
Laura Regensdorf
Fotografía por Enea Arienti / Asistente de fotografía: Silvia Fincato.
Nacido en una familia de agricultores en 1865, Alessandro Berluti creció junto al mar Adriático, en la ciudad portuaria italiana de Senigallia, donde desarrolló una pasión por la carpintería y la zapatería. En 1929, Torello, hijo de Berluti, abrió la primera boutique Berluti del mundo —“uno de los mejores zapateros de París”, según un artículo de 1932 del Chicago Daily Tribune sobre la “modesta tiendita” cerca de la Place Vendôme—, donde empezó a vender una versión del zapato Oxford de su papá, cuya pala estaba confeccionada a partir de una sola pieza de piel.
Bautizado como Alessandro, aquel zapato de agujetas con tres ojales se convirtió en un clásico discreto, llevado por clientes como el director de la Nouvelle Vague francesa François Truffaut. Ahora, una versión hecha por encargo, el Alessandro 1895 —por el año de nacimiento de Torello—, reinterpreta el legendario Oxford. Producido en Ferrara, Italia, en la luminosa Manifattura Berluti, donde trabajan unos 300 artesanos, el nuevo zapato es ligeramente más redondeado que el original, con una suela modernizada de piel hueca e inyectada con caucho para una pisada más elástica.
Por lo demás, la construcción se mantiene bastante fiel a la de su predecesor, con una vira interior tradicional que lo impermeabiliza y facilita el cambio de suela. Para la distintiva pala de una sola pieza, la casa de lujo usa piel curtida con tintes vegetales durante 60 días —el doble de lo habitual— para lograr un aspecto más rico y envejecido. Se aplica una capa de cera incolora sobre la piel con esponja y se deja secar; después, un solvente abre los poros para recibir el adorno que la define: un efecto de piel envejecida con un craquelado fino, aplicado con plantilla y una máquina de tatuar por una de las cuatro personas capacitadas especialmente para ello, usando una paleta de tintas en tonos tierra.
La marca ya había incorporado referencias al tatuaje en sus zapatos y bolsas de piel, pero esta es la primera vez que aplica la técnica para simular una estética de desgaste natural. Esa atención al detalle se extiende desde las agujetas de piel, desgastadas manualmente mediante lijado y teñido, hasta las líneas pintadas a mano a lo largo de la suela exterior: la expresión refinada de una tradición centenaria.