El diseñador Jean-Pascal Lévy-Trumet enmarcó las ventanas de su casa en Sicilia con grandes losas de piedra local y sembró vegetación nativa en el paisaje alrededor.

Nancy Hass  

Fotografía por Anthony Cotsifas

Desde su base en París, el diseñador Jean-Pascal Lévy-Trumet dedicó casi 35 años a perfeccionar el arte de la extravagancia moderna. Más que un simple organizador de eventos —el término aún era relativamente nuevo cuando comenzó en los años noventa—, se dedicó a construir mundos, a orquestar celebraciones espectaculares. Para el Día D de 1994, organizó a miles de voluntarios con atuendos coordinados por color para que irrumpieran desde una pirámide metálica de cinco pisos erigida en medio de un campo en Caen, Francia, a 10 millas de la playa en Normandía. Para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992, hizo desfilar a 20,000 personas vestidas de blanco por los Campos Elíseos. Y sus marionetas inflables, de 66 pies de altura, anunciaron la llegada de la Copa del Mundo de 1998.

Sobre una repisa junto a la cama de Lévy-Trumet, un retrato francés del siglo XIX de un joven sin una mano, una escultura española en madera policromada del siglo XVIII y un conjunto de manos de bronce procedentes del sudeste asiático.

Lo que hizo de su trabajo algo tan extraordinario no fue solo su escala, sino su carácter efímero. Un día había un estadio vacío o un campo de trigo enorme o un amplio camino de grava y, apenas semanas después, surgía de la nada un universo entero, ricamente ornamentado, con pompa y fuegos artificiales. Luego, horas o días más tarde, algunos trabajadores barrían todo, dejando apenas unos cuantos clavos doblados y restos de confeti como prueba de su labor.

Hacia finales de los dos mil, esa falta de permanencia y la creciente comercialización habían empezado a desgastar a Lévy-Trumet, hoy de 68 años. Él y algunos de sus amigos llevaban años rentando casas de verano cerca del mar en la poco conocida península siciliana de San Vito Lo Capo, a un par de horas en coche al oeste de Palermo, siguiendo la escarpada costa norte. Para 2012, Lévy-Trumet estaba listo para instalarse ahí de manera definitiva, orientando su práctica al diseño de mobiliario e iluminación. “Necesitaba”, menciona, “construir algo sólido”.

En la sala, un par de sillones acolchonados de Living Divani y varias obras de edición limitada de Lévy-Trumet, entre ellas (desde la izquierda) una repisa de mármol, una lámpara de techo de latón con la silueta de un platillo, un banco de mármol blanco, un mueble modular de almacenamiento en latón fundido con patas iluminadas y una mesa incrustada con nácar. Colgado en la pared al fondo de la habitación hay un dibujo en carbón encerado del artista veneciano Cristiano Bianchin.

El espacio que crearía, que quizá nunca llegue a estar terminado por completo, encarna y desafía todo lo que había hecho antes. La casa principal, un refugio de 120 metros cuadrados, de dos recámaras, sobre casi siete hectáreas de terreno, se ubica en la intersección de dos laderas, en un promontorio que da la ilusión de precipitarse hacia el golfo de Macari, una ensenada de arena blanca famosa por sus aguas cristalinas. Cuando compró el terreno, aún estaban en pie dos muros de una antigua estructura de piedra —sin ellos, las normas locales de zonificación le habrían impedido construir allí—. La vivienda original albergaba a pastores cuyas ovejas producían la leche para hacer ricotta; los rebaños pastoreaban la cumbre, cubierta hasta donde alcanzaba la vista por un pasto invasivo, del color del heno.

La casa de un solo piso que decidió construir ahí es lo opuesto a las fantasías que alguna vez creó: surge de la tierra como una ruina primitiva. Hecha de grandes bloques de piedra caliza en bruto de Marsala combinados con rocas sueltas que alguna vez marcaron los límites de la propiedad, la estructura es un sorprendente estudio de claridad rectilínea. Las grandes ventanas están enmarcadas por enormes losas de piedra, creando alféizares irregulares, un toque al estilo de Los Picapiedra que contrasta con la modernidad lineal de la casa. El patio de mármol parece flotar sobre la extensión inferior; en uno de sus bordes redondeados descansa una bandeja de madera con almendras recién cosechadas, secándose al sol.

