Camarena en uno de los salones del teatro madrileño.

María Oriols
Fotografía por Jacobo Medrano

Javier Camarena llega al Teatro Real apurado y pidiendo disculpas por el retraso. El tenor mexicano, uno de los más influyentes de su generación, no viene procedente de un ensayo o una prueba de vestuario, sino de estudiar una de las asignaturas de la carrera de Administración de Empresas, en la que se acaba de matricular en la Universidad del Valle de México.

“Con esta edad ha llegado el momento de tener que pensar en el futuro y en estar preparado para cuando baje el reflector. Si las cosas van bien y todo sigue fluyendo, con llegar a los 60, máximo a los 65 años, cantando, me daré por bien servido”, dice Camarena, de 50 años, a T México antes de comenzar la sesión de fotos.

Todo este argumento rechina en una persona que, incluso cuando le pedimos que simule una canción para tomarle una fotografía, no puede aguantarse y entona Historia de un amor. Deja claro Camarena que la música corre por sus venas tanto como México, como esta canción que, a pesar de haberla cantado toda la vida pensando que era de su país natal, acaba de enterarse que su origen es panameño.

El tenor mexicano Javier Camarena fotografiado el pasado 8 de junio en el Teatro Real de Madrid

Lo dice con sorpresa, casi con ternura, con la vocación de continuar descubriendo datos de una música que Camarena siente muy cerca. Porque, a pesar de que el tenor lleva un tiempo viviendo en Málaga, España, su país natal no deja de estar presente en la conversación. “Todo mi ser me liga a México. La música, los boleros, la comida, obviamente mi familia y mis amigos. Es mi cultura”, señala.

Camarena no duda en admitir que México forma parte de su cultura musical a pesar de que nadie en su familia se dedicaba a ella. De hecho, sus primeros pasos no fueron en ese sentido (su padre trabajaba en una planta nuclear y él comenzó la carrera de ingeniería eléctrica). “No vengo de una familia de músicos, pero sí musical, como mi país, donde siempre hay música sonando”, relata. Su primer escenario fue el coro de su parroquia, donde además de aprender de manera autodidacta a tocar el piano y la guitarra, también empezó a componer.

Sin embargo, la ópera llegó casi por descarte: cuando a los 19 años intentó aprender a tocar un instrumento, ya era demasiado tarde. “El canto era la opción que quedaba. Lo más curioso es que lo que al principio me atrapó fue el idioma. Aunque yo ya hablaba inglés, me pareció maravilloso cantar en otras lenguas, como el italiano”, recuerda.

Que el camino para llegar a los grandes escenarios del mundo no fuera recto ha hecho que Camarena hable de sus maestros con total admiración. Recuerda a Cecilia Perfecto, su primera maestra; a Armando Mora; a Hugo Barreiro, con quien fue consolidando su voz; y al reconocido tenor mexicano Francisco Araiza, cuya enseñanza, recuerda Camarena, estaba más enfocada en la interpretación que en las partituras.

Esa capacidad de dar emoción a un personaje alejándose del encorsetamiento de la partitura es quizá una de las grandes cualidades de Camarena, que acaba de triunfar con su interpretación de Romeo y Julieta en el Teatro Real de Madrid.

“El papel de Romeo está escrito para una voz más lírica que la mía, pero yo lo que le aporto es jovialidad”, comenta mientras, acostado en uno de los sofás del teatro madrileño, juega con su sombrero Panamá, un gesto alejado del tradicional encorsetamiento que suele rodear la ópera. Junto a él, en el papel de Julieta, está Nadine Sierra, con la que ya ha compartido escenario en algunas de sus óperas favoritas. La estadounidense, que en la última función en el Teatro Real se estrenó con un bis, solo tiene palabras de halago hacia el mexicano. “Mi relación con Javier es muy especial. Además de compañeros, somos muy buenos amigos y eso es lo que hace que la química se transmita sobre el escenario”, explica. El papel de Romeo, con un rol largo y una exigencia dramática fuerte, es el que ha hecho que Camarena tenga muy presente durante toda su actuación la dualidad entre emoción y vocalidad.

