
Carolina Chávez
Para entrar en la fiesta había que empezar por un espejo. La invitación, impresa con escritura invertida sobre un cielo de nubes inspirado en René Magritte, exigía ese pequeño ejercicio de extrañamiento. La consigna del vestuario prolongaba el juego: «corbata negra, vestidos largos y cabezas surrealistas». El 12 de diciembre de 1972, Marie-Hélène y Guy de Rothschild hicieron del castillo de Ferrières, cerca de París, el escenario de una fantasía colectiva.
El acceso atravesaba cintas negras dispuestas como telarañas y un laberinto. Dentro, Audrey Hepburn llevaba una jaula alrededor de la cabeza; Hélène Rochas, un tocado con forma de gramófono. La anfitriona recibió a sus invitados con una cabeza de ciervo adornada con lágrimas de diamantes. Salvador Dalí también figuraba entre los asistentes. Los rostros, habitualmente tan reconocibles en esas reuniones, se convertían en superficies para la invención.


Entre las piezas creadas para aquella noche estuvo la máscara de cobre de Charlotte Aillaud, realizada por Claude Lalanne. La escultora también elaboró su peto y otros ornamentos; parte del rostro de Aillaud estaba cubierta con hoja de oro. El conjunto permite observar la fiesta desde la relación entre escultura, cuerpo e indumentaria: una obra podía llevarse puesta y participar del movimiento de quien la habitaba.

Casi medio siglo antes, André Breton había publicado el primer Manifiesto del surrealismo, en 1924. El movimiento exploraba el inconsciente, los sueños y las asociaciones libres como vías para transformar la experiencia. Las imágenes de Magritte y Dalí alteraban la lógica de lo cotidiano y volvían inquietantes los objetos familiares.

Vista desde esa historia, la celebración de Ferrières admite una lectura ambivalente. La libertad imaginativa de la vanguardia encontraba un espacio de experimentación entre vestidos de noche, joyas y protocolos sociales. A la vez, su capacidad de provocar se convertía en un signo de distinción.
Ahí reside parte del interés de aquellas fotografías: muestran cómo una sociedad elige presentarse cuando concede permiso a lo absurdo. Incluso bajo las máscaras, el gusto, el privilegio y el deseo de ser visto conservaban su lugar en la mesa.
En la facultad, mientras estudiaba la literatura latinoamericana de las primeras décadas del siglo XX, me detenía en las vanguardias y en esa voluntad de intervenirlo todo: la sintaxis, la página, el cuerpo, la manera de mirar. Me sigue inquietando lo que ocurre después, cuando el tiempo vuelve reconocible una forma que alguna vez produjo desconcierto y aprendemos a admirarla sin sentir el desorden que traía consigo. Frente a las fotografías de Ferrières, pienso también en la facilidad con que el privilegio se apropia de una sacudida y la convierte en una noche espléndida. La cabeza del animal llora diamantes. En esa imagen conviven la herida, el absurdo y la ostentación; cada elemento compromete al otro. Me pregunto cuánto de esa fricción conservamos al mirarla hoy, cuántas veces nuestros ojos se detienen apenas en el brillo y devuelven los diamantes a su condición obediente de joyas.
¿Qué recordaremos de la estética de este momento?
Me cuesta imaginarlo entre tantas imágenes que parecen haber recibido las mismas instrucciones: cómo disponer una mesa, iluminar una casa, vestir un cuerpo, incluso cómo parecer excéntrico. Hemos adquirido una destreza agotadora para reconocer lo deseable y reproducirlo. Todo encuentra enseguida una referencia, una categoría, una manera de comprarse. Hasta la rareza llega acompañada de instrucciones. Y yo extraño esa fracción de segundo en que una imagen nos deja sin saber qué hacer con ella: si acercarnos, si rechazarla, si reírnos, si sentir vergüenza de nuestra propia fascinación. Ahí hay una incomodidad que quisiera conservar. Porque el aburrimiento de la homogeneidad termina por empobrecer también lo que somos capaces de imaginar. Podemos cubrirlo todo de diamantes y seguir sin producir una sola imagen que nos persiga al volver a casa.