Edo no llegó “temprano” a la cocina. Llegó cuando su historia ya tenía suficientes capas, la fábrica familiar de cacahuate japonés en Ciudad de México, un abuelo que se mexicanizó por convicción, un apellido que acomodó el mundo gastronómico y una memoria de mesa donde el sashimi podía convivir con alcachofas rellenas y una fiesta de Año Nuevo con kimono y sake. En esta entrevista, el chef habla de identidad sin solemnidad, de técnica como ética, de la cocina como oficio que exige mancharse, y de un anhelo casi terco, arrancar una tradición de fideos mexicanos que nazca desde aquí, con raíces dobles.