Getty Images

Carolina Chávez

Me cuesta pensar en la muerte de Yayoi Kusama porque pocas artistas trabajaron con tanta insistencia alrededor de una idea contraria a ella: el infinito.

Kusama murió a los 97 años, después de haber pasado prácticamente toda una vida haciendo arte. Pintó hasta sus últimos días. Y acaso ahí comienza la dimensión verdadera de su legado; en una mujer que convirtió la creación en una manera radical de permanecer.

Sothebys

Mucho antes de que sus Infinity Mirror Rooms se convirtieran en fenómenos multitudinarios, antes de las filas interminables frente a los museos y de que sus puntos fueran reconocibles en cualquier parte del mundo, Kusama ya había construido un lenguaje propio. En el Nueva York de finales de los cincuenta y los sesenta hizo de la repetición, la acumulación y la desaparición del “yo” una investigación artística profundamente personal. Sus Infinity Nets, sus esculturas blandas, sus performances y sus habitaciones de espejos comenzaron entonces a formular una pregunta que atravesaría toda su obra: dónde termina el cuerpo y dónde comienza el universo.

The Dutch years

Quizá por eso reducirla a los lunares sería quedarse únicamente con la superficie de una obra mucho más compleja. Los puntos fueron su vocabulario, pero detrás de ellos estaban la obsesión, el miedo, el deseo, la repetición, la sexualidad, la enfermedad, la desaparición y una búsqueda casi espiritual de eternidad. Kusama tomó aquello que podía atormentarla y lo convirtió en método. Después, convirtió ese método en belleza.

Castellane Gallery, New York, 1964.

Su genio estuvo también en adelantarse a su tiempo. Fue mujer, japonesa, inmigrante y artista de vanguardia en un mundo que durante décadas concedió con mayor facilidad la categoría de genio a los hombres occidentales que trabajaban a su alrededor. El reconocimiento masivo llegó mucho después. Kusama, mientras tanto, siguió trabajando.

Esa perseverancia vuelve especialmente conmovedora su muerte. Porque Kusama alcanzó algo todavía más difícil que la celebridad: vigencia. Las generaciones cambiaron y su obra siguió encontrando espectadores. El siglo cambió y sus habitaciones infinitas parecieron incluso más contemporáneas. En una época obsesionada con nuestra propia imagen, ella nos colocó frente a espejos que la multiplicaban hasta volverla insignificante.

Todd Eberle

Hoy pienso que esa es una de las imágenes más hermosas que nos deja.

Entramos en una habitación de Kusama buscando nuestro reflejo y terminamos contemplándonos como una partícula diminuta dentro de algo inmenso.

Yayoi Kusama pasó su vida multiplicando puntos hasta borrar sus límites. Ahora que ha muerto, queda una paradoja extraordinaria: la mujer que quiso desaparecer dentro del infinito consiguió hacerse inolvidable.


TE RECOMENDAMOS