
Carolina Chávez
El nopal ha acompañado la historia de México mucho antes de convertirse en un símbolo nacional. Crece en paisajes áridos, alimenta comunidades enteras, forma parte de la cocina cotidiana y aparece en algunos de los relatos fundacionales más importantes del país. Durante siglos ha sido alimento, medicina, refugio y materia prima. También una lección de adaptación.
Pocas plantas condensan con tanta claridad la relación entre territorio, cultura y supervivencia. Sin embargo, detrás de cada penca existe una realidad que rara vez ocupa espacio en la conversación pública: la de quienes trabajan la tierra.
En Tlacayapan, Morelos, Eduardo Horcasitas Verdiguel ha encontrado en el nopal una forma de vida, pero también una herramienta para reflexionar sobre el presente. Agricultor, músico y creativo, se ha convertido en una de las voces más visibles de una nueva generación de productores que utilizan las redes sociales para acercar el campo a quienes viven lejos de él.
Lejos del discurso de la confrontación, su mirada apuesta por algo distinto: recuperar la empatía hacia quienes producen los alimentos y volver a reconocer el valor de los procesos que sostienen la vida cotidiana.

CC: El nopal aparece en el escudo nacional, en la gastronomía mexicana y en la historia del país. ¿Qué significa para ti, que has crecido trabajando con él, ver cómo una planta tan simbólica convive con una realidad tan difícil para quienes la producen?
EH: Es triste. Creo que el enfoque está mal. Estamos priorizando otras cosas que no tienen la misma importancia que alguien que te lleva la comida a casa. Ya deja tú un nopalero; en general el campesino está medio relegado. No me interesa ahondar en las razones porque todos las conocemos de alguna manera. Me interesa más mostrar que el campo es un trabajo que vale la pena. Es una actividad que exige muchísimo esfuerzo, muchísimo trabajo, pero nos da prácticamente la vida. Creo que el campo no debería verse como una labor relegada. Debería verse como todo lo contrario: como un orgullo. Sí, es un trabajo duro, pero también tiene recompensas que solamente entiendes cuando estás ahí. Hay cosas que solo puedes sentir cuando trabajas la tierra.
La resistencia como lenguaje
CC: En varios de tus videos hablas de la resistencia del nopal y la relacionas con la gente del campo. ¿Qué similitudes encuentras entre ambos?
EH: Me gusta hacer la metáfora entre los nopales y los mexicanos porque nos toca muy de cerca. El nopal es una planta muy importante para nosotros y es un ejemplo de resistencia. Se adapta a distintos climas, tiene espinas para protegerse, pero también guarda dentro de sí una gran cantidad de nutrientes. Aporta. Pero en realidad creo que eso pasa con toda la vida. Siempre estamos enfrentando retos, las inclemencias del tiempo, los elementos. La vida resiste, comparte algo y sigue su ciclo. Por eso la metáfora funciona. Genera empatía precisamente por todo lo que representa el nopal.

El valor de producir alimento
CC: Muchas personas consumen nopales todos los días, pero pocas conocen el trabajo que existe detrás de cada pieza. ¿Qué es lo que más te gustaría que los consumidores entendieran sobre la vida de los productores?
EH: Me gustaría que más personas vieran el campo como una labor que vale la pena experimentar. Hay algo en la agricultura que tiene una conexión profunda con nosotros. Llevamos muchísimo tiempo haciéndola. Gracias a ella estamos aquí como civilización. La vida es corta y hay muchas experiencias que vale la pena vivir. Trabajar la tierra y producir alimento es una de ellas. Me gustaría que más personas pudieran sentir eso.
A veces intento compartirlo a través de las redes sociales. No sé si lo consiga completamente, pero he visto gente interesarse y creo que eso ya es algo bueno.
Los nopales y el precio de un boleto
Uno de los contenidos más virales de Eduardo comparó el precio de un boleto para la Copa Mundial con la cantidad de nopales que tendría que pelar para poder comprarlo.
CC: ¿Qué te llevó a hacer ese ejercicio y qué reacción provocó entre la gente?
EH: La verdad no lo sé exactamente. Me gusta mucho trabajar con ideas creativas. Recuerdo haber visto los precios de los boletos y pensar cómo se traducía eso a mi propia vida. Qué tendría que hacer yo para poder comprar uno. Entonces fue natural llevarlo a mi trabajo. No tengo nada contra que las personas gasten su dinero en lo que quieran. Yo probablemente gastaría mucho dinero en una guitarra. Pero sí creo que hay cosas a las que deberíamos prestar más atención. Creo que el video conectó porque tocó dos fibras sensibles: el fútbol y la situación económica que estamos viviendo. Mucha gente reaccionó porque está viendo lo que pasa y porque no podemos fingir que ciertas cosas no están ocurriendo.

Música, paciencia y cosecha
CC: Además de agricultor eres compositor e intérprete. ¿Cómo dialogan la música y el trabajo en el campo dentro de tu vida?
EH: Alobello surgió después de que una canción que hice se volviera popular, pero desde antes tenía otro proyecto llamado Fides, una banda de rock que comparto con unos amigos y con la que llevamos más de seis años trabajando. Me gusta mucho crear. Disfruto esa sensación de saber que antes de que existiera una canción, un video o cualquier cosa que hoy se puede escuchar o ver, no había nada. La música y el campo se parecen mucho porque son inversiones a largo plazo. Con Fides llevamos años picando piedra… Hacer rock hoy es complicado, pero es lo que nos sale del corazón. Lo mismo pasa con el campo. Después de mucho esfuerzo empiezan a aparecer los frutos. Al final encuentras gusto en el proceso, en ver cómo crecen las cosas y cómo el tiempo que inviertes se transforma en algo que sustenta.
Las historias que siguen sin escucharse
CC: ¿Qué historias del campo mexicano crees que siguen sin ser escuchadas en las ciudades?
EH: Hay muchísimas. A mí me impresiona la resistencia de la gente que trabaja en el campo. Personas que pasan toda una vida produciendo, construyendo y aprendiendo procesos que toman tiempo. Pienso en alguien que hace queso desde el principio. Que ordeña una vaca, prepara el cuajo y espera. Hay una relación distinta con el tiempo. La recompensa no es inmediata, pero precisamente por eso se aprecia de otra manera. Claro que también existen historias muy duras y mucho abuso. Pero prefiero que poco a poco nos vayamos volviendo más empáticos. Mi intención nunca es enfrentar a unos con otros. Creo que uno de los grandes problemas es que estamos demasiado divididos.
Lo que el nopal diría de nosotros
CC: Si el nopal pudiera contar la historia de México, ¿qué crees que diría sobre el país que somos hoy?
EH: Creo que diría que hemos aprendido algunas cosas muy bien y otras todavía no. Que todos estamos enfrentando las mismas inclemencias allá afuera y que tenemos que resistir juntos, como los nopalitos. También diría que necesitamos empatizar más con lo que le pasa al otro. Aprender a estar juntos. Al final siempre se trata de seguir aprendiendo y mejorar.

Conversaciones como esta resultan cada vez más necesarias para comprender hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de quienes trabajan la tierra. Durante décadas aprendimos a pensar los alimentos como productos terminados. Con menos frecuencia nos detenemos a mirar los conocimientos, los procesos y las personas que existen detrás de ellos. Quizá por eso voces como la de Eduardo Horcasitas resultan tan valiosas. Porque recuerdan algo elemental: producir alimento es una forma de sostener la vida.