Durante décadas, la hospitalidad de alta gama entendió el lujo como una acumulación de objetos, exclusividad y servicios. Hoy, algunos proyectos parecen proponer otra posibilidad: convertir el paisaje en una experiencia que exige presencia. En la costa oaxaqueña, el atardecer deja de ser un telón de fondo para convertirse en el acontecimiento central.