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Redacción T Magazine México

En México, el barro permanece ligado a una idea profundamente corporal del tiempo. La huella de las manos, el calor, la fricción, la paciencia del secado y el horno atraviesan siglos enteros sin perder actualidad. Hay materiales que conservan una relación inmediata con la vida cotidiana y la cerámica pertenece a ese grupo. Se toca, se usa, se rompe, se hereda. Su presencia acompaña rituales domésticos, economías locales, celebraciones religiosas y también ciertas búsquedas artísticas contemporáneas que encuentran en la materia una posibilidad crítica frente a la velocidad industrial.

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Desde esa amplitud surge Barro y cerámica en México. Poéticas de lo utilitario, la nueva exposición presentada por Palacio de Iturbide, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. La muestra reúne alrededor de 670 piezas provenientes de distintas épocas, talleres y estudios, construyendo un recorrido que abarca más de tres mil años de historia cerámica en el país.

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La curaduría de Ana Elena Mallet y Juan Rafael Coronel Rivera evita una lectura fija o meramente cronológica. La exposición se organiza en 24 núcleos temáticos que permiten observar cómo la cerámica atraviesa dimensiones aparentemente separadas: arte, artesanía, diseño, industria y producción cotidiana. El barro aparece aquí como una estructura cultural compleja donde convergen conocimiento técnico, memoria colectiva y transformación histórica.

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Uno de los aspectos más interesantes del recorrido se concentra en los cruces culturales que redefinieron la producción cerámica en México durante el periodo virreinal. Particularmente significativa resulta la revisión de la Nao de China y la circulación de porcelanas orientales hacia la Nueva España. La llegada de esos objetos modificó gustos, sistemas decorativos y formas de producción locales, detonando nuevas búsquedas en talleres novohispanos donde comenzaron a mezclarse imaginarios asiáticos, técnicas europeas y tradiciones indígenas.

La exposición también recorre la consolidación de la cerámica como actividad económica e intelectual durante los siglos XIX y XX. El desarrollo industrial, la incorporación de técnicas de alta temperatura, el crecimiento de talleres especializados y el diálogo con el diseño moderno permitieron ampliar las posibilidades formales de la materia y su circulación internacional. El barro deja de pertenecer exclusivamente al ámbito doméstico y comienza a ocupar espacios museísticos, arquitectónicos y experimentales.

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En sus secciones finales, la muestra evidencia cómo la cerámica contemporánea se ha convertido en uno de los lenguajes más fértiles dentro del arte actual. Las piezas reunidas trabajan desde la fragmentación, el cuerpo, la memoria material y la tensión entre funcionalidad y contemplación. La materia adquiere autonomía conceptual sin abandonar su vínculo con el uso cotidiano. Esa convivencia sostiene buena parte de la fuerza de la exposición.

Hay algo especialmente pertinente en revisar hoy la historia del barro en México. Frente a una cultura visual saturada de inmediatez digital, la cerámica conserva una dimensión física que exige tiempo, contacto y error. Cada pieza guarda rastros visibles del proceso. Ninguna superficie logra ocultar completamente el trabajo humano que la produjo. Barro y cerámica en México. Poéticas de lo utilitario entiende esa permanencia y construye desde ahí una lectura amplia sobre los objetos que han acompañado la formación cultural del país durante siglos.


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