Cortesía de la artista.

Carolina Chávez

La historia reciente de Renata Buzzo podría contarse desde el reconocimiento institucional. Tres de sus obras fueron incorporadas a la colección permanente del Metropolitan Museum of Art y una de ellas, Corset Anatomia, forma parte de Costume Art, la exposición con la que el Costume Institute inauguró las nuevas Condé Nast Galleries. La muestra, concebida por Andrew Bolton, propone una lectura del cuerpo vestido como una forma de pensamiento y reúne cerca de cuatrocientas piezas que recorren cinco mil años de historia. Dentro de ese panorama, Buzzo aparece como la única diseñadora latinoamericana cuya obra fue incorporada a la colección permanente del museo. Sin embargo, ese reconocimiento internacional no explica por sí solo la dimensión de su trabajo.

Desde hace más de una década, la diseñadora brasileña ha construido una práctica donde la moda se encuentra con la literatura, el cine, las artes visuales y la performance. Cada colección nace primero como un relato; después adquiere forma en imágenes, sonido y personajes antes de materializarse como ropa. Su trayectoria —que comenzó internacionalmente en Vancouver Fashion Week y continuó en Casa de Criadores y São Paulo Fashion Week— también está atravesada por una defensa de la sostenibilidad y una producción completamente libre de insumos de origen animal.

Ese interés por construir universos completos explica también por qué su obra rara vez puede entenderse únicamente desde la pasarela. El vestido nunca aparece aislado; forma parte de una narrativa mayor que explora memoria, violencia, identidad, cuerpo y experiencia femenina.

La colección El Cuerpo, de la que surge Corset Anatomia, sintetiza esa búsqueda. La pieza presenta un torso abierto donde órganos textiles ocupan el lugar del adorno tradicional. Lejos del impacto gratuito, la anatomía expuesta es una metáfora de la vulnerabilidad, la memoria y la reconstrucción de un cuerpo femenino que deja de ser objeto de contemplación para convertirse en archivo de experiencias. Esa aproximación fue precisamente la que encontró resonancia dentro del MET, donde la obra se articula con ilustraciones anatómicas del siglo XVIII en la sección Anatomical Body.

En conversación con T Magazine México, Renata Buzzo habla sobre los territorios que continúan guiando su investigación, la posibilidad de construir narrativas que exceden a la moda y el verdadero acto de resistencia dentro de una industria obsesionada con la velocidad.

Luciana Prezia

CC: ¿Qué temas continúan interesándote de manera constante? Me refiero a esos temas generales que aún sientes la necesidad de explorar.

RB: Últimamente, uno de los temas que más me ha ocupado es entender cómo la inteligencia artificial puede convertirse en parte de mi proceso creativo, no como una herramienta que crea por mí, sino como un recurso de posproducción. Lo que me interesa es su capacidad de expandir mundos narrativos y visuales que serían imposibles dentro de las limitaciones de la producción audiovisual tradicional.

Siempre he acompañado mis colecciones con películas y obras audiovisuales creadas a través de un proceso esencialmente analógico. Ahora me interesa explorar cómo las prácticas analógicas y la inteligencia artificial pueden coexistir, creando imágenes que preserven la autoría mientras amplían las posibilidades del lenguaje visual.

Al mismo tiempo, he estado investigando profundamente a mujeres artistas cuyo trabajo fue ignorado o relegado a los roles de musas, esposas o colaboradoras, sin recibir el reconocimiento adecuado por sus contribuciones. Esta investigación informa directamente mi próxima colección y me ha llevado a reflexionar sobre los mecanismos mediante los cuales la autoría femenina ha sido históricamente borrada.

Esa investigación naturalmente me acercó al mundo de la artesanía y las prácticas hechas a mano. En Brasil aún existe cierto prejuicio hacia formas de creación asociadas a espacios domésticos y al trabajo femenino: cerámica, porcelana fría, masa de biscuit y otras técnicas que con frecuencia se descartan como pasatiempos o artes menores. Me interesa reposicionar estos materiales dentro de una práctica autoral, cuestionando las jerarquías que separan arte, diseño y artesanía.

Paralelamente, sigo regresando a la literatura. He estado releyendo a Clarice Lispector, especialmente La pasión según G.H., un libro que permanece conmigo por su profundidad existencial. Más allá de su escritura, Clarice misma me fascina: su forma de pensar, observar y construir lenguaje continúa siendo una fuente constante de inspiración.

