
Carolina Chávez
Existe una paradoja fascinante alrededor de Akira Kurosawa: mientras la tecnología cinematográfica continúa transformándose a un ritmo vertiginoso, sus películas parecen resistirse al tiempo con absoluta naturalidad. No porque sean intocables ni porque pertenezcan a un canon que deba admirarse por obligación, más bien creo que se trata de que siguen formulando preguntas que ninguna generación ha conseguido responder del todo.
¿Existe una verdad objetiva? ¿Qué significa haber vivido bien? ¿Quién merece realmente ser llamado héroe?
El cine de Kurosawa nunca persiguió respuestas sencillas, en su lugar prefería construir relatos donde la incertidumbre se volvía una forma de conocimiento. Quizá por eso directores tan distintos como Martin Scorsese, Hayao Miyazaki, Francis Ford Coppola, George Lucas o Bong Joon-ho continúan encontrando en él una referencia inevitable. Su influencia es inmensa, pero lo verdaderamente extraordinario es que sigue siendo un cineasta del presente.
Aunque su filmografía es amplia, me propuse hacer una lista para acercarse o bien, para volver a ella, quizá sí tenga que ver con el impacto personal que causaron en su momento, pero además del aspecto emocional, creo que recuperan los ejes centrales de sus preciosas preguntas.
Rashōmon (1950): la verdad siempre llega acompañada de quien la cuenta

Mucho antes de que viviéramos rodeados por narrativas enfrentadas, versiones parciales y realidades construidas desde algoritmos, Kurosawa ya había imaginado una película donde la verdad era imposible de capturar.

Un asesinato. Cuatro testimonios. Cuatro versiones incompatibles.
La genialidad de Rashōmon consiste en comprender que la memoria jamás es un territorio neutral. Cada personaje acomoda los hechos para proteger su orgullo, justificar sus decisiones o sobrevivir a la culpa. El espectador termina descubriendo que la historia importa menos que la manera en que cada individuo necesita contarla.
No es casualidad que el “efecto Rashōmon” haya trascendido el cine para convertirse en un concepto utilizado por el derecho, el periodismo y la psicología. Pocas películas han conseguido nombrar con tanta precisión una condición profundamente humana.
Vivir (Ikiru, 1952): una de las películas más hermosas jamás hechas sobre el tiempo

Vivir habla, en realidad, de la vida que dejamos pasar.
Su protagonista descubre que le queda poco tiempo y comprende, quizá demasiado tarde, que ha dedicado décadas enteras a existir sin preguntarse cuál era el sentido de esa existencia.

Kurosawa evita cualquier gesto melodramático. La emoción aparece en los lugares más inesperados: una oficina gris, un parque infantil, un columpio bajo la nieve. Allí encuentra una de las imágenes más conmovedoras de toda la historia del cine.
Resulta difícil terminar Vivir sin revisar silenciosamente la propia vida. Esa es la fuerza de las grandes obras, dejan de hablar de sus personajes para comenzar a hablar del espectador…
Los siete samuráis (1954): cuando el espectáculo también puede ser profundamente humano

Es fácil admirar Los siete samuráis por todo lo que transformó y es que, inventó una estructura narrativa que el cine repetiría durante décadas. Inspiró westerns, películas bélicas, historias de ciencia ficción y aventuras contemporáneas. Cambió la forma de filmar la acción, el movimiento y las batallas.
Pero reducirla a su legado técnico sería quedarse en la superficie.
Lo verdaderamente extraordinario ocurre en la relación entre los personajes. Cada samurái carga con una historia distinta, una forma particular de entender el honor y un motivo personal para aceptar una batalla que difícilmente podrán ganar.
Kurosawa convierte una película épica en una reflexión sobre la solidaridad, las diferencias sociales y la fragilidad del heroísmo. La violencia nunca aparece como espectáculo vacío; siempre tiene consecuencias, siempre deja pérdidas.
Quizá por eso continúa sintiéndose tan moderna, y a veces sí, dolorosamente humana.