“Como decimos en México, uno tiene que ir midiendo el caldo a los frijoles y saber qué puedes entregar vocalmente al sentimiento, y viceversa”, reflexiona el tenor sobre un equilibrio que ya ha mostrado en papeles como el Edgardo de Lucía de Lammermoor, de Gaetano Donizetti, donde el mexicano despliega una emoción no fingida que, según la crítica, es otro de sus grandes logros. Su voz, más lírica que la de otros tenores, es la que le ha marcado su carrera en el bel canto, con grandes apariciones en óperas de Gioachino Rossini, Vincenzo Bellini o el mencionado Donizetti, cuyas obras parecen haber sido escritas a la medida del color y agilidad de la voz de Camarena. Así lo demostró en 2014, cuando se convirtió en el primer tenor en lograr dos bises en el Teatro Real de Madrid tras interpretar el aria Ah, mes amis, incluida en la ópera La hija del regimiento.

El cantante lírico mexicano posa en el patio de butacas del Teatro Real de Madrid, donde en 2014 se convirtió en el primer intérprete en cantar dos bises del aria Ah, mes amis, de la ópera La hija del regimiento.

“Al contrario de lo que sucedía en óperas anteriores, este papel y el de Edgardo en Lucía de Lammermoor no fueron escritos para un tenor en concreto. Donizetti te permite cantarlas de forma diferente a como él las concibió. Están integradas en esa nueva vocalidad y se han adaptado perfectamente a mí”, explica el cantante lírico mexicano quien, durante años, fue el tenor de los sobreagudos. El día de su debut en 2004 (precisamente con La hija del regimiento) puso en pie a todo el patio de butacas después de sus nueve dos de pecho.

“Fue una obra parteaguas en mi carrera y que me abrió muchas puertas, pero ahora estoy en otra situación. Ya no me interesa el show off de esas notas tan altas”, comenta Camarena, a quien la crítica mundial colocó a partir de 2014 a la altura de maestros como Alfredo Kraus y Juan Diego Flórez, a quienes Camarena admira y respeta profundamente. Mucho más después de su debut en 2019 en la Royal Opera House de Londres (otra vez con La hija del regimiento), donde logró la hazaña de ofrecer un bis en cuatro funciones consecutivas, y en el Metropolitan de Nueva York, donde confirmó los presagios sobre su carrera.

La dualidad de técnica y emoción que contienen todas sus interpretaciones, dice Camarena, proceden de su admiración por Luciano Pavarotti, quizá el tenor más famoso del último siglo, y el mencionado Kraus. Del primero admira su sentimiento interpretativo; del segundo, su impecable y depuradísima técnica. Lejos de apostar por uno de los dos, Camarena elige lo mejor de cada uno, combinando ambas facciones, una dualidad que le ha elevado como uno de los tenores que más y mejor conectan con el público desde el escenario, como demuestran sus habituales bises.

“El público más ortodoxo del mundo te dirá que eso está prohibido y que rompe con la secuencia de la ópera, pero ¿dónde queda tu parte de emoción como espectador? No veo como un logro personal el hecho de hacer un bis, lo es para la ópera, porque es dar testimonio de que es un espectáculo que sigue siendo emocionante para el público”, explica Camarena, consciente, sin embargo, de que sus palabras puedan sonar a herejía en los oídos de muchos eruditos de la ópera. “Siento que hay un público que cree que sabe más sintiendo menos y juzgando más”, agrega.

Camarena.

Al contrario de la imagen que tenemos en nuestro imaginario común, en la que los grandes divos de la ópera terminan el final de sus días atormentados por no ocupar el lugar más alto del escalafón, Camarena es capaz de mirar hacia delante y de disfrutar de las siguientes etapas de la vida, sin aferrarse a lo que fue.

