Foto: Cortesía de la entrevistada.

Carolina Chávez

Desde hace más de cinco décadas, Gioconda, ha construido una literatura donde el cuerpo femenino, la sensualidad, la política, la maternidad, el deseo y la revolución conviven sin jerarquías, como si todos pertenecieran al mismo territorio. Su escritura nunca ha entendido que exista una frontera entre la intimidad y la historia.

La conversación ocurre sin solemnidad. Habla con la misma naturalidad con la que recuerda la primera vez que escribió un poema, el descubrimiento del feminismo, el exilio o la manera en que su esposo le demuestra amor cocinando. En supensamiento, las grandes ideas siempre terminan encontrando una expresión doméstica; las conversaciones sobre la democracia desembocan en los jardines, en una mesa puesta, en el cuidado cotidiano. Quizá por eso su literatura continúa interpelando a distintas generaciones de mujeres: porque nunca separa la belleza de la política ni la ternura de la fuerza.

Esta conversación recorre el origen de una escritora que encontró en las palabras una forma de emancipación, pero también la manera en que hoy entiende el cuerpo, el poder y la imaginación, en un momento histórico donde volver a nombrar esas experiencias parece, otra vez, urgente.

CC: Si piensas la escritura como un acto iniciático, ¿cuál fue el umbral que cruzaste por primera vez? ¿Qué te llevó a entrar ahí y decidir no salir nunca más?

GB: Fue absolutamente inesperado. Yo no empecé a escribir sino hasta los veinte o veintiún años, y coincidió con un momento muy importante de mi vida. Me había casado muy joven. Me casé a los dieciocho años, tuve una hija a los diecinueve y era profundamente infeliz en ese matrimonio.

Venía de una familia acomodada en Nicaragua, pero no me gustaba ni la situación del país ni mi propia situación. Tengo un poema donde digo que sentía que me estaba convirtiendo en un electrodoméstico. Así me sentía.

Entonces entré a trabajar a una agencia de publicidad y ahí conocí poetas, cuentistas, artistas. De pronto el arte empezó a tocarme por los lados. Un día estaba en mi casa y comenzaron a aparecer palabras en mi cabeza. Se iban formando frases y yo no sabía qué hacer con ellas.

Le pregunté a un poeta amigo: “¿Qué hago con esto?”. Me respondió algo muy sencillo: “Escribilas”.

Yo tenía una vieja máquina de escribir porque siempre me había gustado escribir cartas. Esa noche me senté frente a ella y escribí seis poemas, de un tirón.

Se los llevé y le gustaron muchísimo. A la semana me presentó con el director de La Prensa Literaria, el suplemento cultural más importante de Nicaragua, y me publicaron. Imaginate: apenas llevaba unos días escribiendo y ya tenía un poema publicado.

Aquello cambió completamente mi vida.

Esos poemas fueron recibidos como textos profundamente subversivos, aunque yo nunca me senté a escribir pensando en provocar. Eran una celebración de micuerpo, de mi condición de mujer. Y entonces comprendí el poder que tenía la escritura. Comprendí que podía transformar la realidad, incluso cuando una solamente estaba hablando de sí misma.

Además, me sentía llena de palabras. Llena de ideas. Ya no podía detenerme.

Hubo resistencia de mi familia y del marido que tenía entonces, pero ya era demasiado tarde. Como decimos nosotros, ya me había picado el mosquito de la creación. Descubrí que aquello que podía hacer era bueno y decidí seguir escribiendo.

Curiosamente, todo ocurrió al mismo tiempo. También fue la época en que empecé a involucrarme políticamente con el sandinismo. Mi vida dio un vuelco completo. Ese momento fue iniciático para la escritora, pero sobre todo para la persona que yo iba a convertirme.

CC: Resulta imposible separar ese despertar creativo del contexto histórico que estabas viviendo. Pero hay otra dimensión que me parece igualmente poderosa: tu escritura aparece desde muy temprano como una afirmación del cuerpo femenino, y esa sigue siendo una voz poco frecuente incluso hoy.

En tu obra el cuerpo aparece como un territorio de conocimiento. ¿Qué te enseñó tu cuerpo que la política o las ideologías nunca lograron nombrar?

GB: Mi cuerpo me enseñó que ser mujer era un privilegio.

Siempre lo sentí así.

Mi madre tuvo muchísimo que ver con eso porque me transmitió la idea de que ser mujer era algo extraordinario, cuando en aquella época la mayoría pensaba exactamente lo contrario: que era una desventaja, una colección de obstáculos.

Yo nunca lo viví así.

Sentía que tenía un cuerpo capaz de dar vida, de sentir profundamente, y eso me parecía maravilloso.

