
Carolina Chávez
Los retratos siempre han servido para fijar una idea de poder. Basta recordar los cuerpos inmóviles, las telas abundantes y los interiores cuidadosamente dispuestos de la pintura renacentista: cada elemento ayudaba a construir una identidad destinada a permanecer. En la campaña de Gucci Primavera, fotografiada por Michal Chelbin, esa tradición reaparece convertida en una constelación de figuras contemporáneas.
Xiao Zhan, Jin, NINGNING, Tom Brady, Alex Consani, EsDeeKid, Lee Young-ae, Shawn Mendes, Rico Nasty y Tarzzan posan individualmente ante fondos florales, cortinajes y muebles que conceden a cada imagen una gravedad casi ceremonial. Son celebridades procedentes de la música, el deporte, el cine y la moda, reunidas para presentar la colección del primer desfile de Demna al frente de la casa italiana. La cámara las observa como arquetipos actuales: personajes cuya autoridad proviene de la circulación incesante de su imagen.


Me interesa la tensión que surge entre esa composición histórica y los cuerpos que ahora la ocupan. Las prendas —piel, lentejuelas, siluetas ceñidas y volúmenes teatrales— intervienen el protocolo del retrato y lo acercan al artificio de una escena. La elegancia aparece acompañada por cierta incomodidad, como si cada personaje estuviera representándose a sí mismo y, al mismo tiempo, ensayando otra identidad.
El filme dirigido por Johan Renck desplaza esa quietud hacia un territorio nocturno. Kate Moss interpreta Wicked Game, de Chris Isaak, mientras varias parejas bailan lentamente frente a ella. La imagen recupera una sensualidad reconocible, hecha de penumbra, nostalgia y cuerpos que buscan compañía. La canción funciona como una memoria colectiva capaz de unir generaciones distintas.

Desde América Latina, esta apropiación del imaginario renacentista admite otra lectura. Nuestra cultura visual ha convivido durante siglos con símbolos europeos transformados por el barroco colonial, el mestizaje y las expresiones populares. Aquí, copiar una imagen también ha significado alterarla: incorporar otras pieles, intensificar el color, desbordar el ornamento y producir sentidos que el modelo original jamás contempló.


Por eso resulta revelador que una campaña presentada como global reúna múltiples geografías y deje a América Latina prácticamente fuera del encuadre. La ausencia permite recordar que la idea de universalidad sigue construyéndose desde centros específicos y mediante selecciones que también son políticas. En una región que ha convertido la apropiación cultural en lenguaje propio, queda abierta una pregunta sugerente: ¿cómo cambiaría este “Renacimiento moderno” si nuestros cuerpos y nuestra historia visual también ocuparan el retrato?