la fecha por un relojero independiente.
Kari Voutilainen llegó a la relojería desde la restauración. El finlandés pasó años desmontando cronómetros de observatorio del siglo XIX en el taller de Michel Parmigiani, aprendiendo las técnicas que ya nadie enseñaba en las escuelas. Sus relojes tienen un sentido casi arqueológico del acabado, con guilloché a mano, esmaltes grand feu y un escape propio de doble rueda con resorte Breguet y curva interna Grossmann. El mercado lo recompensa con listas de espera de varios años y con piezas que en subasta superan sistemáticamente sus estimaciones.
Philippe Dufour representa quizás el caso más extremo de esta filosofía. Sus relojes Simplicity y Duality no son complicados en el sentido habitual. Simplicity muestra horas, minutos y segundos, pero el acabado de movimiento es de una categoría que ninguna manufactura industrial puede replicar, con piezas terminadas a mano y niveles de achaflanados y pulidos que requieren semanas de trabajo para un solo componente. Aunque Dufour no necesita especificar que sus creaciones son cronómetros, el Duality, cuenta con dos órganos reguladores conectados por un diferencial para mejorar la precisión. En diciembre de 2025, el Simplicity N° 1 alcanzó en Nueva York un precio de 1.1 millones de dólares.

Rexhepi y la prueba del mercado
Si hay un nombre que resume lo que está ocurriendo ahora mismo en el segmento, ese es Rexhep Rexhepi. Nacido en Kosovo, refugiado en Suiza de adolescente, aprendiz en Patek Philippe con 14 años y luego relojero en el atelier de FP Journe, Rexhepi fundó Akrivia (precisión, en griego) en Ginebra en 2012. En 2018 presentó el Chronomètre Contemporain, un reloj de tiempo exclusivo con dial de esmalte grand feu negro, balancín de inercia variable de 10,5 mm y la posibilidad de certificación cronométrica por el Observatorio de Besançon. ¿Precio de retail? Algo menos de 70,000 dólares. ¿Precio en subasta en 2024? 1,27 millones de dólares.
También Bernhard Lederer, un veterano relojero al que los puristas han descubierto tarde, centra su obsesión en la precisión alta relojería. Su CIC 39, el primer desarrollo con un Dual Detent Escapement completamente funcional, recoge el testigo de los avances en cronometría de Breguet y Daniels. Otra pieza que solo ofrece las funciones básicas y que alcanza un precio de salida que roza los 200,000 dólares.
La paradoja filosófica
En la relojería de autor, la precisión es una postura filosófica. El relojero no acepta la física tal como viene. Cada fuente de imprecisión —la fricción del escape, las variaciones de torque, los efectos de la gravedad, el magnetismo ambiental— es un problema a resolver, y el mercado lo sabe. En una década dominada por el hype de los sports watches y las listas de espera fabricadas, los coleccionistas más sofisticados han girado hacia los fabricantes independientes, aquellos que trabajan sin red, sin grupo corporativo y sin departamento de marketing. Y entre todos los atributos posibles, el que más se pondera es el fundamento técnico que Harrison se ganó a pulso hace más de 250 años. Al final, todo lo que no es cronómetro es decoración.