Creo que mi primer canto al cuerpo tiene algo de Walt Whitman, esa celebración absoluta del ser. Pero también tenía mucho que ver con Nicaragua: los volcanes, los lagos, el calor, una naturaleza exuberante que invita a la sensualidad.

Sin embargo, muy pronto descubrí otra cosa.

Descubrí que mi cuerpo también era un cuerpo en disputa.

Cuando mi poesía comenzó a circular y la gente reaccionó escandalizada porque una mujer hablaba de su sensualidad y de su deseo, comprendí que aquello que para mí era natural resultaba profundamente incómodo para los demás.

Y esa incomodidad también me hizo escritora.

Comprendí que mi cuerpo me estaba pidiendo salir al mundo, contar lo que sentía y hacerlo sin vergüenza. Nunca desde la posición de la víctima, sino desde la conciencia de que el cuerpo femenino es una de las expresiones más extraordinarias de la creación.

Es un cuerpo capaz de percibir, de crear vida, de amar y de transformar el mundo.

Foto: Cortesía de la entrevistada.

CC: Has escrito desde dentro de la historia, pero también desde sus heridas. ¿Qué parte de tu experiencia continúa todavía fuera del lenguaje?

GB: La verdad es que muy poco. Mi poesía siempre ha sido profundamente autobiográfica. Yo soy el primer filtro de todo lo que escribo porque creo que las personas aprendemos a través de la experiencia de otros.

Nunca me ha interesado hacer discursos abstractos.

La materialidad del cuerpo solamente podía contarla desde mi propio cuerpo.

Mi mente y mi cuerpo han sido los filtros de toda mi experiencia, y eso es lo que aparece tanto en mi poesía como en mi narrativa.

Después, cuando empecé a escribir novelas, sentí la necesidad de incorporar a otras mujeres. Mi poesía hablaba desde mí. La novela me permitió construir un nosotros.

Quería incorporar otras sensibilidades, otras historias, otras maneras de vivir el mundo, porque una mujer nunca escribe solamente sobre sí misma. Siempre escribe también sobre las mujeres que la precedieron, las que la acompañan y las que vendrán después.

CC: ¿Qué zonas de lo femenino siguen siendo incómodas, incluso dentro de los discursos emancipadores?

GB: Creo que una de ellas sigue siendo la relación con el cuerpo. Basta ver mi Instagram: todos los días me aparecen cremas, tratamientos, masajes, cirugías para borrar una arruga o parecer más joven. Es como si el valor de una mujer siguiera estando ligado, de manera casi absoluta, a su apariencia física.

Hubo un momento en que parecía que estábamos dejando atrás esa obsesión, pero yo siento que ha vuelto con mucha fuerza. También han regresado ideas profundamente conservadoras: esa nostalgia por devolver a las mujeres al lugar tradicional, como si nuestros avances fueran una amenaza y no una oportunidad para toda la sociedad.

Lo preocupante es que seguimos dependiendo de un concepto de belleza que alguien más construyó para nosotras.

A mí me gusta verme bonita. Me gusta arreglarme, pintarme, peinarme. No reniego de eso. Lo que rechazo es sentir que, porque tengo determinada edad, debería aspirar a parecer una muchacha de quince años. Quiero verme bella a mi edad, desde quien soy hoy, no desde una juventud inventada.

CC: También hay una especie de castigo cuando una mujer decide ejercer esa libertad. Pareciera que debemos elegir entre que validen nuestra inteligencia o permitirnos explorar nuestra feminidad. Basta ponerse un escote, dejarse el cabello largo o vestir el cuerpo de cierta manera para que inmediatamente aparezcan juicios sobre nuestra congruencia.

Si incluso mujeres con una trayectoria como la tuya siguen enfrentándose a eso, ¿qué podemos esperar las demás?

GB: Exactamente.

Tenemos que volver a decir ese discurso. Hubo un momento en que muchas mujeres sintieron que, para ser tomadas en serio, tenían que masculinizarse.

Después vino el castigo al escote, al maquillaje, al cabello largo.

No sabés la cantidad de mujeres que me dicen que ya estoy muy grande para llevar el pelo así.

Mi mamá me decía que a los treinta años una mujer ya no debía tener el cabello largo.

Imaginate.

Esos son los deberes que todavía cargamos encima. Y por eso creo que tenemos que volver a afirmar nuestra feminidad desde la libertad. Que cada mujer pueda decidir cómo quiere verse, cómo quiere habitar su cuerpo y cómo quiere envejecer.

Foto: Eric Dahan

CC: Vivimos en una época donde la velocidad parece erosionar cualquier posibilidad de profundidad. ¿Qué lugar ocupa hoy la lentitud en tu proceso creativo?

