Chamarra de Prada.

Javier Fernández de Angulo

Fotografía por Karla Lisker

Nos encontramos con Gael García Bernal en el Café Ocaso, en la colonia Roma de la Ciudad de México, solo unos días antes de que Hombre al agua (2026), su tercera película como director tras Déficit (2007) y Chicuarotes (2019), se estrene en el Festival Internacional de Cine de Venecia. Mientras todo el equipo trabaja en la sesión fotográfica que acompaña a este texto, el actor permanece tranquilo, sosegado, atento a cada opinión sobre su próximo retrato.

A su lado permanece su pareja, Fernanda Aragonés, a quien escucha con devoción y con quien consulta cada estilismo y cada cambio de ropa. Existe una enorme complicidad entre los dos. El actor no quiere videos ni fotos robadas durante la sesión, solo quiere concentrarse en su trabajo, que hoy pasa por hablar de una película en la que también ejerce como protagonista.

A lo largo de la conversación, y tras el visionado de la película junto a un reducido grupo de periodistas, surgen algunas etapas de una carrera que supera ya los 25 años. Le recuerdo cuando en 2004 nos conocimos durante el estreno de La mala educación, de Pedro Almodóvar, y también nuestro encuentro en aquellos primeros Premios Fénix que ayudó a fundar para premiar, promover y divulgar la excelencia del cine y la televisión de Latinoamérica, España y Portugal y que, tal y como él mismo reconoció a El País, “nacieron durante una borrachera”.

“Nos preguntábamos por qué nuestras películas no se veían en nuestros países, así que decidimos involucrar a un montón de gente que ame el cine latino tanto como nosotros, que quisiera festejar esa pasión. Y a la vez que luchara codo con codo con mejorar la distribución, la visibilidad de estos filmes en los países latinos”, explica el mexicano a T México sobre una acción de tintes quijotescos que, sin embargo, no disfrutó de la continuidad necesaria. Rodada entre Yucatán y Cuba y producida por La Corriente del Golfo, la productora que García Bernal comparte junto a su amigo el también actor Diego Luna (en el pasado también compartieron accionariado en Canana Films), Hombre al agua comienza cuando Camilo, interpretado por García Bernal, un salvavidas cubano, rescata en el mar Caribe a Abel, un empresario mexicano con ambiciones políticas.

Como agradecimiento, Abel le ofrece la posibilidad de viajar con él a México, donde lo introduce en su mundo familiar y político. Camilo comienza entonces una nueva vida cerca de un hombre poderoso. “Es una sátira que combina humor y drama para explorar la identidad, las apariencias y las contradicciones humanas, con tintes surrealistas”, señaló la producción en un comunicado de prensa sobre un largometraje escrito a cuatro manos por García Bernal y Mariano Pensotti en el que conviven el conflicto laboral y el surrealismo.

“Creo que es difícil describir cómo uno se siente. Donde veo el carácter de la libertad es en la génesis del proyecto, que viene de un lugar muy personal e íntimo. No había parámetros de donde estábamos partiendo, pero, de pronto, empezaron a navegar
las ideas. Todo comenzó con las primeras tres escenas de la película. Ellas tradujeron mis inquietudes, que las tenía, y las diferentes historias que estaba pensando, y así fue como empezó a desarrollarse la película”, relata García Bernal sobre el proceso de escritura de la película.

Gael García Bernal, fotografiado el 21 de agosto en el Café Ocaso, Ciudad de México, lleva chamarra de Prada, prada.com; pluma y libreta de Montblanc,
montblanc.com.mx.

Y es que, a pesar de su larga trayectoria, el mexicano continúa entendiendo el cine como un territorio lleno de misterios. “Ideas fantásticas para una película se nos ocurren todo el tiempo, la clave es darles una estructura, un esqueleto, y poner todo en orden, algo que es muy complicado de alcanzar. Después viene el ejercicio de libertad de contar una historia.

No queríamos cumplir con una obra convencional, buscábamos una película loca con un humor extraño, que abra caminos que vayan abonando el terreno”, añade el actor, presente en filmes ya clásicos del cine mexicano como Amores perros (2000), Y tu mamá también (2001), El crimen del padre Amaro (2002), Babel, (2006) o Rudo y Cursi (2008). “Fue un ejercicio de libertad desde el inicio y terminó siendo un experimento de libertad. Una película inesperada”, señala el mexicano, aunque con matices.

