El icónico Jardín Majorelle en Marrakech, Marruecos. Foto: Indagare Travel

Redacción T México

Antes de entrar al museo, la obra también sucedía en casa. Para algunos artistas, habitar significó intervenir el espacio con la misma sensibilidad con la que pintaban, dibujaban o construían. En Giverny, Claude Monet cultivó durante décadas el jardín que terminaría poblando sus lienzos de nenúfares, sauces y reflejos. En Coyoacán, la Casa Azul de Frida Kahlo reunió color, arte popular, piezas prehispánicas, vegetación y objetos personales en un universo inseparable de su identidad creativa.

El Musée Renoir (la última residencia y hogar del famoso pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir). Foto: Nice

En Portlligat, Salvador Dalí convirtió antiguas barracas de pescadores en una casa irregular y laberíntica, mientras que en Abiquiú, Georgia O’Keeffe encontró en los muros de adobe, la luz y el paisaje desértico una prolongación de las formas que observaba y pintaba.

Estas casas conservan algo difícil de trasladar a una galería: la intimidad de una mirada. La elección de una ventana, un color, una mesa o un jardín revela que, para ciertos artistas, crear también fue una manera de habitar.


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