
Kira Alvarez
Hay personajes que buscan empatía inmediata. Y hay otros que incomodan primero para después revelar algo más profundo. María José Cano —“Santita”— pertenece a esta segunda categoría: una mujer que no pide permiso para existir y cuya complejidad no está diseñada para agradar, sino para resistir.
La nueva serie mexicana protagonizada por Paulina Dávila y Gael García Bernal, estrenada el pasado 22 de abril, se instala desde ahí: en un territorio donde la incomodidad no es un efecto secundario, sino el punto de partida.

En el centro está una médica brillante cuya vida cambia radicalmente tras un accidente que la deja en silla de ruedas. Pero Santita evita cualquier lectura predecible: en lugar de construir una narrativa de redención, apuesta por una protagonista marcada por la ironía, el dolor y las consecuencias de haber abandonado a su prometido en el altar.
Para Dávila, ese quiebre no era un obstáculo, sino una oportunidad. “No fue pensada para ser complaciente”, explica. “La idea era que Santita fuera una mujer multidimensional y compleja”.

Esa complejidad se traduce en un personaje que confronta incluso cuando eso la vuelve incómoda. “No pide perdón ni permiso… vive bajo sus propios términos”, dice la actriz, subrayando una cualidad rara en pantalla: la de una mujer que no busca ser entendida en todo momento.
Sin embargo, la dureza no es lo único que define a Santita. Su vulnerabilidad no desaparece: se filtra. “Aparece a pesar de ella… en lo que no se dice y se queda adentro”, señala Dávila. Esa tensión entre lo visible y lo contenido es, quizás, lo que la vuelve profundamente real.

Más que construir un arco lineal, la actriz trabajó desde la coexistencia. “Me interesaba trabajar las distintas versiones de Santita que conviven en la serie”, explica. El pasado emerge en forma de sueños —fragmentos donde el cuerpo y la memoria adquieren otra lógica— mientras el presente se ve constantemente atravesado por esas capas no resueltas.
En ese entramado emocional, el humor juega un papel crucial. Pero no como escape. “El humor la sostiene y la equilibra, es parte de su supervivencia”, dice Dávila. Es un humor ácido, a veces incómodo, que no suaviza el dolor sino que lo acompaña. “Tiene algo juguetón y travieso… y para mí la hace más interesante”, añade.
La relación con el personaje de García Bernal se mueve en una frecuencia similar: la de lo no resuelto. Veinte años después, el reencuentro no busca cerrar heridas, sino exponerlas. “Queríamos mostrar lo mucho que había entre los dos que no había sido dicho”, recuerda Dávila.

Esa energía contenida se convierte en uno de los ejes más potentes de la serie. “Queríamos que se sintiera como ese gran amor que no ha terminado de ser”, dice. Más que nostalgia, lo que se construye es una especie de presente suspendido.
Aunque está profundamente situada en un contexto local, Santita apunta a algo más amplio. “Habla de temas muy humanos… la vida, la muerte, el amor, la identidad”, explica la actriz. Y lo hace, además, desde un lugar poco habitual: “te invita a cuestionarse sin juicios”.
Esa falta de juicio —esa negativa a ofrecer respuestas fáciles— es quizá su mayor gesto de sofisticación.
También lo es en la forma en que Dávila entiende su propia trayectoria. Más que elegir proyectos desde la certeza, lo hace desde la intuición. “Me gusta pensar que siempre hay una razón detrás… algo que aprender”, dice.
No todos los proyectos son evidentes, aunque algunos sí lo son. “Santita fue un obvio sí”, admite. Pero incluso entonces, la decisión pasa por otro filtro: “me interesa que me reten, que me incomoden un poco”.
Esa incomodidad —la misma que define al personaje— aparece también en su forma de habitar la industria. “Mi búsqueda ha sido aprender a confiar en mí… y no forzarme a encajar en expectativas de otros”, reflexiona.
Hay algo profundamente coherente en esa postura. Porque si Santita logra algo, no es solo construir un personaje complejo, sino sostener una idea más amplia: que la contradicción no necesita resolverse para ser válida.