
María Antonia Pedraza
Tienen flores en la frente, ojos de colores y una sonrisa que sobrevive a cualquier mordida. Las calaveritas de azúcar llevan a la ofrenda una forma entrañable de mirar la muerte: volverla pequeña, adornarla con paciencia y escribir sobre ella el nombre de alguien querido, incluso de quien todavía está aquí.


Su elaboración exige precisión y mucho tiempo,l azúcar toma forma en moldes y, una vez firme, recibe líneas de glaseado, detalles brillantes y adornos que dan a cada rostro una expresión particular. En esa superficie diminuta caben el pulso y la imaginación de quien la decora.
Son esculturas destinadas a comerse. Su fragilidad forma parte de su belleza: después de acompañar flores, velas y retratos, pueden deshacerse entre los dientes.
Durante unos días, el trabajo de las manos convierte la muerte en una presencia familiar, festiva y dulce.