FOTOGRAFÍA: CORTESÍA DE ADIDAS.

Diego Barcala

Cuando hace justo un año Lamine Yamal decidió celebrar la mayoría de edad en una finca a las afueras de Barcelona vestido a medio camino entre Michael Corleone y Michael Jackson, agarrado a un bastón de diamantes, entre reguetón, joyas, billetes de dólares y puros saltaron las alarmas. Era el principio del fin. Un bonito cuento con final abrupto. Otro talento más perdido por el sumidero de la fama y las malas decisiones. Doce meses después, ese temor se ha evaporado al ritmo en el cual cristaliza el vigor de su juego, la sorprendente madurez de su liderazgo y la esperanza de un país depositada en un hijo de su tiempo. Yamal acude al Mundial de 2026 con el simbolismo de ser la primera estrella de la selección española de origen migrante.

No es posible analizar a este chico catalán, crecido en una familia migrante de la periferia de Barcelona, sin entender a su generación. Instagram se fundó cuando Yamal tenía 3 años y Tik Tok le agarró siendo un niño de 10. Cuando España se quitó los complejos con el Mundial de Sudáfrica, Yamal forjaba su zurda en el descampado frente a su casa. Aquel terreno del barrio a cuyo código postal homenajeaba en sus primeras celebraciones haciendo un 304 con las manos es hoy asfalto y carteles de “prohibido jugar a la pelota”. Yamal es un chico de barrio. Quien no interprete el descaro de Yamal en el césped con su biografía puede que sepa de otras cosas pero no de fútbol.

Con 17 años visitó el estadio Santiago Bernabéu siendo ya una precoz estrella del Barça. El fanatismo de la grada tenía un arsenal de xenofobia que lanzarle a la cara: “mena”. Un “mena” es la palabra elegida por la extrema derecha española para deshumanizar a los menores no acompañados que residen en los centros de niños migrantes. Al término de aquella Liga comenzó una gloriosa Eurocopa para España gracias a dos bandas mágicas de origen africano a pierna cambiada. Por un lado; Nico Williams, cuya madre saltó la valla fronteriza de Melilla; por el otro, su compadre Yamal.

El FC Barcelona ató a su estrella en mayo de 2025 hasta 2031 con un sueldo anual equiparable al de las grandes figuras del fútbol mundial, es decir, entre 15 y 20 millones de euros netos, el doble en bruto. El acto de la firma estuvo cargado de símbolos. El principal, el dorsal de su camiseta. El 10. No podía ser otro. El 10 de Lionel Messi. Comenzó entonces a circular una de esas historias de cuento que solo aparecen en los elegidos. Tenía forma de foto y, aunque lo pareciera, no era producto de la Inteligencia Artificial. Un joven Messi acunaba en sus brazos a un bebé que no era otro que Yamal con apenas unos meses de vida. La foto, lógicamente, dio la vuelta al planeta.

Messi no coincidió con Yamal en el Barça. El argentino jugó su último partido de blaugrana en mayo de 2021. El quinceañero Yamal debutó dos años después. Messi ya había apadrinado al predecesor de Yamal, Ansu Fati, otro futbolista de origen migrante llamado a ser la estrella del Barça y de la selección. El anterior 10 del FC Barcelona compartió un par de temporadas con Messi. Su debut fue espectacular. Con el oportunismo y determinación de los elegidos, Fati batió todos los récords de precocidad hasta que una lesión apagó poco a poco su estrella, que la pasada temporada ha vuelto a lucir en Mónaco, ya lejos de un Barça que le quitó el 10 para dárselo a Yamal.

Con la segunda liga consecutiva del FC Barcelona, pero sobre todo con sus actuaciones en la decepcionante Champions League, los periodistas especializados del Barça destacaron el carácter y la personalidad de Yamal. Hubo unanimidad en que, a diferencia de Ansu, Yamal era un chico a prueba de presiones. La imagen de la temporada de Yamal se produjo en el Metropolitano, en la derrota europea contra el Atlético de Madrid. Con el pitido final Yamal recorrió el campo en busca de cada uno de sus desolados compañeros para levantar el ánimo como un líder forjado en la lucha que cuando recibe la pelota y mira a la portería rival regatea hacia el infinito.


TE RECOMENDAMOS