Para él no existe un posible conflicto entre sus diferentes versiones como actor o realizador. “No hay un Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, matiza. “Como espectador aprecio mucho cuando las cosas funcionan y si no me da mucha vergüenza”, desvela.

La literatura está muy presente en la forma en que García Bernal construyó Hombre al agua, especialmente en esa sucesión de historias que se abren dentro de otras, como una sucesión de matrioskas. Para el actor y director, este juego narrativo pertenece a una tradición que se remonta a Las mil y una noches y a la mitología mediterránea, en contraposición a las estructuras lineales más contemporáneas en las que, en opinión del actor, “las películas van del punto A al punto B sin meterse en demasiados problemas”.

También la deuda de Abel con quien le ha salvado la vida responde a ese arquetipo literario que atraviesa la película —la persona que te salva la vida y a la que debes todo—. Al fin y al cabo, la literatura está muy presente en las otras versiones de García Bernal como creador. Hace unos meses, La Corriente del Golfo, la productora que creó junto a Luna, entró de lleno en el universo de los audiolibros y los pódcasts con dos proyectos muy literarios: la narración de La metamorfosis (1915) de Franz Kafka, en la que el actor puso voz a Gregorio Samsa, y la narración de Hilda Kruger, la ficción y la guerra, audiolibro escrito por el dramaturgo mexicano David Gaitán que cuenta la historia y avatares, también en México, de la actriz alemana convertida en espía durante la Segunda Guerra Mundial.

“Siento que en la expresión no existen las fronteras. El arte rompe esas líneas imaginarias. Eso me ha animado a trabajar en este mundo tan difícil de definir, muy peculiar, muy inasible”, relata García Bernal.

Blazer de Maison Martin Margiela, maisonmargiela. com; bolsa de Montblanc; camiseta del actor.
Camisa de Louis Vuitton, louisvuitton.com.

Una de las grandes sorpresas de Hombre al agua es la aparición de Ricky Martin como Roby, un actor contratado por la familia de Camilo y uno de los grandes toques de surrealismo que acompañan a la cinta, como si una suerte de realismo mágico se hubiera apoderado del Caribe mexicano. “Dicen que en Latinoamérica el surrealismo es una consecuencia más que una premisa”, apunta García Bernal, quien reconoce que, en principio, el papel de Roby no era un eje de la película.

“De pronto, jugando con la magia del cine, uno puede hacer actos fantásticos. La idea no era hacer una película surrealista, pero sí que dialogara con la realidad latinoamericana, porque van de la mano. Es algo subliminal, con situaciones que caminan entre la realidad y la ficción”, continúa el cineasta, para quien la industria del cine, desde George Méliès, siempre ha mantenido una dialéctica entre la fantasía y la artesanía. “Gael García Bernal es uno de los actores, guionistas y directores más talentosos de su generación, siempre es un honor trabajar con él.

Estoy aquí para dar lo mejor de mí en un papel pequeño, pero con Gael, todo alcanza otro nivel”, escribió en sus redes sociales el cantante puertorriqueño, quien regresa a la pantalla grande después de casi un cuarto de siglo de ausencia, junto a un reparto en el que también aparecen Jorge Salinas, Manuel García-Rulfo, quien aparece en el elenco con un pequeño papel, Esmeralda Pimentel y Débora Nascimento. “Es un referente, un artista.

Fue increíble formar parte de esta película y ser dirigido por él. Fue algo irreal. En parte me animé a estudiar y perseguir esta profesión tras verlo en el cine. Me dio ese empujón y alas para pensar que sí podía ser actor”, reconoce a T México el propio García-Rulfo, quien localiza esa epifanía personal tras el visionado del cortometraje nominado al Oscar De tripas, corazón (1996), dirigido por el director mexicano Antonio Urrutia.

La mirada política, uno de los sellos que ha acompañado la carrera de García Bernal en los últimos tiempos —“es un gran lector, no solo de libros. Ha tenido un interés sostenido por los movimientos y luchas sociales y la realidad política y creo que eso también se puede ver en las múltiples formas que ha tomado su trabajo”, dice la escritora Brenda Lozano— también está presente en Hombre al agua, en este caso a través del concepto de manipulación.

En su opinión, la película es una forma de denuncia de la sociedad contemporánea, donde “todo puede ser capitalizable con fines políticos”. “En un mundo en el que todo es desechable, la película hace un fuerte señalamiento a que la vida está en otra parte, no en aquello que sume puntos al PIB. Lo que realmente importa es lo elemental, lo que no es manipulable, eso de lo que nadie puede ser dueño”, explica García Bernal. Añade Lozano, amiga de García Bernal, que el actor y director vive la vida como “un ambulante”, como si fuera un nómada en una industria poco acostumbrada a compartimentar la creación, la actuación, la producción y la dirección.

