Foto: Karla Álvarez

Karla Álvarez

En Venecia uno aprende pronto que el agua nunca está completamente afuera. Aparece al final de una calle, debajo de un puente, detrás de una puerta; determina recorridos, alturas y maneras de habitar. En el sestiere de Castello, a unos minutos de Piazza San Marco, entramos a una librería donde esa relación parece haber alcanzado también a los libros.

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La Libreria Acqua Alta, fundada por Luigi Frizzo en 2004, lleva en el nombre uno de los fenómenos que históricamente han definido la vida veneciana: el acqua alta, la subida excepcional de las aguas de la laguna que puede alcanzar las zonas más bajas de la ciudad.

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Adentro, la respuesta resulta tan práctica como extraña. Los libros se acumulan dentro de una góndola de tamaño real, bañeras, canoas y otros recipientes capaces de mantenerlos elevados cuando entra el agua. Hay ediciones nuevas y usadas, novelas, cómics, libros de arte, postales y volúmenes que parecen haber pasado años absorbiendo algo de la humedad de Venecia. Entre las torres de papel aparecen también los gatos residentes, apropiándose con absoluta naturalidad de estantes y rincones.

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Pero quizá la imagen que mejor explica el lugar aparece al fondo. Los ejemplares que alguna vez quedaron dañados por el agua fueron apilados hasta formar una escalera. Se sube sobre antiguas enciclopedias y volúmenes que perdieron su función original para alcanzar una vista hacia el canal. El deterioro permanece visible: lomos deformados, páginas endurecidas, papel envejecido por la humedad.

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Ahí reside buena parte del interés de Acqua Alta. La librería convierte una condición ambiental en parte de su lenguaje material. Aquello que amenaza al libro —el agua— termina determinando también la manera de almacenarlo, recorrerlo e incluso reutilizarlo.

Una ciudad acostumbrada durante siglos a negociar con su laguna… la escena adquiere otra dimensión. Venecia ha construido buena parte de su identidad adaptándose a un territorio inestable; aquí esa misma lógica ocurre a pequeña escala, entre papel, madera y góndolas. Salimos nuevamente hacia Castello con una imagen difícil de separar de la ciudad: libros que, como Venecia, han aprendido a permanecer cerca del agua.


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