En cambio, por dentro todo es armonía orgánica. Lévy-Trumet creó los muebles de la cocina en cobre tratado con fuego para producir una sutil panoplia de colores: violeta, chartreuse, cobalto. En el centro de la cocina, una isla escultórica de mármol Billiemi local color gris oscuro y con borde en cascada —“el tipo de piedra que aquí la gente cree que no vale gran cosa”, menciona—, presenta un pliegue pronunciado que fluye a la perfección hacia los pisos del mismo material. El baño fue fabricado por completo en mármol siciliano Libeccio Antico con un tono naranja rosado muy veteado que él compara con el prosciutto.

El baño ha sido tallado completamente en mármol Libeccio Antico, que según la descripción de Lévy-Trumet se parece al prosciutto. Los grifos fueron diseñados por Christophe Pillet y las lámparas colgantes de latón Candela di Vals, por Peter Zumthor.

Sus propias piezas —que fabrica en Italia y en India— crean un acento en la sala contigua, de líneas bajas, que ofrece una vista panorámica del mar. Entre bloques de asientos acolchonados y tapizados en lino color crema se encuentra un taburete de mármol blanco, delimitado por contornos amorfos, que parece casi derretirse sobre el piso de mármol gris, y una mesa auxiliar con patas de metal recubiertas de nácar, en cuya superficie de resina flotan manchas suspendidas de pigmento azul, lo que sugiere un mar atiborrado de plásticos. Sobre una mesa de comedor creada con vigas recuperadas del techo de una granja cercana cuelga una enorme lámpara de latón con forma de disco, que da la sensación de terminar en una gota en el centro, como un címbalo balinés.

Pero el mayor logro de Lévy-Trumet quizá sea su jardín, aunque ese término resulta demasiado limitado para un paisaje tan vasto y ambicioso. El pasto invasivo que tiempo atrás cubría las colinas como una manta gris desgastada fue retirado con una excavadora, permitiendo que extensas áreas de semillas de flores silvestres —amapolas, lirios, mimosas y retamas—, que habían estado conteniéndose durante años, germinaran de manera espontánea. En busca de un equilibrio entre formalidad y naturaleza indómita, ha incorporado 2,000 plantas, entre ellas casi 100 especies de árboles —cientos de cipreses, almendros y olivos, y decenas de variedades frutales, incluyendo clementinas, chabacanos y duraznos (tan solo de limón, hay media docena de variedades)—, que sembró en huertos y paseos arbolados. Cactáceas en flor y vastos conjuntos de plantas perennes y especies mediterráneas nativas en tonos magenta y naranja intenso definen los senderos que conducen a una compacta casa de huéspedes de dos recámaras, cuyas puertas de cristal se abren ante las colinas, y una cisterna abandonada que Lévy-Trumet convirtió en un estudio cilíndrico, con el piso revestido de mosaicos, asientos empotrados y un diván cubierto con una tela de estampado gráfico en blanco y negro.

La casa, construida con piedra local, está rodeada de colinas orientadas hacia el golfo de Macari.

A medida que cambia el clima a nivel global, los incendios se han vuelto más comunes en Sicilia, incluso en el oasis verde que Lévy-Trumet ha creado. Ha aprendido a convivir con la amenaza, vigilando el viento como si se tratara de un profesional. A lo largo de los años, y en varias ocasiones, las flamas han estado a punto de tocar a su puerta (pese a su diligencia por mantener a raya la maleza, persiste en toda la península), y aun así sigue tan enamorado del paisaje como cuando lo vio por primera vez, salvaje y casi desnudo. De pie en el patio, bajo el cielo color cian sin nubes, contemplando los jardines escalonados que ondulan con los pliegues del terreno, incluso él se descubre a sí mismo inmóvil en el silencio.


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