
Carolina Chávez
Antes de convertirse en industria, un zapato pasa por las manos. Alguien corta la piel, alguien construye la horma, cose, monta, pule y termina una pieza destinada, finalmente, a tocar el suelo. En León, Guanajuato, esa sucesión de saberes terminó por definir buena parte de la identidad productiva de una ciudad.
Este 2026, la industria organizada del calzado mexicano cumple cien años y la edición 95 de SAPICA funciona como uno de los escenarios de esa conmemoración. La dimensión actual del sector puede leerse en las cifras de la feria: más de 380 expositores, más de 2,000 marcas y 2,200 empresas compradoras nacionales e internacionales reunidas en León.

Sin embargo, el centenario resulta especialmente interesante cuando las cifras se ponen frente a una historia material. Durante generaciones, la especialización alrededor de la piel y el calzado articuló talleres, fábricas, proveedores y familias enteras en Guanajuato. Esa concentración de conocimiento convirtió al oficio en industria y a la industria en una forma de identidad territorial.


El presente plantea preguntas distintas, la fabricación mexicana participa en un mercado atravesado por importaciones, nuevas tecnologías, transformaciones del consumo y la necesidad de encontrar mercados fuera del país. De acuerdo con los datos presentados por CICEG, durante 2025 se acompañó a más de 150 fabricantes y se generaron 35 proyectos de exportación hacia Estados Unidos, Canadá y Centroamérica; en 2026, las exportaciones definitivas reportadas crecieron 11 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior.

Ahí aparece quizá la conversación más pertinente del aniversario: cómo conservar un conocimiento construido durante un siglo y, al mismo tiempo, permitir que evolucione. La programación de esta edición incorporó discusiones sobre inteligencia artificial, creatividad, tendencias de consumo, comercio minorista y diseño, señal de una industria que comienza a pensar su futuro desde lenguajes que hace unas décadas parecían ajenos al taller.

Cumplir cien años adquiere entonces otra dimensión. León guarda una historia mexicana hecha de piel, herramientas, máquinas y manos especializadas; una memoria industrial que sigue caminando y que ahora enfrenta el desafío de decidir qué parte de ese conocimiento debe preservarse, cuál necesita transformarse y cómo puede seguir encontrando un lugar propio en el mundo.