Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Carolina Chávez

El deterioro es una de las ideas estéticas, éticas y filosóficas que han ocupado mi pensamiento como editora y escritora a lo largo de la vida… Me detengo en las puertas astilladas, en el óxido de aquello que antes brilló, en las preciosas arrugas que recorrían el cuerpo de mi abuela, y ahora de mi madre. Ese mismo cuerpo que un día llevó faldas ceñidas y que guarda, en sus pliegues, la continuidad de aquella mujer. Me conmueve pensar cuánto de nuestra manera de mirar determina el valor que concedemos a las cosas, a los cuerpos, a sus distintas edades.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.
Foto: Ryan. Archivo Gagosian.
Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Algo parecido me ocurre con las frutas y las verduras. Hace poco, mientras observaba la disciplinada separación de basura en casa de mis papás, comenté que su desecho orgánico «era muy bonito». Las cáscaras, los restos vegetales, las manchas de moho componían un conjunto de colores y texturas que me hizo detenerme. Había cierto orden también allí, entre los restos de lo que unos días antes había lucido hermoso en un frutero o una canasta.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Con esa imagen todavía cerca, conocer la obra de Kathleen Ryan fue una sorpresa. Sus frutas monumentales, cubiertas de cuentas y piedras semipreciosas, daban una forma precisa a esa fascinación: la belleza que aparece mientras algo se deteriora.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Nacida en Santa Mónica, California, en 1984, Ryan desarrolla desde 2018 la serie Bad Fruit. Cerezas, limones y trozos de sandía crecen hasta alcanzar dimensiones desmesuradas. Sobre sus formas talladas, la artista coloca vidrio y acrílico para representar las partes frescas; reserva las piedras semipreciosas para las zonas podridas. El lapislázuli, la turquesa y el cuarzo vuelven deseable aquello que suele provocar rechazo.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Su trabajo comienza con una fruta real que deja descomponerse en el estudio. Observa los colores que aparecen, las alteraciones de la superficie, esa segunda piel que produce el moho. Después traduce el proceso en escultura. Cada variación cromática encuentra una correspondencia mineral; cada cuenta exige una atención sostenida sobre aquello que solemos retirar de nuestra vista.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.
Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Me interesa especialmente esa inversión del valor. Los materiales más preciosos representan la podredumbre. El brillo nos acerca y, al reconocer lo que estamos mirando, aparece una incomodidad. Ryan recupera la tradición decorativa estadounidense de elaborar frutas con cuentas sujetas mediante alfileres y la lleva hacia preguntas sobre el deseo, el exceso y el paso del tiempo. La minuciosidad de su trabajo concede al deterioro una atención que rara vez recibe.

En Bad Melon (2020), las cáscaras de los enormes fragmentos de sandía incorporan aluminio envejecido de una casa rodante Airstream Safari de 1973. Los restos industriales, ligados al ocio y al optimismo de la posguerra, se encuentran con la representación de una fruta que ha perdido su frescura. Ambos conservan huellas de su antigua abundancia.

Foto: Ryan. Archivo Gagosian.

Vuelvo entonces al recipiente de desechos en casa de mis papás. A las cáscaras que conservan algo de la forma de la fruta, al moho que dibuja sobre ellas, a los colores que siguen cambiando. La obra de Ryan me invita a prolongar esa mirada y a examinar la facilidad con la que damos por agotada la belleza de algo.

Pienso otra vez en las arrugas de mi abuela. En lo mucho que amé ese cuerpo físico agotado y en la atención con la que quisiera aprender a mirar todo lo que cambia.


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