
Karla Álvarez
Al llegar nos entregaron un pasaporte. Había que conservarlo a la mano para recorrer las estaciones y reunir los sellos que daban cuenta del viaje. Ese pequeño documento cambió nuestra manera de entrar al Parque Quetzalcóatl: teníamos una misión y la curiosidad suficiente para seguirla.

Alrededor, las curvas de la arquitectura de Javier Senosiain, la vegetación y las superficies de color daban forma a un paisaje que parecía anticipar lo que íbamos a encontrar. En este parque de Naucalpan, Estado de México, la fantasía tiene una presencia física. Se puede caminar dentro de ella.
Flabelus eligió este lugar para celebrar su sexto aniversario, el primero que la firma española realizó fuera de Madrid. Bajo el concepto México, Land of Oz, propuso una interpretación del viaje de Dorothy a través de cinco reinos. La historia comenzaba con una flor que se marchitaba en una ciudad de pantallas y avanzaba entre personajes, imágenes e intervenciones que había que descubrir a pie.




El pasaporte marcaba el ritmo. Pasar por una estación, detenerse ante una presentación, buscar el siguiente sello: la celebración se iba revelando conforme nos movíamos. Había algo familiar en esa disposición a seguir un camino sin conocer del todo su desenlace. La referencia a Oz encontraba aquí una afinidad con el lugar, ambos invitaban a aceptar, durante unas horas, las reglas de un mundo extraordinario.
Las intervenciones artísticas se fundían con la arquitectura. Las formas orgánicas del parque les daban continuidad y permitían que el relato apareciera entre los espacios, en relación con el agua y la vegetación. La escenografía se extendía hasta donde alcanzaba la mirada; el propio recorrido enlazaba una escena con otra.

En el Reino de las Historias Perdidas, las imágenes de la película de Flabelus convivían con tomas de los asistentes captadas en tiempo real. Encontrarnos dentro de aquello que estábamos mirando volvía literal nuestra participación. Más adelante, el Estanque de los Pétalos Caídos proponía recoger pétalos del agua. La historia pasaba de la pantalla a las manos, de observar a intervenir.

El color acompañaba cada transición. En el Parque Quetzalcóatl, su intensidad sigue las curvas, acentúa las superficies y modifica la percepción de los espacios. Para Flabelus, que ha construido buena parte de su identidad alrededor de las combinaciones cromáticas, esta elección permitía llevar un rasgo del calzado a una experiencia de mayor escala. El color se volvía una manera de orientar la mirada y de reconocer el universo de la firma.
Fundada en España en 2020 por Beatriz de los Mozos, Flabelus combina la silueta de la friulana veneciana con técnicas de la alpargata española y vincula sus diseños con personajes literarios. Ese interés por contar historias articulaba también el encuentro. La Mujer de Papel, el Hombre de Porcelana y el León de Miel reinterpretaron a los compañeros de Dorothy desde preguntas sobre la identidad, la vulnerabilidad y la valentía. En el camino aparecían también los diseños de la colección Dorothy, integrados a la narración.

La llegada a Ciudad Esmeralda conducía a un invernadero donde varias personas cultivaban semillas. Después de las pantallas y los personajes fantásticos, la atención recaía en una acción cotidiana: cuidar algo para que crezca. La entrega de una semilla permitía llevarse una parte de esa escena.

Al final esperaba una mesa en forma de remolino, bebidas y música. Con los pasaportes completos, el recorrido desembocaba en la conversación y la fiesta.
Lo que permanecía era la forma en que habíamos llegado hasta allí. Flabelus había convertido su aniversario en una sucesión de encuentros que exigían tiempo, movimiento y atención. En una celebración dedicada al color, el acierto estuvo también en hacernos caminar para descubrirlo.