“Vive el cine desde distintas perspectivas”, asegura la escritora. García Bernal es mucho más reflexivo sobre una industria a la que considera obsesionada con el éxito inmediato. “Cada vez está más demostrado que no existe una fórmula. En algunas películas hay tanto dinero y requieren tanta movilización que están obligadas a funcionar en taquilla, pero la expresión artística va por otro camino.

Blazer de Maison Martin Margiela.

Es raro que en el cine tengamos tantas ganas de que cada título sea un madrazo. Hay películas que perduran hasta la fecha que uno no sabe si estuvieron bien en la taquilla o si ganaron premios. Muchos escritores murieron sin ser conscientes del éxito de sus obras, como Kafka o [Fernando] Pessoa”, reflexiona el actor sin obviar la utilización propagandística que, casi desde el principio de los tiempos, se sigue haciendo del séptimo arte.

En su opinión, la clave está en la calidad, en la capacidad de una película para trascender más allá del propósito con el que fue creada. “¿Cuántas cosas han sobrevivido al tiempo y no fueron exitosas al principio?”, se pregunta García Bernal. Al fin y al cabo, para él el cine es un “ser vivo”, de ahí la libertad de la que disfruta. “Funciona muy bien como medio de propaganda”, reconoce, pero también para “crear un halo místico sobre algo inalcanzable, onírico, deseable, aspiracional”.

Y ahí están para demostrarlo, dice, las películas de Emilio El Indio Fernández o las de la etapa soviética. “Al final, si no son buenas no ocurre nada”, concluye. A lo largo de más de un cuarto de siglo de trayectoria profesional —su primera aparición en un largometraje fue con su papel de Octavio en Amores perros—, García Bernal ha trabajado a las órdenes de directores de la talla de Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón, Jim Jarmusch, Pedro Almodóvar, Walter Salles, Iciar Bollaín, Pablo Larraín, M. Night Shyamalan o Michel Gondry.

Quizá por ese acervo de experiencias, afirma, su salto a la dirección fue más orgánico de lo esperado. “Aprendí un montón estando en el barro de un set junto a directores fantásticos, un lugar para aprender y también para desaprender del que agarras lo que te gusta y lo que no”, confirma. Su presencia en los grandes festivales internacionales tampoco es nueva para él.

En el año 2001 recibió el León de Oro, ex aequo con su inseparable Luna, por su interpretación de Julio Zapata en Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón y desde entonces no ha dejado de aparecer en las alfombras rojas de los festivales más prestigiosos. El pasado 7 de septiembre regresó a la ciudad del Véneto, en esta ocasión para presentar Hombre al agua en la sección Venezia Spotlight del festival (unos días después viajaría al Festival Internacional de Cine de Toronto), una selección de diez películas elegidas por la organización por su originalidad e innovación.

Chamarra y pantalones de Amiri, amiri.com; bolsa de Montblanc.

Tras su proyección, en la que estuvo presente tanto la producción como el equipo actoral, el público brindó dos minutos de aplausos continuados a una película que en palabras del crítico Diego Lerer “es un relato sobre los distintos niveles entre realidad y ficción”.

Para García Bernal, este tipo de eventos cumplen un propósito principal: cerrar el circulo de un proceso creativo que, en ocasiones, puede llevar años hasta verse concluido. “Aunque la película ya existe, ahí se cierra el bucle con una experiencia colectiva. Después de ese ritual comienza la representación constante”, señala sobre los caminos inescrutables de la promoción que, al mismo tiempo, también le permiten viajar, “disfrutar del destino”, en resumen.

Fascinado con la idea del viaje —“algo con lo que nací, aunque me gusta volver a la colmena”, asegura quien protagonizó Magallanes (2025), de Lav Diaz—, García Bernal se siente local en ciudades como Guadalajara, Buenos Aires, Madrid, Nueva York, La Habana, Londres, Roma, París, Río de Janeiro, Santiago de Chile y Tokio y desvela que Rusia y China están en su horizonte de destinos.

Mientras tanto, trabaja en un proyecto del que, por si acaso, no quiere hablar demasiado. “Hay una regla con los dioses del cine que dice que no se habla de lo que no se ha hecho”, descubre el actor y director, “pero sí puedo decir que hay una película
en puertas que ojalá quede muy bonita”.


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