Foto: Daniel Patlán

Carolina Chávez

CC: Tu música siempre ha estado muy ligada a la emoción directa. Con el paso del tiempo, ¿qué has aprendido sobre exponerte y qué has decidido resguardar solo para ti?

EM: Exponerse es un sacrificio. Me gusta medir qué tanto lo hago y para qué. Mis amistades y relaciones interpersonales son cosas que guardo solo para mí. Nunca expongo a mi familia ante el ojo público, ni a mis amigos, ni a mis parejas. Me gusta tener cuidado con lo que queda afuera porque en el momento que sale, todos pueden opinar o distorsionarlo a conveniencia de muchos factores. Por más conspiranoico que parezca, casi siempre los discursos son a beneficio del machismo y del capital. Rara vez me vas a ver metido en algún problema en algún video de TikTok.

CC: La nube en el jardín se siente como un regreso a lo esencial, a estructuras más desnudas y a una escucha atenta. ¿En qué momento supiste que querías volver a ese lugar?

EM: Creo que nunca me he desconectado del folklore. Siempre hay un lugar en mí para la intimidad de los instrumentos de madera o también para la intimidad de canciones más sintéticas que mantienen ese compromiso con la sensibilidad. Cuando escribí La nube en el jardín escuchaba muchísimo a Manduka, Gustavo Pena, Liz Phair, Tanguito. Folk sucio, lento y conmovedor. Creo que de ahí venía mucho mi anhelo por hacer cosas tranquilas. Y también mi entorno. Volví a Delicias y donde tengo mi estudio está rodeado de campo. Eso me desconecta de la música fuerte o rápida.

Foto: Daniel Patlán

CC: En tus canciones hay una relación muy física con la voz, con la respiración y con el silencio. ¿Cómo entra el cuerpo en tu proceso de composición?

EM: Me gusta imaginar cada cosa como un tiempo o una cuerda. En la voz escucho melodías que podrían ser cuerdas, o respiraciones y silencios percusivos. Por el mero placer de que encajen con el tiempo de la canción. Es una manía mía hacerlo así de cuadrado. Al ser canciones de guitarra y voz no pierden cercanía. Me abruma producir de más. Hay canciones que prefiero que no tengan bajo porque cuando lo pongo pierde todo lo triste.

La economía sonora en su música no responde a precariedad técnica, sino a una decisión emocional precisa.

Foto: Daniel Patlán

CC: Has dicho que el ruido externo puede ser abrumador. ¿Cómo negocias hoy la vida pública y el cuidado de tu mundo interior?

EM: Puede sonar cínico, pero si no se trata de música, termino intercambiando pedazos de mi vida y una parte de mi salud mental por una buena cantidad de dinero. De eso se trata si no es música, de dinero. Si quieren ver mi cara en internet porque eso beneficia a alguna marca, debe haber dinero de por medio. No me voy a exponer gratis. Tiene que haber una muy buena razón para perder un poco de mi privacidad y de mi salud mental.

CC: El folclor aparece en tu trabajo. ¿Qué significa para ti esa relación con las raíces?

EM: Pues, es un sentimiento, obviamente de fuera se le pone la etiqueta de folclor para identificar, pero si yo creo desde etiquetar mi trabajo porque quiero hacer folclor ya se vuelve pretencioso. Sólo digamos que tomar una guitarra y cantar me mueve de una forma muy distinta a como me siento con una batería o con un bajo. La guitarra me transporta a recuerdos míos o fijaciones, la luz de las 6 de la tarde, los primeros cigarros, las noches sin tanta información en internet en un cuarto con luz cálida escuchando no sé, Kali Uchis o Clairo, el sentimiento de escuchar a Bad Bunny en la prepa o cuando salió x100pre en diciembre 2019, cosas así de hermosas, ¿sabes? El frío de Chihuahua capital, los cerros… No sé, todo lo que amo llega a mi mente cuando toco una guitarra y tengo algo que decir, o simplemente estoy de ocioso.

CC: Muchas de tus canciones acompañan procesos emocionales de quienes te escuchan. ¿Cómo convives con esa responsabilidad afectiva?

EM: Es súper difícil hacer un disco y que tenga mucho de otras personas. Recuerdo que tuve un problema con mi ex pareja porque ya no me identificaba del todo con La nube, me dolía mucho escucharlo. A ella le parecía romántico que sacara un disco casi todo escrito para ella. Punto válido. Pero a mí no me gustaba lo que sentía con ese disco grabado. No me quedan ganas de escribir cosas tan personales o decirle a la gente que se las hice a ellos.

La canción, una vez publicada, deja de pertenecerle del todo. Y eso también pesa.

CC: El documental y el concierto en la Sala Nezahualcóyotl muestran otra forma de habitar el escenario. ¿Qué descubriste de ti mismo al verte desde esa perspectiva?

EM: Es bien bonito ver tanto trabajo y visiones de otras personas en un producto. Al final las personas que trabajamos ahí colaboramos en algo y me enorgullece lo hermoso que quedó. Creo que eso es con lo que más me quedo de ver el documental. En realidad, me da mucha pena oírme hablar en plan artista o escucharme cantar en vivo porque no siempre suena perfecto, necesito hacer las paces con eso.

CC: En una industria que empuja hacia la productividad constante, ¿cómo reconoces cuándo avanzar y cuándo detenerte?

EM: Estoy muy confundido sobre qué quiero hacer. Me gusta hacer cosas por la independencia, tratar de ser puente. Quiero ganar mucho dinero y redistribuirlo. Esa es mi señal para seguir trabajando. No necesito mucho. Si fuera solo por mi existencia no hubiera vuelto a los escenarios. Necesito dinero para hacer cosas por la cultura. La cultura y el altruismo son lo único que le da sentido a mi vida y razón para trabajar.

CC: Cuando piensas en el futuro, no en términos de carrera sino de vida, ¿qué lugar te gustaría que siguiera ocupando la música?

EM: No me interesa ser nada ni significar nada. Si eso pasa, increíble. A corto plazo quiero ayudar en lo que pueda a quien quiera. Quiero servir de algo. A largo plazo no sé. No quiero vivir mucho en realidad. Me da flojera pensar en el futuro. Solo tengo hoy y eso me gusta.

Ed Maverick habla desde una lucidez grande. Su música sigue siendo íntima, pero su conciencia del sistema es cada vez más visible. Entre el campo de Delicias y la Sala Nezahualcóyotl, entre la guitarra desnuda y la franqueza con que distingue la importancia de la protección de cuidado de la vida personal, la salud mental y el precio de todo aquello que no sea música, abre y sostiene el diálogo, sobre lo que implica crear en el presente, con un apego inquebrantable a la voz y al nombre propio.


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