End of Days (2026), performance de Nile Harris y Dyer Rhoads realizada en el Museo Whitney de Nueva York el pasado 19 de marzo.

Kira Álvarez

El arte contemporáneo en Estados Unidos ha operado bajo la ilusión de una cartografía nacional estructurada, una delimitación que asume que las fronteras geopolíticas contienen la totalidad de la experiencia estética y política del país. Sin embargo, la llegada de la 82 edición de la Bienal del Whitney subvierte esta noción desde sus cimientos metodológicos. Al frente de este giro curatorial se encuentra Marcela Guerrero, quien redefine los parámetros de la representación cultural en el epicentro del circuito neoyorquino.

Al convertirse en la primera latina en cocurar la Bienal del Whitney, Guerrero ingresa en un territorio de tensiones acumuladas, donde las demandas históricas de inclusión se encuentran con la necesidad de desmontar las estructuras epistemológicas que han categorizado el arte producido desde los márgenes de la identidad norteamericana.

“Se siente exactamente como eso: un hito en la historia de esta exposición primordial. Estoy inmensamente orgullosa y profundamente agradecida con los artistas, curadores y trabajadores culturales latinos que pavimentaron el camino antes que yo y presionaron por una mayor representación dentro de las principales instituciones como el Whitney.” “Espero que mi papel no sea visto como un punto final, sino más bien como parte de un continuo más amplio que abra la puerta para muchos más curadores y trabajadores del arte latinos.”

Marcela Guerrero.

La trayectoria de la curadora, marcada por un tránsito fluido entre realidades culturales diversas —desde su formación doctoral en la Universidad de Wisconsin-Madison hasta su labor en el Centro de Arte Avanzado de Houston y su posterior paso por el Hammer Museum de Los Ángeles— impacta de manera directa en la arquitectura conceptual de la exposición. Este nomadismo profesional y personal se traduce en una sensibilidad que detecta las micro-narrativas de resistencia y producción estética que operan fuera de los circuitos comerciales hegemónicos.

Al deslocalizar la mirada, la Bienal descentraliza también la noción misma de lo contemporáneo, un gesto que proviene de una comprensión profunda de las complejidades territoriales. Como alguien nacida y criada en Puerto Rico, Guerrero siempre ha entendido su identidad como puertorriqueña primero y estadounidense después. “Fue importante al pensar en artistas cuyo trabajo refleja de manera similar la experiencia de vivir en lugares configurados actual o anteriormente por la influencia política, militar o económica estadounidense.”

Al mismo tiempo, sus vivencias en San Juan, el Medio Oeste, Texas y la Costa Oeste moldearon su mirada. Estas experiencias le permitieron conocer diferentes ecosistemas culturales y comprender cómo funcionan las redes artísticas fuera de los grandes centros del mercado del arte. “Me han dado una comprensión más amplia de los muchos ecosistemas artísticos diferentes que operan en Estados Unidos y más allá de sus instituciones tradicionales del mundo del arte.”

Estas geografías también la hicieron más consciente de las redes locales de apoyo que sostienen a artistas y comunidades culturales fuera de las grandes ciudades. Como curadora de un museo dedicado al arte estadounidense, considera esencial mirar más allá de los epicentros tradicionales para comprender la pluralidad de la producción artística. La renuncia a la rigidez no es un síntoma de indecisión teórica, sino una postura política frente a la tradición del comisariado institucional. La Bienal del Whitney se construyó a partir de una metodología basada en la escucha y el acompañamiento, diseñada junto a su cocurador, Drew Sawyer “Desde el principio, tomamos la decisión muy consciente de no comenzar con una idea o tema predeterminado.”

She Must Be a Matriarch (2023), de Anna Tsouhlarakis.

Aunque ambos habían trabajado anteriormente con exposiciones estructuradas alrededor de un marco conceptual estricto, entendieron que una Bienal requería otro tipo de aproximación. El proyecto debía crecer a partir del encuentro con los artistas y no desde una tesis preconcebida. “Queríamos comenzar con curiosidad, conocer a los artistas, escuchar y ver a dónde nos llevaban esas conversaciones.”

Ese proceso transformó la naturaleza misma de la exposición. En lugar de desarrollar una tesis fija, comenzaron a aparecer líneas de relación vinculadas con el parentesco, la infraestructura y la relacionalidad, dando forma a una propuesta mucho más abierta. “En lugar de organizar la exposición en torno a un solo argumento, la pensamos como una constelación de estados de ánimo y relaciones, algo que pudiera contener la contradicción y permanecer abierto.” Esta estructura fragmentaria responde a una lectura del presente donde las contradicciones, la incertidumbre y las emociones superpuestas resultan más representativas que cualquier relato único o definitivo.