GB: Un lugar fundamental.

Yo peleo todos los días por no dejarme arrastrar por esa corriente de urgencia permanente.

Tengo un acuerdo conmigo misma: no pasar el día entero en redes sociales. Entro un rato por la noche porque también pueden ser divertidas, pero procuro proteger mi tiempo.

Necesito leer.

Necesito tener tiempo para bañarme, arreglarme, tomar café, leer periódicos, descubrir cosas nuevas.

Todas esas rutinas aparentemente pequeñas son una forma de bienestar.

Cuando me estoy bañando o arreglando el pelo también estoy pensando. Son momentos de soledad muy importantes para mí. Después de haber criado cuatro hijos, descubrir que nadie puede interrumpirte mientras te bañas también es un lujo.

Empiezo a escribir alrededor de las dos de la tarde. Nunca he sido una persona de mañanas; soy mujer de la noche. Pero antes de escribir necesito haber leído muchísimo.

Porque escribir una novela también es aprender.

Cuando escribo estoy construyendo un mundo. Si no estoy inventándolo, estoy entrando en mi memoria, en la memoria colectiva, en la historia de los demás.

Ese espacio de soledad es indispensable para que exista la escritura.

CC: El amor ha sido una de las preguntas centrales de tu obra. ¿Cómo lo nombras hoy sin repetir las formas heredadas que terminaron limitándolo? Gioconda, háblame del amor para ti

GB: Hoy solo concibo un amor libre, un amor cuya columna vertebral sea la libertad.

El amor que te obliga a convertirte en alguien distinto termina haciéndote daño, yo ya pasé por ahí.

No quiero volver a un amor que me exija dejar de ser quien soy para poder ser amada.

Ya me gané ese derecho.

El primero de todos los amores tiene que ser el amor hacia una misma.

Quien no se ama difícilmente puede amar a los demás.

Uno no puede dar aquello que no tiene.

Para amar hace falta tener un centro, una vida propia, cosas que decir, cosas que compartir.

Y eso solamente llega a través del autoconocimiento.

He tenido muchos amores.

No todos fueron felices.

He hecho terapia, he leído muchísimo sobre las mujeres y sobre mí misma. Tuve la fortuna de vivir mi juventud durante la gran explosión del feminismo de los años setenta. Leí a Susan Sontag, a Gertrude Stein, a Virginia Woolf.

Ellas me ayudaron a comprender por qué muchas veces las mujeres no nos sentimos tan libres como deberíamos.

Eso se lo recomendaría siempre a cualquier mujer joven: lean a otras mujeres. Ahí también nos encontramos a nosotras mismas.

Foto: Cortesía de la entrevistada.

CC: ¿Qué le dirías hoy a una mujer que siente el impulso de escribir, sin importar la edad en la que ese deseo aparezca?

GB: Que lo persiga.

No importa si tiene veinte, cincuenta o setenta años.

Si ese impulso apareció, ya es una maravilla.

Pero que no escriba pensando en publicar una gran novela.

Que escriba con humildad.

Con la curiosidad de descubrir hasta dónde puede llegar.

Y que lea.

No existe escritura sin lectura.

La imaginación necesita alimento.

Para mí la imaginación es el órgano más importante de un escritor. Y, en realidad, de cualquier ser humano.

Es la capacidad de inventar mundos, de imaginar otras vidas, otros destinos.

Así como ejercitamos el cuerpo, también debemos ejercitar la imaginación.

Y la mejor manera de hacerlo sigue siendo leer.

Leer grandes novelas.

Leer clásicos.

Y, sobre todo, si eres mujer, leer mujeres.

Hay una conversación inmensa esperándonos en esas páginas.

Antes de despedirnos, comparto con Gioconda Belli un texto que escribí: : Pienso, (pre)siento, cuestiono y escribo como mujer. En un cuerpo y un corazón de mamífera, en el que late la rabia prístina y salvaje de las fieras que acicalan con los colmillos a su manada.

Sí, Carolina, me responde: La ternura también es una fuerza brutal.

Pensamos en la ternura como algo suave, pero basta mirar a las lobas, a las tigresas o a cualquier madre en la naturaleza para entender que el cuidado también tiene colmillos.

Cuando nació mi primera hija, lo más intenso que sentí fue el instinto de protegerla.

Era algo profundamente animal.

Creo que las mujeres conservamos esa fuerza… Finaliza.

Al momento del cierre de esta nota, mi hija me lo recuerda desde el vientre, sí es posible crear un corpus literario, donde esa fiereza sea exaltada. Donde la fuerza esté al servicio del cuidado, nunca más de la destrucción.


TE RECOMENDAMOS