“Yo viví plenamente y feliz los últimos 15 años, en los que tuve una estabilidad vocal tremenda. Fue, sin ninguna duda, mi época dorada, pero ahora estoy en una edad en la que es importante pensar en la administración de la energía, del recurso vocal, porque es la materia prima. Conforme van pasando los años, esas migajitas que se van dejando en cada uno de los escenarios se van resintiendo. Es parte de la naturaleza de la voz humana, de la naturaleza física”, explica.

Camarena es además uno de los pocos tenores que sigue participando en conciertos, discos y proyectos que no tienen nada que ver con el repertorio operístico. Así ocurrió en el recital que ofreció con la obra del compositor de música melódica Paolo Tosti acompañado del pianista cubano Ángel Rodríguez, con quien es capaz de generar en el escenario un complejo diálogo a través de la complicidad escénica y el virtuosismo técnico. “Me parece muy interesante escarbar en este tipo de música en la que no tengo que presumir de una gran destreza vocal ni tengo que estar dando agudos. Es algo mucho más íntimo, más centrado en la palabra, pero no por ello ausente de sensibilidad, todo lo contrario”, comenta el mexicano.

Al preguntarle si estos trabajos vienen marcados por querer acercar su arte a otro tipo de público, el tenor lo tiene claro: “Es algo más personal. Existen los cantantes de ópera y están los cantantes de crossover, como Andrea Bocelli o Sarah Brightman. Ellos, que pueden tener una técnica vocal de ópera, difícilmente se dedican a este género porque la ópera no les va a dar su lugar. Curiosamente, también ocurre en el sentido inverso, porque estás totalmente alineado con tu papel de tenor. A mí me gusta jugar con la voz, con los colores de la voz”, comenta Camarena.

Convencido de que no tiene que sonar a tenor todo el tiempo de su vida, que hay diversión mucho más allá de los grandes teatros operísticos, para él todo tiene que ver con manejar la voz como un instrumento de precisión; al fin y al cabo, un flautista puede interpretar a Vivaldi en la mañana y participar en una orquesta de jazz en la noche, siempre con la misma herramienta.

“No puedo cantar un bolero como si estuviera cantando ópera, porque ese tipo de canción es suave, más de cantar al oído. Puede que al público de la ópera no le guste, pero a mí me llena el corazón”, dice el tenor. A pesar de haber protagonizado varios hitos históricos que le han llevado a ser denominado como el mejor tenor del momento y títulos de los que reniega como “el sucesor de Pavarotti” o “el tenor de las óperas imposibles”, Camarena es muy consciente de que el mundo de la crítica, de cualquier crítica, es siempre subjetivo.

Por eso no se inmuta cuando le recordamos aquel recital en el Teatro Liceo de Barcelona en el que tuvieron que añadir filas adicionales para que cupiera más público, hecho que solo había tenido dos precedentes, uno con el alemán Jonas Kaufmann y otro con su admirado Pavarotti. De lo que no hay duda es que ese saber hacer que demuestra en cada una de las ocasiones que se pone delante del reflector le ha convertido en uno de los grandes embajadores de México. “Es verdad que ahora que vivo en España noto que se me quiere mucho, y yo adoro este país. Esta relación puede limar otras que responden a una situación global en la que es más necesario crear lazos que unan”, comenta.

Y es que, aunque el bolero dice que la distancia es el olvido, ese no es el caso de Camarena, quien sueña en un futuro con volver a vivir en su país natal y a seguir poniéndose la playera de sus admirados Pumas de la UNAM cada vez que tiene oportunidad. Mientras, sigue cantando todo lo que a él le llena el alma y preparándose para, una vez que el telón baje definitivamente, seguir disfrutando entre bambalinas con la misma pasión que lo ha hecho en los escenarios de medio mundo.


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