Cortesía de la artista.

CC: Renata, has construido una práctica donde la moda se cruza con el arte, el cine y la narrativa. ¿Qué posibilidades encuentras hoy en ese cruce interdisciplinario que la moda, por sí sola, no podría alcanzar?

RB: La posibilidad que más me interesa es la capacidad de construir mundos completos. Cuando una idea se comunica solo a través de la ropa, ciertamente existe, pero para mí aún se siente incompleta. La prenda es apenas una capa de la narrativa.

Mi proceso comienza mucho antes. Empieza con un texto, un personaje, una investigación sobre su psique, sus conflictos y sus relaciones. A partir de ahí, esas ideas se convierten en imágenes, atmósfera, sonido y lenguaje audiovisual. Solo entonces se materializan como ropa. En ese sentido, la colección nunca es el punto de partida; es la conclusión de una narrativa.

Cuando vemos a alguien vestido en la calle hacemos lecturas superficiales. Imaginamos su gusto, sus referencias, quizá incluso su contexto social. Pero sabemos muy poco sobre quién es realmente. Lo que me interesa es profundizar en ese personaje, revelar el mundo que habita, aquello que piensa y los conflictos que carga. El cine, el arte y la escritura me permiten construir esas capas de maneras que la ropa, por sí sola, no puede.

Quizá por eso mis colecciones establecen una relación distinta con el público. Mi objetivo nunca ha sido simplemente generar deseo de consumo, sino crear una experiencia que resuene emocionalmente. Después de mis desfiles recibo mensajes de personas que me dicen que lloraron, que se sintieron vistas o que reconocieron algo de sí mismas en la narrativa. Incluso las modelos suelen emocionarse profundamente cuando comprenden la historia detrás de la colección.

Es en esos momentos cuando percibo que la moda ha dejado de ser un objeto de consumo para convertirse en un lenguaje. La ropa sigue siendo esencial, pero se vuelve la frase final de una historia que comenzó mucho antes de aparecer en la pasarela.

Cortesía de la artista.

CC: En una industria que suele exigir velocidad y novedad permanente, tu marca reivindica el tiempo, el proceso y la profundidad. ¿Dónde radica hoy el verdadero acto de resistencia en la moda?

RB: Creo que el mayor acto de resistencia en la moda hoy es preservar tu autonomía. Significa mantenerte fiel a lo que realmente crees, incluso cuando todo a tu alrededor empuja en otra dirección.

Vivimos en una industria impulsada por la velocidad, las métricas y la demanda constante de novedad. Existe una presión continua para adaptar el trabajo creativo al formato que mejor funciona: videos más cortos, narrativas más inmediatas, contenido diseñado para captar atención en segundos. Para mí, eso empobrece inevitablemente el lenguaje.

Nunca he querido que mi trabajo sea moldeado por algoritmos o por el miedo a perder engagement. Si una colección necesita un cortometraje de veinticinco minutos para ser comprendida plenamente, entonces ese es el filme que voy a hacer. Si una prenda requiere un movimiento de cámara lento, silencio o contemplación para revelar su potencial, no veo razón para acelerar esa experiencia porque alguien crea que el público podría perder interés.

La verdad es que no me interesa agradar a todos. Mantenerme fiel a mi proceso crea, naturalmente, un filtro. Las personas que permanecen son precisamente aquellas dispuestas a entrar en ese mundo conmigo.

Creo que mi colección El Cuerpo encarna esta idea. Cuando se presentó por primera vez, muchas personas la describieron como excesiva, extraña o innecesaria. Si hubiera permitido que esas reacciones definieran mi práctica, probablemente habría abandonado una parte esencial de mi lenguaje. En cambio, confié en la obra. Poco después, piezas de esa colección ingresaron a la colección permanente del Metropolitan Museum of Art. Para mí, eso solo reforzó algo que ya creía: la validación más significativa nunca es la aprobación inmediata, sino la coherencia con tu propia visión.

En última instancia, creo que resistir hoy significa proteger tu propia perspectiva. Significa seguir creando obras que primero te hablen a ti, incluso si tardan en encontrar a las personas a las que están destinadas.

Concluye.


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