Creditos: archivo de libro agotado, 1971. Tuxpan, Jalisco, México, región de habla náhuatl.

Carolina Chávez

México puede recorrerse mediante las palabras que pronunciamos todos los días. Algunas aparecen al preparar la comida; otras nombran animales, objetos domésticos, mercados y paisajes. Las usamos con tanta naturalidad que pocas veces advertimos la historia que permanece dentro de ellas.

El español hablado en México se formó en contacto con numerosas lenguas originarias. Entre ellas, el náhuatl dejó una presencia profunda en el vocabulario cotidiano. Tianguis procede de tianquiztli; petate, de petlatl; papalote, de papalotl. Cada adaptación revela el encuentro entre sistemas sonoros distintos y la persistencia de una forma particular de observar el mundo.

Muchas de estas palabras llegaron al español porque nombraban alimentos, especies, materiales y prácticas para los que los conquistadores carecían de un término equivalente. En lugar de desaparecer, atravesaron los siglos: cambiaron de pronunciación, perdieron algunas terminaciones y adquirieron nuevos usos, pero continuaron circulando de una generación a otra.

El náhuatl tampoco pertenece únicamente al pasado. Sus distintas variantes continúan hablándose en México y forman parte de una realidad lingüística viva. Reducir su presencia a una curiosidad etimológica sería ignorar a las comunidades que todavía piensan, crean y explican el mundo desde este idioma.


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