
Redacción T México
El verano suele imaginarse como un momento de pausa, aunque también puede convertirse en el instante en que una identidad comienza a transformarse. Esa idea articula el segundo capítulo de la campaña Gucci Monte Carlo, una propuesta que traslada su narrativa desde la costa hacia la intimidad de hoteles, villas y carreteras recorridas en motocicleta, donde cada escenario funciona como una extensión del vestuario.


La nueva entrega reúne a Tian Xi Wei, Amelia Gray, Anok Yai, Elisabetta Dessy, Emma Koch, Kayako Higuchi, Felix Friedman, Ibrahima Kane y Samuel Watson, quienes continúan una historia iniciada en el primer capítulo. Si entonces el paisaje marítimo dominaba la escena, ahora la atención se desplaza hacia una elegancia más contenida, donde las prendas adquieren líneas más definidas y los accesorios construyen buena parte del relato visual.


El guardarropa se construye a partir de contrastes materiales que desplazan la idea de sofisticación hacia un terreno más flexible. El denim lavado, la lona, la malla metálica y los acabados luminosos aparecen como recursos para pensar una elegancia menos rígida, capaz de moverse entre la intimidad de una habitación, la exposición de una terraza y la velocidad de una carretera. Bolsos como Giglio, Venice, Jackie y Dionysus participan de esa transición, aunque su presencia interesa menos como objeto aislado que como parte de una escena donde el vestir acompaña distintas formas de habitar el verano.



Esa misma lógica atraviesa el calzado y los accesorios. El Horsebit sobredimensionado del salón Boulevard introduce una escala casi gráfica, mientras los mocasines con talón plegable responden a una temporada marcada por el desplazamiento y la adaptación. Los lentes y los trajes de baño con aberturas completan una imagen que evita la nostalgia literal de la Riviera y propone, en cambio, una lectura contemporánea de sus códigos: cuerpos en movimiento, interiores privados y una relación constante entre exposición y resguardo.



En el centro de esta narrativa permanece Flora, el motivo creado en 1966 por Vittorio Accornero para la princesa Grace de Mónaco. Su aniversario permite observar cómo ciertos símbolos de la moda sobreviven cuando logran desprenderse de su contexto original y adquirir nuevas interpretaciones. Compuesto por flores representadas en 37 colores, el estampado conserva su vínculo con el principado, pero también revela la capacidad de una imagen histórica para circular entre épocas sin quedar reducida a un gesto de archivo.
Montecarlo aparece entonces como algo más que una localización reconocible. Funciona como un territorio donde conviven el imaginario aristocrático, la cultura del turismo y las formas actuales del deseo. Bajo la dirección artística de Demna, la campaña utiliza ese escenario para explorar la manera en que la moda transforma sus propios códigos y vuelve sobre su historia sin reproducirla de forma intacta. El viaje, en este contexto, opera como una estructura narrativa: cambia la luz, modifica el ritmo de las prendas y convierte cada objeto en parte de una identidad todavía en movimiento.