Micaela Miguel fotografiada el pasado 14 de abril en el patio del Hotel Four Seasons de la Ciudad de México.

Cristina Alonso

Micaela Miguel & Mónica Patiño

“Recuerdo a Micaela de chiquita batiendo las claras en la cocina”, cuenta la chef Mónica Patiño. “Como era mi profesión, se vio involucrada de manera muy natural”. Micaela Miguel, por su parte, sabe que eso no era muy común. “No todas las madres hacen eso, pero para mí era muy normal que me pusieran un banquito para hacer mis experimentos”, asegura. La curiosidad de Miguel, así como su vena emprendedora —desde pequeña vendía pasteles de lodo y té de bugambilia a los invitados que recibían en su casa—, la hicieron una aliada y alumna natural de su mamá.

En su adolescencia, Miguel pasaba los veranos trabajando con Patiño, ayudando en la panadería y en la oficina, donde entregaba documentos. “El trabajo de los papás siempre es una cosa misteriosa, pero para mí era muy familiar y cotidiano”, cuenta. Esa naturalidad la acompañó más tarde, cuando se fue a hacer cursos de cocina al restaurante Espai Sucre, en España. “Me impresionaba su facilidad para hacer lo que fuera”, cuenta Patiño. “Todo le quedaba muy bien, no tenía temor de que algo le saliera mal”, añade.

Mónica Patiño, fotografiada el 12 de abril en la provincia de Grosetto, en Italia, donde desde hace unos años es propietaria de un establecimiento hostelero.

No fue solo la pasión compartida por la comida lo que las llevó a trabajar juntas, sino también una sensibilidad muy particular para detectar oportunidades y crear espacios. Unos años más tarde, en 2006, Patiño abrió Delirio en la colonia Roma, en la Ciudad de México, una tienda donde entre conservas, mermeladas y pan los clientes disfrutaban de productos gourmet elaborados por proveedores y aliados extraordinarios. “Era una tienda muy bien surtida, pero la gente quería comer y yo no tenía permiso de servirles”, recuerda Patiño. Caminando por las calles de Londres, donde Miguel estudiaba en ese momento, supieron que era momento de darle un nuevo aire a Delirio.

Como residente en la zona, Patiño conocía el potencial de la colonia. “Mi mamá siempre ha sido la más pionera del mundo”, asegura Miguel. “Ve las cosas antes que nadie y se atreve a hacerlas”. Fue esa misma fe en la colonia Roma la que inspiró su siguiente proyecto: Casa Virginia, justo encima de Delirio. “En un viaje que hicimos juntas a Argentina creamos esta historia: un personaje que tiene muchos amigos, que invita a mucha gente; tiene manteles de lino que no plancha y plata que no está pulida”, cuenta Patiño. Ese lujo natural resultó en un espacio que, a través de su calidez estética y su cocina generosa, honraba la herencia de la Roma y la sensación de estar en casa. “La comida siempre se hizo con técnica, pero sin pretensión, igual que el servicio”, recuerda Miguel. Aunque por el momento Casa Virginia se encuentra cerrado, “el espíritu está por manifestarse de nuevo”, promete Patiño.

Hoy, ambas mantienen viva y en evolución la visión de cada uno de sus proyectos. Mientras Patiño supervisa La Taberna del León y Bistro 44 junto con el chef Corentin Bertrand, Miguel está al mando de Delirio, y juntas preparan el regreso de Casa Virginia. “La distancia no existe”, explica Patiño. Entre videollamadas, mensajes y viajes, la colaboración es tan fuerte como el respeto y la admiración mutuas. “La tenacidad de mi mamá es impresionante y se nota en las cosas que ha logrado”, dice Miguel. “De pronto, hasta le digo, ‘es domingo, ¿no podemos nada más tomarnos un café?”. Y es que, para Patiño, el trabajo y la vida están profundamente ligados. “Así es mi vida. Para mí no es trabajo, es gozo”, explica.

