
Laura Regensdorf
Fotografía por Rosie Harriet Ellis
Con orígenes en la Edad Media, en sus comienzos la industria del calzado en Northampton, Inglaterra, a unos 100 kilómetros al noroeste de Londres, debió buena parte de su éxito a la geografía de la región. Las tierras fértiles garantizaban la alimentación del ganado, mientras que el río Nene y los bosques de robles de los alrededores proporcionaban el agua y los taninos necesarios para la producción de cuero. En 1401, los zapateros locales formaron un gremio para controlar la calidad y regular el comercio. Ya para la Primera Guerra Mundial, se dice que la región era responsable de dos tercios de las botas que calzaban las fuerzas aliadas. Tras la Revolución Industrial, comenzaron a aparecer calles bautizadas en honor a San Crispín, patrono de los zapateros y los trabajadores del cuero, tanto allí como en pueblos cercanos. Según la tradición, en el siglo III los hermanos gemelos Crispín y Crispiniano huyeron de la persecución romana y se establecieron en lo que hoy es Francia, donde predicaban el cristianismo y hacían zapatos para ganarse la vida. Cada 25 de octubre, los zapateros locales siguen celebrando el Día de San Crispín.
Desde 1996, la firma británica John Lobb, que desde la década de 1970 fue adquirida parcialmente por Hermès y tiene un atelier en París, conmemora cada año esta festividad con la presentación de un nuevo zapato. El modelo más reciente es una versión reinterpretada de su mocasín Lopez, bautizado en honor al aristócrata chileno Arturo Lopez-Willshaw, quien en 1950 encargó el primer par.
Bautizado Lopez 75, este nuevo diseño pone de relieve la artesanía del Viejo Mundo que distingue al taller de la casa en Northampton. En una auténtica proeza técnica, todo el cuerpo del zapato está elaborado a partir de una sola pieza de cuero en espiral. Este método, desarrollado originalmente para John Lobb por un maestro patronista en 2001 y utilizado solo en contadas ocasiones desde entonces, exige una piel impecable y no admite margen de error. La parte frontal curva y la costura interior se cosen a mano con una pulcra hilera de 75 puntadas rematada con un diminuto número romano LXXV, una tarea reservada a uno de los seis artesanos capacitados especialmente para ello.
El tacón presenta una elevación sutil y gran parte de la suela está revestida en cuero azul marino; pero estos detalles más formales se contrarrestan con una ranura para moneda sobre el empeine. La firma producirá una edición de 500 pares en tres colores: negro, gris azulado y el café oscuro marmoleado que aparece en la imagen.