Bad Bunny durante uno de los conciertos que ofreció en el Estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid.


Núria Net

FOTOGRAFÍA: JAIME MASSIEU

El fenómeno de Bad Bunny comenzó como una pura provocación estética. “Yo hago lo que me da la gana”, decía el puertorriqueño entre otros pequeños gestos de transgresión. Eso también nos llevó a cuestionar lo que la sociedad, la moda o el qué dirán dictan sobre nuestros gustos, los colores que elegimos a la hora de vestir o sobre cómo bailamos. Bad Bunny se ponía camisetas con mensaje que combinaba con faldas escocesas a la vez que hablaba en español en el prime time televisivo estadounidense. Entonces, ya empezaba a ser más explícito políticamente.

Bad Bunny nos hizo corear Tití me preguntó porque había algo de nosotros en esa canción. Porque crecimos en familias donde al niño guapo se le anuncia desde pequeño que será un rompecorazones y a las niñas se les enseña a sonreír, aunque no demasiado. Y cuando ese niño se convierte en adulto, lucha a la hora de comunicar sus sentimientos mientras sigue los moldes establecidos. Y no tiene por qué ser así, ser vulnerable está bien también.

Luego se fue a Mónaco, a París y a Beverly Hills, y aunque todos querían beber de su cáliz, él buscó refugio en los suyos, de regreso en su Puerto Rico, donde se instaló en las montañas. Cuando estaba en la cima se dio cuenta que las cosas más sencillas de la vida son mucho más importantes que el dinero o la fama. Y en ese momento decidió ir en contra de las tendencias para acercarse a la naturaleza y el folclore boricua. Y entonces pasó de ser Bad Bunny para transformarse en Benito Antonio, sin artificios, sin la necesidad de ocultarse tras antifaces o ropa estrambótica. Llamó al Super Bowl el Súper Tazón y emocionó a Latinoamérica con su música y su “together, we are America” con el que sorprendió al mundo. En su gira mundial, ese mismo espíritu se trasladó hace unos días a las 60.000 personas que acudieron a Madrid para compartir algo parecido a una comunión colectiva. Allí coincidió con el Papa León XIV, con quien mantuvo un encuentro privado y familiar.

Y, sin embargo, todos terminamos llamándolo Benito. Como si fuera un vecino, un primo o el funcionario que nos atiende cada semana. Un tipo común, ni especialmente guapo, ni dotado con una voz extraordinaria. Pero eso nunca le impidió soñar, crecer y ser generoso con quienes se reconocen en él. Bad Bunny ya hizo su trabajo, ahora queda Benito, sin disfraces, recorriendo el mundo con un mensaje de orgullo latino, de migración, que llega a todos aquellos que buscan un lugar al que pertenecer.


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