
Karla Álvarez
Las relaciones entre México y Francia comenzaron formalmente en 1826. Doscientos años después, la moda se convierte en una superficie desde la cual releer ese vínculo, un intercambio prolongado, contradictorio y fértil que ha dejado huellas en la arquitectura, las artes, el pensamiento, la gastronomía y las maneras de vestir. En ese contexto, El Palacio de Hierro presentó L’Art de vivre. Totalmente Palacio, un desfile concebido como un recorrido entre ambos países.



La puesta en escena comenzó bajo la luz de una mañana parisina y avanzó, look a look, hasta la intensidad nocturna de la Ciudad de México. También siguió el tránsito de las estaciones: del final del verano a un otoño de tonos naturales, cuadros y materiales de mayor peso; después, el blanco y negro, el encaje, el satín y el volumen condujeron la pasarela hacia una explosión final de color.
La narración resulta seductora, aunque la historia que la inspira exige algunos matices. Francia fue para las élites mexicanas del siglo XIX y principios del XX un modelo de refinamiento y modernidad, pero la admiración convivió con episodios de violencia política: la primera intervención francesa de 1838 y la invasión emprendida por Napoleón III en 1862, que derivó en el Segundo Imperio Mexicano. El intercambio entre ambos países nunca fue completamente apacible ni simétrico.


Durante el Porfiriato, la influencia francesa se volvió visible en avenidas, edificios, almacenes, códigos sociales y prendas. París era una referencia de prestigio; México, mientras tanto, elaboraba su propia imagen ante Europa. El pabellón mexicano presentado en la Exposición Universal de París de 1889 recurrió a iconografías prehispánicas para proyectar una identidad nacional moderna, prueba de que el diálogo también implicaba decidir cómo quería ser visto el país fuera de sus fronteras.
Ese tránsito tampoco ocurrió únicamente de Francia hacia México. París recibió a artistas, escritores y creadores mexicanos; el arte popular y las civilizaciones mesoamericanas interpelaron a las vanguardias europeas; México acogió, a su vez, a figuras vinculadas con el surrealismo y a exiliados que encontraron aquí un espacio de producción intelectual. La relación fue transformándose mediante desplazamientos, apropiaciones, resistencias y afinidades compartidas.

El bicentenario encuentra hoy una relación que se extiende hacia la cooperación artística, cinematográfica, académica y patrimonial. Durante 2026, ambos países desarrollan un programa de intercambios que contempla exposiciones recíprocas de los códices Azcatitlán y Boturini, además de nuevas colaboraciones culturales.

L’Art de vivre traduce esa extensa historia al ritmo inmediato de una pasarela. El resultado propone un encuentro reconocible entre París y la Ciudad de México, aunque su mayor interés aparece al mirar debajo de la celebración: dos países que llevan dos siglos observándose, influyéndose y discutiendo la imagen que cada uno construye del otro.