Foto: Wiki Arquitectura Images

Eleonor Cioffi

En Brasilia, los edificios públicos fueron pensados también como imágenes de una nación que buscaba proyectarse hacia el futuro. Dentro de ese proyecto moderno, el Palacio Itamaraty ocupa un lugar particular: Oscar Niemeyer lo concibió como sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y como espacio para recibir al mundo desde una idea específicamente brasileña de arquitectura y cultura. Inaugurado en 1970, el edificio fue construido únicamente con materiales nacionales.

Desde el exterior, una sucesión de grandes arcos de concreto rodea un volumen de vidrio que parece mucho más ligero de lo que su estructura permitiría imaginar. El agua que acompaña al edificio y el paisajismo de Roberto Burle Marx terminan de alterar la percepción de esa monumentalidad: el concreto convive con vegetación, reflejos y transparencias.

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Adentro, esa idea de Brasil continúa. El palacio reúne exclusivamente obras de artistas brasileños o naturalizados brasileños, entre ellos Athos Bulcão, Alfredo Volpi, Maria Martins, Bruno Giorgi, Tomie Ohtake y Frans Krajcberg. Una de sus piezas centrales es Ponto de Encontro, de Mary Vieira, construida con más de 200 láminas móviles de aluminio; cerca aparecen un relieve de Bulcão y los jardines acuáticos de Burle Marx.

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Esa convivencia permite entender al Itamaraty como algo cercano a una obra colectiva: arquitectura, arte, mobiliario y paisaje participan de una misma narrativa cultural. Incluso su acervo conserva piezas históricas junto al arte moderno, estableciendo un diálogo entre distintos momentos de Brasil.

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Más de medio siglo después de su inauguración, el palacio conserva una pregunta especialmente vigente: cómo puede un país representarse ante el mundo a través de aquello que decide construir, conservar y mostrar.


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