Foto: CANCINO.

Carolina Chávez 

Entre las referencias de Volvo Fashion Week México, los objetos cotidianos y las historias compartidas ocuparon un lugar significativo. Celebrada del 12 al 17 de octubre en Ciudad de México, la edición permitió reconocer una inquietud que atravesó distintas propuestas: cómo transformar aquello que heredamos en una manera propia de vestir.

La pregunta adquirió especial profundidad con Pacífica, de Carla Fernández. Inspirada en los intercambios entre Asia, América y Europa a través del Galeón de Manila, la colección reunió indumentaria, performance y música en vivo. Su lectura de la tradición colocó el movimiento en el centro: las formas textiles contienen desplazamientos, encuentros y adaptaciones que vuelven más compleja cualquier idea de una identidad cultural fija.

Foto: Carla Fernández.
Foto: Carla Fernández.

Francisco Cancino llevó esa conversación hacia la intimidad. En su colección 015, El abrazo de amor del universo, el mandil, el rebozo y la falda campesina construyeron un vocabulario de afectos. Las referencias a Rufino Tamayo, Ana Mendieta y Frida Kahlo, junto con la dedicatoria a Pedro Lemebel, ampliaron el territorio de la pertenencia. La memoria apareció en la construcción misma de las prendas: en sus nudos, pliegues y bordados.

Foto: CANCINO.
Foto: CANCINO.

Otras propuestas exploraron archivos igualmente reconocibles. Pineda Covalin trabajó con cambios de escala y superposiciones sobre motivos de la naturaleza y la lucha libre; THORO 650 trasladó los códigos vaqueros a un registro urbano; Blackmamba recurrió al bolero y a las divas cinematográficas mediante cuero, transparencias y proporciones dramáticas. Vistas en conjunto, estas colecciones permiten pensar la cultura como un repertorio en disputa y transformación. Su interés depende de lo que cada diseñador consigue hacer con esas referencias sobre el cuerpo.

Foto: Pineda Covalin.
Foto: Pineda Covalin.

Esa traducción también pasó por la materia. Raquel Orozco incorporó hojas tridimensionales elaboradas con residuos textiles, mientras Estudio 1999 recurrió a textiles recuperados. Son decisiones concretas cuyo alcance merece seguirse más allá de la presentación: conocer su continuidad y sus procesos permitiría valorar su aportación a otras formas de producir.

Foto: Raquel Orozco.
Foto: Raquel Orozco.

La experimentación formal encontró otro punto de interés en 1/8 Takamura. A partir de la escultura de Kiyoshi Takahashi, Guillermo Vargas Ayluardo exploró geometría, tensión y caída, en colaboración con el taller de huarachería BAKU y con una composición sonora de Dark Roast Specialist. El vínculo entre disciplinas permitió mirar el vestido desde su estructura y su relación con el espacio.

La convivencia de firmas establecidas con propuestas del Istituto Marangoni Miami y las universidades Anáhuac abrió, además, una conversación sobre el relevo creativo. La indumentaria modular de DAFTA y la memoria familiar de Phōelina mostraron caminos distintos para construir una voz. En María Ponce y Minena, los recuerdos y el juego también funcionaron como recursos de diseño: coleccionar, adornar y volver a mirar la infancia ofrecieron otras posibilidades para imaginar el presente.

Foto: Anáhuac.
Foto: Anáhuac.
Foto: Anáhuac.

De esta edición queda una lectura plural de la moda hecha desde México y en diálogo con otros contextos. Sus momentos más sugerentes vincularon una referencia cultural con una decisión precisa de corte, material o proporción. Ahí se juega una parte sustancial de su relevancia: en la capacidad de convertir una historia compartida en una forma que merezca seguir mirándose.


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