El resultado fue un amplio proceso de investigación que llevó a Guerrero y a Sawyer a recorrer el mapa artístico contemporáneo mediante más de 300 visitas de estudio. Los talleres de los artistas se convirtieron en espacios de diálogo desde donde fue posible detectar inquietudes compartidas y nuevas formas de pensar el arte. “Las abordamos con apertura, casi como construyendo una dream list de artistas, y luego pasamos más de un año viajando, a veces haciendo hasta diez visitas en una semana.”

Fotograma de Sanhattan (2025), de Ignacio Gatica.

Lo que encontraron no fue una tendencia dominante, sino un interés común por explorar las conexiones entre personas, sistemas, infraestructuras y mundos no humanos. Esa diversidad terminó convirtiéndose en uno de los pilares de la Bienal. “Ese sentido de complejidad sentimos que era esencial reflejarlo en la exposición.”

Comparada con la edición anterior, esta Bienal apuesta por una experiencia sensorial mucho más intensa. El cuerpo del visitante deja de ser un observador pasivo para convertirse en un territorio donde vibran el sonido, el aroma, la memoria y la emoción. “Lo que es estridente no es necesariamente el volumen, sino la intensidad, una acumulación de sentimiento y un llamado a los sentidos.” Muchos artistas buscan traducir condiciones abstractas en experiencias físicas, haciendo convivir emociones como el humor, la ansiedad, la ternura y el malestar dentro de un mismo recorrido. “El volumen se trata realmente de la insistencia en que experimentes la obra física y emocionalmente, no solo intelectualmente.” La inclusión de comunidades históricamente marginadas ya no responde a categorías identitarias rígidas. Bajo la dirección de Guerrero, la Bienal evita reducir el arte latino a un marco sociológico y apuesta por reconocer la complejidad de cada práctica artística.

Vista de la instalación de la Bienal del Whitney de Nueva York.

“No abordamos a los artistas a través de categorías de identidad fijas ni intentamos enmarcar su trabajo dentro de una sola narrativa.” La curaduría privilegia la capacidad de los artistas para dialogar con múltiples temas y materiales, sin limitar su lectura a una única interpretación. “Crea espacio para prácticas que se mueven a través de diferentes materiales, ideas y contextos sin reducirse a una sola lente.” “Para mí, una expresión más significativa de la inclusión es dar a los artistas la libertad de comprometerse con su identidad tanto o tan poco como elijan, en lugar de definir su valor solo a través de la lente de su origen cultural.” Los artistas seleccionados trabajan con naturalidad entre el sonido, la instalación, el performance, los medios digitales y otras disciplinas, reflejando una realidad contemporánea donde las fronteras entre formatos se han vuelto cada vez más difusas.

Vista de la instalación de la Bienal del Whitney de Nueva York.

“Muchos de los artistas por los que nos sentimos atraídos trabajan a través de distintas disciplinas, combinando sonido, instalación, medios digitales y performance, porque así es como está estructurada la experiencia ahora.” La Bienal también responde a un contexto marcado por la crisis climática, la incertidumbre política y la aceleración tecnológica. En este escenario, el arte deja de explicar para comenzar a provocar experiencias capaces de ser sentidas colectivamente. “Muchos artistas están pensando menos en explicar algo y más en cómo hacer que alguien lo sienta.”

Untitled (1975-77), de la serie Akabanaa (Red Flowers), de la fotógrafa Mao Ishikawa.

El estado de ánimo, la emoción y la atmósfera se convierten en herramientas para abordar temas como la ansiedad, la fragilidad y la inestabilidad desde una dimensión profundamente corporal. Frente a la polarización que vive Estados Unidos, la Bienal evita ofrecer respuestas simples. En su lugar, propone una plataforma donde diferentes perspectivas conviven sin necesidad de resolverse en una única lectura “Para nosotros, la Bienal sigue siendo un espacio para poner a prueba ideas, aprender de los artistas y reflexionar sobre dónde se encuentran el arte contemporáneo y la institución en este momento.”

Untitled (1975-77), de la serie Akabanaa (Red Flowers), de la fotógrafa Mao Ishikawa.

Al finalizar el recorrido, el visitante abandona el museo con una sensibilidad transformada. La exposición no pretende resolver los conflictos del presente, sino ofrecer un espacio para habitarlos, comprenderlos y compartirlos desde nuevas formas de percepción. “Esperamos que la Bienal deje a los visitantes con una mayor conciencia de cómo nos relacionamos entre nosotros y de cómo esas conexiones se pueden sentir emocional, social y estéticamente.” “Esperamos que la exposición cree un espacio para la reflexión, la sintonía y una sensibilidad más profunda hacia las condiciones y relaciones que configuran nuestra experiencia compartida.”


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