Carmen Serra & Martina Manterola. Cofundadoras del colectivo amasijo

Carmen Serra, fotografiada el 14 de abril en los jardines del hotel Four Seasons de la
Ciudad de México.

La curiosidad siempre ha guiado el camino de Carmen Serra y Martina Manterola. Cuando sus hijos eran pequeños, Serra aceptó un cargo como agregada cultural que la llevó a India y a Perú, abriendo el panorama y la visión de sus hijos y, al mismo tiempo, fortaleciendo el lazo familiar. “Yo tenía 7 años y mi hermano 5. Desde muy pronto, la relación cambió a ser más un equipo que una jerarquía madre-hijos”, recuerda Manterola.

Al regresar a México, llegó el momento de redescubrir su país. “Fue volver a un mundo que a mí se me había olvidado”, cuenta Serra. “No tanto la comida en sí, sino las formas de hacerla”, continúa. A través de la tesis para su maestría, empezó a descubrir un abanico de experiencias colaborativas en la vida cotidiana, desde la cocina hasta la siembra, mientras incorporaba estas mismas prácticas a su vida. “Cada cumpleaños invitaba a todas mis amigas a cocinar, a escucharnos, porque en esos momentos se crean lazos, y creo que ahí Martina empezó a entender que para mí eso era celebrar”, agrega Serra.

Los tiempos fueron perfectos. Manterola, que en ese momento terminaba su carrera en Economía, sentía un enorme descontento con la forma en que se medía la riqueza en los países. “En esos momentos, Carmen empezaba a trabajar con unas tamaleras de Veracruz y, al escucharles hablar sobre la tierra, pensé que teníamos que medir la salud de un territorio desde la narrativa de las mujeres”, explica Manterola, quien, de regreso a la universidad, pidió hacer su tesis sobre este enfoque, aunque sus preguntas no tenían cabida en ese espacio. ¿La solución? “Lo tenemos que hacer nosotras”, agrega.

Fue así como Serra y Manterola, junto con la cocinera Mercedes Paz, su hija y sus sobrinas, crearon Colectivo Amasijo, “una revoltura de cosas”, explica Serra. “El nombre surgió espontáneamente y hace alusión a una forma de operar: hacemos esto, hacemos lo otro, y es un proyecto de investigación con muchas salidas”, añade.

Martina Manterola, fotografiada
el 12 de abril en The Aral School, Uzbekistán, un centro multidisciplinar en el que personas procedentes de diferentes lugares discuten soluciones para salvar al Mar de Aral de su desecación.

Y tal y como sucede con las masas, el colectivo también ha tomado muchas formas. El Centro Histórico de la Ciudad de México fue sede de una cocina comunal, donde se servían comidas y cenas en las que se compartían los ingredientes recolectados por mujeres de las zonas de conservación de la ciudad. El Museo de Arte Carrillo Gil fue sede del proyecto Echar Montón, “entendiendo los mercados no solo como un intercambio económico, sino como un lugar muy pedagógico, donde ves los cambios de las estaciones y generas puentes con quien produce tu comida”, explica Manterola.

A través de sus proyectos, el hilo conductor es claro: entender a las mujeres como traductoras de la tierra y crear una relación que se sostenga más allá de su duración. El diálogo constante entre Serra y Manterola, así como con sus colaboradoras, es esencial. “Es increíble trabajar como madre e hija”, asegura Manterola. “Yo pienso en proyectos gigantes y Carmen los aterriza. Podemos hablar diez veces al día y seguimos conversando y pensando sin apurarnos”. Además, destaca la importancia de entender y respetar los roles de cada una, sin ningún tipo de competencia. “Hay un amor tan fuerte que, si ella es la que está brillando, es increíble; y si soy yo, para ella es increíble también”, dice Manterola

“Hay una relación de confianza enorme”, agrega Serra. “Cualquier decisión que tome Martina es perfecta, aunque a veces no sea la decisión que yo tomaría”, explica. Es esa base sólida la que las mantiene fuertes, no solo ante los retos del trabajo mismo, sino a los del sistema que las rodea. “Me he encontrado mucho con ridiculización y humillación, me cuestionan por qué trabajo con mi madre”, comparte Manterola. Ambas están sostenidas por una red mucho más extensa y profunda de lo que cualquiera percibe a primera vista, que incluye a colaboradoras, abuelas y a quienes llegaron antes a abrir el camino. “No estamos solas, es una red súper poderosa y súper fuerte”, asegura Serra.

Ana fernanda Lebrija & Ana patricia Fuentes. Ceramistas y cofundadoras de Anna Lebrija

Ana Fernanda Lebrija, fotografia el 14 de abril en uno de los salones del hotel Four Seasons de la Ciudad de México

Hay momentos, por ordinarios que parezcan, que transforman la vida. Para Ana Patricia Fuentes y su hija Ana Fernanda Lebrija fue el café de la mañana, su momento favorito del día, el que las inspiró a crear su proyecto en conjunto. “Hacer café siempre fue un ritual en la casa”, cuenta Fuentes, “y siempre hemos estado en la búsqueda del mejor proceso de preparación”. Experimentando con distintos métodos, como prensa francesa y goteo, Fuentes y Lebrija se preguntaron qué pasaría si se elaboraran algunos de estos artefactos en porcelana, un material con el que Fuentes ha trabajado durante mucho tiempo.

Hace unos 12 años, el jardín de la casa familiar vio nacer la marca Anna Lebrija. “Era maravilloso. Nos levantábamos, tomábamos café y bajábamos a experimentar con la cerámica”, recuerda Fuentes. Buscando el punto ideal para trabajar el material, la dupla pasaba de la risa a la angustia, pero siempre trabajando de la mano. “Empezamos de cero”, cuenta Lebrija. “Tenemos una taza, por ejemplo, que es redonda para que la abraces con las manos. Teníamos que ver cómo quemarla, en qué colores hacerla, qué texturas usar. Había mucho por explorar, y así fuimos desarrollando la esencia de la marca”, explica Fuentes. Hoy, este ritual tan amado por ambas define cada pieza que elaboran: una invitación a bajar el ritmo, a tomarse el tiempo para disfrutar y a hacer de lo cotidiano un momento para recordar. Sus colecciones, profundamente ligadas a la artesanía mexicana, combinan armoniosamente una estética contemporánea con esa ligera imperfección que solo puede resultar del trabajo a mano.

Ana Patricia Fuentes, fotografiada el 13 de abril en la Mansión Xodo, en Mérida, Yucatán. Fuentes es propietaria junto a su hija Ana Fernanda, de la marca de cerámicas Anna Lebrija.

A lo largo de más de una década, la marca ha crecido orgánicamente gracias a boutiques como Tsebaal Concept, en Mérida, y Atacama Home, en Los Ángeles, a la venta en línea a través de Amazon y a colaboraciones con arquitectos, chefs y restauranteros que comparten su visión creativa. Mientras tanto, en el horizonte, está el reto de crecer de forma orgánica y sostenible, siempre manteniendo esa esencia tan humana que ha definido al proyecto desde el día uno. “El equipo seguimos siendo mi mamá y yo”, cuenta Lebrija. “Cuando necesitamos más manos subcontratamos a más gente, o incluso amigos a los que les encanta la cerámica, porque el trabajo manual tiene una esencia muy terapéutica”. A pesar de que Fuentes y su esposo se mudaron hace poco a Mérida, la comunicación y la colaboración se mantienen constantes entre ellas. “Admiro mucho a mi mamá porque tiene mucha atención al detalle, y siempre se asegura de que las piezas sean elegantes y tengan presencia”, cuenta Lebrija, encargada de la producción en el taller de la Ciudad de México. Para Fuentes, la visión de su hija es invaluable. “Me encanta su disciplina, su claridad para hacer suceder todas sus ideas”, asegura.


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